Las extinciones masivas ocurren periódicamente en la Tierra. Con 45000 millones de años a sus espaldas, puede considerarse como una fase de purificación de la madre naturaleza o como una simple cuestión de probabilidad. El caso es que ocurren, y sabemos que ha habido cinco.Ahora estamos al borde la sexta. Y es culpa nuestra.

La tasa media a la que conocemos que diversas especies se están extinguiendo es al menos 100 veces más alta que la que los paleontólogos consideran como “normal”. La cifra sale del trabajo de Elizabeth Kolbert (que le valió un Pulitzer) y que fue recogido en el libro “La Sexta Extinción”.

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El trabajo de Kolbert marcó un antes y un después en cómo la comunidad científica y política percibe el problema por irse precisamente al lado opuesto de los estudios anteriores: es extremadamente conservador. Dicho de otro modo, la estimación de esa tasa de extinción probablemente sea mucho más baja. La tasa de especies que han desaparecido en los últimos 100 años habría tardado, en otras condiciones, entre 1 y 10 milenios en desaparecer.

En cada una de las 5 extinciones anteriores, aproximadamente un 85% de las especies desaparecieron de la Tierra. Las que quedaron definieron a su vez como sería las formas de vida siguientes.

Por qué somos los responsables

Cráneo de Dodo

Lo dramático es que la parte que atribuye que la culpa es de los humanos es incuestionable. Los principales cambios implicados son el cambio climático, la deforestación, la alteración del equilibrio en los océanos y la agricultura.

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Algunos ejemplos famosos son el dodo o la paloma migratoria, ambos animales extintos debido a la caza indiscriminada. En 1871 había unos 136 millones de palomas, en 1885, sólo 14 años más tarde, apenas quedaban algunos reductos aquí y allá. La última murió, en cautividad, en 1914 en el zoo de Cincinnati. Junto a ella, curiosamente, por poco desaparecen otras dos especies más, dos clases de piojos parásitos que la utilizaban como huésped.

En la actualidad, 77430 especies se encuentran en peligro de extinción, 22784 de ellas seriamente amenazas, el principal motivo, según recoge la International Union of Conservation of Nature (IUCN) con un 85% de los casos, se debe a cambios en el hábitat de la especie en cuestión.

¿Puede evitarse?

A este ritmo, los primeros problemas severos podrían comenzar en apenas un par de generaciones, si no antes. Un ejemplo: si mueren insectos implicados en la polinización (como las abejas), estas acaban por extinguirse o por reproducirse de manera más dificultosa, si eso ocurre, nuestra alimentación y la de otras tantas especies se complica.

El principal punto de complejidad en todo el asunto es que nunca hay una relación directa entre una acción y las consecuencias, sino que cada una repercute de varias maneras distintas y estas a su vez en otras tantas, muchas veces entrelazadas. Las extinciones masivas se producen, a menudo, por una simple reacción en cadena.

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¿Seremos los humanos víctimas de una extinción provocada por nosotros mismos? Es una pregunta muy compleja, parece que sí, que podríamos, en parte por el nivel de inteligencia de la especie y por la capacidad de adaptación. La pregunta, quizá, no es si podemos sobrevivir, sino si merecerá la pena vivir en un mundo al que le faltan el 85% de sus especies.

Imagen: Mike Beauregard/Flickr

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