Imagina que vas caminando por una calle abarrotada de gente, una vía principal de una gran ciudad. De repente, a unos metros de tu trayectoria, un señor tirado en el suelo pide auxilio. El hombre parece grave pero a nadie parece importarle. Cuando llegas hasta él tienes que decidir, ¿lo ayudarías? ¿estás seguro?

No vamos a poner en duda que así sea, pero ocurre en muchas ocasiones, quizá demasiadas, que cuando una gran masa de personas se encuentran en un mismo espacio y se da una situación de emergencia, la gente no interviene, o cómo mínimo, no lo hace al instante. El caso del hombre en el suelo no es el único. En los primeros minutos de un accidente en la carretera antes de que llegue la policía y los servicios médicos, también se da la terrible situación de que se ralentiza el paso, pero simplemente porque la gente pasa despacio mientras observa el accidente sin hacer nada.

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Aunque quizá el extremo de estos ejemplos sea presenciar un ataque físico. Hace unas semanas se viralizó un vídeo donde se podía ver un ataque de tintes xenófobos en el metro de Londres. Un tipo atacaba a otro en el interior del vagón, pero lo sorprendente fue que tan sólo una mujer salió a defenderlo, una chica que resultó ser la mujer del agredido. Fue tal la sorpresa que los medios le dedicaron varios días a la respuesta de la chica.

Todas estas situaciones han sido estudiadas a lo largo de los años como un fenómeno psicológico inherente a las masas humanas. Un fenómeno cuyos estudios se originaron a raíz de un asesinato ocurrido en 1964.

La muerte de Genovese

Foto en el 2004 del aparcamiento en la estación donde estacionó su coche Genovese. AP Images

Eran las 2:30 de la madrugada del 13 de marzo de 1964. Hacía varios meses que Catherine Genovese, “Kitty”, había ascendido a gerente del bar Ev’s Eleventh Hour en Queens, Nueva York. Kitty contaba por aquellas fechas con 33 años y como era habitual, ese día había salido de los últimos del local. La joven se monta en su Fiat rojo y conduce en dirección a su casa, un pequeño apartamento en Brooklyn.

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Pero ocurre algo inesperado. Mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde para cambiar la ruta en Hoover Avenue, Genovese se siente observada. Se trataba de otro hombre que se encontraba en el interior de un vehículo. Un hombre negro, posiblemente afroamericano, que no apartaba la mirada de Kitty durante el largo minuto que tardó en ponerse la luz verde. Un extraño encuentro que termina cuando la joven arranca y continúa su camino hacia el apartamento.

Hacia las 3:15 Genovese llega a su destino y estaciona el coche en el aparcamiento de la estación de tren Kew Gardens, a unos 30 metros de la puerta de su casa, la cual estaba situada en un callejón en la parte trasera del edificio. Mientras Kitty caminaba hasta el complejo comienza a escuchar el ruido de unos pasos. La joven mira hacia atrás y se encuentra al mismo tipo que la observaba desde el coche. El hombre corre hacia la joven con un cuchillo de caza. Asustada, Genovese grita y corre llegando a alcanzar el edificio anterior a su vivienda.

Desgraciadamente el tipo la alcanza en ese instante y la apuñala en dos ocasiones en la espalda mientras la joven grita desesperada:

¡Socorro, dios mío, me apuñalan, ayúdenme!!

Genovese y su agresor. Wikimedia Commons

Según recogieron los agentes posteriormente varios vecinos la oyeron llorar, pero en una noche fría y con las ventanas cerradas, tan sólo unos pocos reconocieron el sonido como un grito de auxilio o llanto humano. Uno de esos vecinos fue Robert Mozer, quién llegó a salir a la ventana y gritarle al atacante, “Deja a la chica en paz!”, momento en el que el tipo se levanta y huye de la escena mientras Genovese se dirige lentamente hacia la entrada trasera de su edificio. La joven estaba herida gravemente, aunque ahora fuera de la vista de sus vecinos.

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Los registros de las primeras llamadas a la policía no están claros. Existen declaraciones de varios testigos que aseguraban que sus familiares habían llamado a la policía en el momento de la agresión. Otros informaron que vieron al tipo entrar en su coche y alejarse… para luego volver a aparecer en la escena 10 minutos más tarde. El hombre había acudido a su coche y se puso un sombrero para ocultar su rostro.

Luego regresó a la escena del crimen en busca de la joven. Finalmente la encontró en un pasillo en la parte trasera del edificio. La puerta de entrada estaba cerrada y Genovese no pudo acceder al interior. Aquel extraño se abalanzó otra vez contra ella asestándole varias puñaladas mortales para acabar agrediéndola sexualmente.

Genovese moría en un ataque que se cree que duro en torno a 30 minutos. La investigación posterior por parte de las autoridades y los fiscales reveló que aproximadamente una docena de personas cercanas a los hechos habían escuchado u observado parte del ataque, aunque ninguno fue consciente de la magnitud del suceso y tan sólo Karl Ross se dio cuenta del segundo ataque. Muchos ignoraban que se tratase de una agresión u homicidio, otros pensaron que lo que vieron o escucharon era una pelea de parejas, una pelea entre borrachos o un grupo de amigos que acababan de salir de un bar.

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Aunque el autor del crimen fue detenido y sentenciado a cadena perpetua, el caso de Genovese abrió un nuevo debate en la sociedad. Muchos medios se lanzaron a la historia como un claro signo de los nuevos tiempos, donde la gente es cada vez más individualista, insensible y apática ante las desgracias ajenas. Y sin duda, una gran parte de la culpa la tuvo un artículo de investigación del New York Times donde hablaba de hasta “38 personas que presenciaron el asesinato y no llamaron a la policía”.

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Lo cierto es que con el tiempo la versión oficial ha cambiado y ninguno de los 38 vecinos fue testigo directo de la agresión en su totalidad. Nadie vio la escena completa y la mayoría sólo oyó algunas partes del incidente sin percatarse de la urgencia que corría la vida de Genovese.

Sea como fuere, la aparente falta de reacción de los vecinos dio pie a que se estudiara el caso desde una perspectiva social. ¿Somos insensibles a una situación de emergencia? ¿existe algún patrón en nuestra naturaleza para dejar de actuar?

Un joven que se asfixia

The Good Samaritan by Aimé Morot. Wikimedia Commons

Estás sentado en una oficina pequeña y anodina. El asistente del investigador te entrega un par de auriculares con un micrófono adjunto e indica que debes ponértelos. Lo haces, y en ese momento él da la señal de pulgar hacia arriba. Luego sale de la habitación y te deja solo. Muy pronto comienza a escucharse la voz del investigador principal a través de los auriculares:

Buenas tardes a todos. Gracias por venir. Les hemos invitado a los seis a estar aquí hoy para compartir sus pensamientos sobre los problemas personales asociados con la vida universitaria. Estamos muy interesados ​​en aprender cómo los estudiantes se adaptan a la vida en el ambiente urbano de la ciudad de Nueva York. Para minimizar la vergüenza hemos tomado una serie de precauciones.

En primer lugar, como ya saben, la discusión de hoy se llevará a cabo a través de un sistema de intercomunicación en lugar de cara a cara. En segundo lugar, yo no escucharé su discusión inicial. Lo hago para asegurarme de que ninguno de ustedes está inhibido por la presencia de un oyente externo. Debido a que ni yo ni mi asistente estaremos escuchando, hemos implementado un sistema mecánico para estructurar la discusión.

Cada persona tendrá dos minutos para hablar. Cuando una persona esté hablando, el resto de los micrófonos estarán apagados. Una vez que hayan transcurrido dos minutos, la máquina encenderá automáticamente el micrófono de la siguiente persona. De esta forma vamos a recorrer el grupo unas cuantas veces, y luego pasaremos a abrir los micrófonos para tener una discusión abierta. Si todo el mundo tiene claro las reglas de procedimiento, entonces paso a apagar mis auriculares para que la discusión comience.

En ese momento te acomodas en la silla y te pones a pensar lo que vas a decir. En ese momento también, la voz del primer participante comienza a escucharse por los auriculares:

Hola a todos. Supongo que soy el primero…

El chico tiene una voz agradable, aunque ligeramente nervioso. Después de presentarse pasa a describir algunos de los retos a los que se ha enfrentado para adaptarse a la vida en una gran ciudad. De todos los problemas te quedas con uno en particular. El chico confiesa con evidente incomodidad que bajo condiciones de estrés, por ejemplo en época de exámenes, es propenso a tener pequeñas convulsiones. Poco después terminan sus dos minutos de locución y el micro del siguiente sujeto se enciende. Y así ocurre con todos hasta llegar a tu turno.

Es tu momento. Comienzas a describir las dificultades para convivir con los compañeros de cuarto o de las presiones para compatibilizar el trabajo a media jornada con la vida social y los estudios. Ahora tu turno ha terminado y el micro del primer participante vuelve a encenderse. El joven comienza a hablar, pero de repente y de forma abrupta, su voz suena entrecortada y su timbre de voz muy alto. Parece que está teniendo algún tipo de problema. Entonces el joven balbucea:

Creo que necesito ayuda… si alguien puede… darme…por favor, esto es real, que alguien venga, me está dando….

Dios mío”, piensas. El tipo está teniendo una de esas convulsiones que había contado al inicio de su presentación. Por tu mente comienza a pasar seriamente la idea de ayudarle. De hecho piensas para ti, “necesita ayuda, ¿debo decírselo a los experimentadores que no están escuchando nada, o quizá alguno de los otros participantes ya se ha adelantado a mí?”. Y mientras te debates sobre lo que hacer, por el auricular continúa escuchándose la agonía y angustia del joven:

Por favor…. ayuda. ¿puede alguien ayudarme? Me estoy asfixiando!!

Tu ritmo cardíaco se acelera, “alguien tiene que ayudarlo!”, piensas. Pero al mismo tiempo, otra parte de tu mente te lo impide porque razonas que lo normal es que otros ya se hayan apresurado a ayudarle y avisar sobre la situación. De hecho, en ese instante ya te parece tonto llegar a pedir auxilio y ser el último de todos en hacerlo. Y mientras, vuelves a escuchar por última vez:

Voy… a morir. Me estoy… muriendo… ayuda!

En ese momento te sientes al mismo tiempo en pánico y un inútil total, lo único que puedes pensar es: “¿qué debo hacer? ¿estoy haciendo bien?

Pero no haces nada.

El efecto espectador: la difusión de la responsabilidad

Efecto espectador. Wikimedia Commons

Esta escena, con pequeños cambios, se repitió en 1968 hasta en trece ocasiones. Ocurrió durante varias épocas del año en el interior de la Universidad de Columbia. Siempre de manera individual, los sujetos se mostraban desconcertados luchando por decidir si debían o no salir a pedir ayuda, o bien esperar a que lo hiciera otro de los supuestamente presentes.

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Ocurre que estos universitarios no sabían que no existía tal emergencia médica. Tampoco participaban en una mesa redonda experimental sobre la vida estudiantil. Y el sonido de la voz del tipo que tenía una convulsión, así como las voces de los otros participantes, provenían todas de una misma grabadora.

Al ofrecerse voluntarios para participar en la discusión de los problemas relacionados con la vida universitaria en realidad se habían convertido en cobayas para los profesores e investigadores Bibb Latané y John Darley. Los sujetos estaban formando parte del experimento sobre las intervenciones de los espectadores en las emergencias.

Y es que ambos estaban investigando el curioso fenómeno que había puesto en liza un artículo del New York Times hacía unos años. Ese que decía que los espectadores no respondían en determinadas circunstancias. El mismo que decía que una multitud de personas puede ser capaz de ver como se despliega una emergencia sin que nadie, ni una sola persona, se ponga en marcha para ayudar. Un fenómeno que había nacido tras la muerte de Kitty Genovese.

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El asesinato de la joven fue un clamor público. Aparentemente, la gente no había hecho nada para auxiliarla. Se acusaba directamente a las personas de apáticas y despiadadas. Pero Darley y Latané sospechaban que la psicología individual tenía poco que ver con la falta de respuestas de los testigos. En cambio sospechaban que psicología de grupo era la culpable. De esta forma idearon el experimento, el cual debía demostrar sus teorías.

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Los investigadores llevaron a creer a los sujetos que eran parte de un grupo de discusión de dos personas, o (como se representa en la escena anterior) en un grupo de seis personas. En los experimentos con dos personas todos los participantes salieron corriendo de la habitación para alertar a los experimentadores. Lo hacían tan pronto como el supuesto joven comenzaba a experimentar las convulsiones. ¿Por qué?

¿Actuamos igual con más gente que solos? Wikimedia Commons

Tal y como explican Darley y Latané, cada uno de ellos sabía (o creían saber) que de su actuación pendía la vida del otro joven. Sabían que tenían que hacer algo porque nadie más podía oír los gritos del otro chico.

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En cambio los sujetos en los supuestos grupos de 6 se comportaron de manera muy diferente. Todos dudaban antes de actuar. La mayoría se sentaron pasivos, meditando y angustiados sobre qué hacer, preguntándose si alguien más iba a ayudar. De esta forma, el resultado final arrojó que un 38% de los sujetos nunca salió de la habitación. Al igual que los supuestos testigos del asesinato de Genovese, se habían convertido en espectadores que no respondían.

Esto fue lo que pasó a llamarse en psicología como Difusión de la Responsabilidad, y viene a explicar el comportamiento que se da cuando un grupo de personas son testigos de una emergencia y, en vez de actuar rápidamente, tienden a mirar a su alrededor y pensar que otro lo ayudará antes. De esta forma el grupo hace que se difumine la responsabilidad de cada uno. Y como consecuencia también, nadie hace nada.

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Precisamente el llamado como efecto espectador es una de las manifestaciones de la difusión de responsabilidad. En este caso se trata de un fenómeno psicológico de probabilidad: cuantas más personas en un lugar menos probabilidades de que alguien intervenga en dicha situación de emergencia.

Cuando Darley y Latané publicaron sus resultados en 1968 la comunidad científica elogió el experimento y lo elevó a la categoría de estudio clásico. En las décadas transcurridas desde entonces otros investigadores han extendido su trabajo de muchas maneras: llevando a cabo emergencias falsas, incluyendo robos, atracos, secuestros, mujeres atacadas, pasajeros en el metro que se derrumban (incluso con sangre ficticia saliendo de la boca) o incluso hombres sangrando con (supuestas) heridas terribles.

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En realidad y desde el trabajo de ambos, cualquier emergencia chocante que podamos pensar posiblemente ya ha sido simulada en algún sitio por algún psicólogo. Y lo cierto es que todos los estudios nos han enseñado mucho acerca de la psicología en grupos y el fenómeno de la difusión de la responsabilidad.

Quizás con un pero. Y es que los estudios han acabado teniendo una consecuencia no deseada. Además de los espectadores que no responden ante la situación de emergencia, ahora también hay que preocuparse de los escépticos.

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Esto fue revelado durante un experimento llevado a cabo por Robert MacCoun y Norbert Kerr. Los dos investigadores organizaron un simulacro de juicio cuando de repente un estudiante de psicología que desempeñaba el papel de un miembro del jurado tuvo una convulsión epiléptica muy fuerte, una de verdad. Pero para muchas de las personas de la sala, todas familiarizadas con el estudio de Latané y Darley, aquello era simplemente parte del experimento. Incluso poco después, cuando llegaron los médicos a auxiliar al joven, la mayoría seguía creyendo que era ficción y que el estudiante estaba actuando. Afortunadamente aquello quedó en un susto y el chico se recuperó.

Sea como fuere, el trabajo de ambos investigadores en 1964 supuso un análisis profundo y hasta entonces jamás estudiado que cómo funcionan los grupos en determinadas situaciones. Situaciones que demuestran que si alguna vez nos rompemos un hueso o tenemos una lesión, quizás y sólo quizás, lo ideal sería que no fuera en un espacio demasiado concurrido.

Quién sabe, incluso alguno podría llegar a pensar que formas partes de otro juego o experimento psicológico.