La intuición nos dice que probeblamente los drones no se lleven muy bien con las tormentas. Tom Scott ha decidido probar de primera mano que es lo que pasa a un cuadricóptero si le cae un rayo. Respuesta corta: no voléis si hay tormenta. Respuesta larga, a continuación.

Para replicar los efectos de un rayo, Scott no ha esperado a que el tiempo le brinde ese espectacular fenómeno. En su lugar se ha llevado una pareja de drones DJI Phantom 3 al laboratorio de alto voltaje de la Universidad de Manchester, un centro que precisamente prueba los efectos de los rayos sobre aviones.

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Hay razones para querer probar cómo afecta un rayo a un cuadricóptero. No tanto por descubrir si sobrevive (poco probable), sino por analizar cómo afecta a un vehículo de plástico que se diferencia mucho de una aeronave al uso. ¿Freirá los circuitos? ¿La batería? ¿Llegará a quemar el fuselaje?

El resultado de la prueba no se hace esperar. Tras recibir una descarga aérea de un millón de voltios, el primer cuadricóptero se desploma completamente fulminado. Sorprendentemente, la batería está completamente intacta y sigue funcionando tras la prueba. La corriente entra en el dron por uno de los rotores de metal y sale por una de las patas del tren de aterrizaje friendo toda la electrónica a su paso. El rayo no deja marcas ni quema visiblemente el dron, pero el olor a circuitos quemados es muy apreciable. La razón por la que la batería sobrevive es porque su contenedor es metálico y hace las veces de una jaula de Faraday.

En una segunda prueba, Scott y los técnicos del laboratorio deciden añadir al dron un pequeño pararrayos unido a un cable conductor con la esperanza de que la electricidad del rayo se mantenga fuera del dron y no lo dañe. No sirve de nada. El rayo ignora el señuelo y vuelve a caer sobre los rotores, haciéndolos explotar y arrancando las hélices de cuajo. La moraleja es evidente. No vueles tu dron durante una tormenta con aparato eléctrico. [vía Tom Scott]