Ilustración: Tara Jacoby.

Podríamos dividir la auto experimentación en dos grandes categorías: aquella que termina reconociendo el trabajo impagable del investigador, y la que acaba condenando al científico porque nadie lo entendió. Es posible que los verdaderos héroes estén en la segunda categoría. Como el veterinario R. López.

Robert A. López era un médico de Wesport, Nueva York, que una vez trató a un mismo gato en dos ocasiones por los ácaros que tenía en el oído. El animal tenía Otodectes cynotis, un parásito psoróptico que vive de manera habitual en perros y gatos. Lo curioso es que al mismo tiempo, el dueño del gato y su hija se quejaban de que ellos también tenían ciertos picores. ¿Sería posible que los ácaros de la oreja del gato se hubieron trasladado a los humanos?

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Esto ocurrió a finales de la década de los 60. La literatura científica no tenía nada que decir sobre el tema, por lo que López decidió hacer una prueba él mismo. El hombre sacó los ácaros de la oreja de un gato, verificó bajo el microscopio que en realidad eran Otodectes cynotis, y procedió a introducir un gramo de cera con ácaros mezclados en su oreja izquierda. El efecto no tardó mucho en llegar, como informó López en su estudio:

Inmediatamente, oí una serie de sonidos que rascaban, movimiento, los ácaros comenzaron a explorar mi canal auditivo. Entonces empezó una sensación de picazón, y las tres sensaciones se fusionaron en una extraña cacofonía de sonido y dolor que se intensificó a partir de ese momento, desde las 4 p.m. y sucesivamente ...

Otodectes cyanotis. Wikimedia Commons

López adquirió una “visión” íntima de la vida del ácaro del oído:

El sonido en mi oído se hacía más fuerte en cuanto los ácaros viajaron profundamente en mi oreja. Me sentí impotente. ¿Es así como se siente un animal infestado de ácaros?

López también estaba consternado al notar que los hábitos alimenticios de los ácaros del oído no cuadraban con su patrón de sueño:

Después de retirarme sobre las 11 pm, la actividad de los ácaros aumentó de manera considerable hasta el punto de que, a medianoche, los ácaros estaban muy alborotados, rascándose y moviéndose. A la 1 a.m., los sonidos eran ensordecedores. Una hora más tarde, todo era demasiado intenso. Después de dos horas se alcanzó el nivel más alto de picor mientras rascaban. Este patrón se repetía noche tras noche, y hacía el sueño, por exigente que fuera, imposible.

Sin embargo, López, un hombre que lo daba todo por la ciencia, se aferró a su instinto investigador:

A la tercera semana, el canal auditivo se estaba llenando con demasiada basura, y la audición de mi oído izquierdo se había ido por completo. A la cuarta semana, la actividad de los ácaros se redujo en un 75% y pude sentirlos arrastrándose por la cara durante la noche.

Ilustración: Jim Cooke.

Cuando su oreja quedó completamente bloqueada con los residuos, López la enjuagó con agua tibia y, dos semanas después, ahora libre de ácaros, volvió a oír normalmente.

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Sin embargo, el veterinario no habría sido un verdadero hombre de ciencia si hubiera terminado todo en ese instante. Pensó que si no repetía el experimento científico, sus hallazgos debían considerarse como no verificados. Por lo tanto, como recordó él mismo más tarde: “Decidí probar nuevamente si el primer experimento había sido defectuoso”.

¿Qué hizo? El hombre tomó ácaros de otro gato y un perro y los introdujo en la oreja izquierda otra vez. Los ácaros se comportaron inicialmente como en la primera prueba, pero después de dos semanas no mostraron ninguna actividad. Esto planteó una serie de preguntas para López: ¿acaso se había vuelto inmune después del primer experimento? ¿O sería que los oídos humanos no eran realmente un hábitat adecuado para el Otodectes cynotis?

Sentimos incluir esta foto pero creemos que es la mejor manera de ilustrar el trabajo “de campo” de López. Wikimedia Commons

Así fue como el hombre decidió subir la apuesta con un tercer y último examen. ¿El resultado? Una vez más, los síntomas fueron menos agudos. “Tal vez había una reacción inmune contra los ácaros”, sostuvo López.

Lo cierto es que después de haber terminado el experimento, encontró uno de esos casos citado en la literatura científica: una mujer que se quejaba de tinnitus provocado por ácaros en su oído (el término médico para el hecho de “escuchar” ruidos en los oídos).

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El veterinario comentó al final de su informe sobre el experimento una frase legendaria, quizás el momento cumbre de todo su trabajo:

Me pregunto si la persona involucrada disfrutó de su experiencia tanto como yo.

Por cierto, en 1994 el trabajo de López fue reconocido con un Premio IG Nobel al experimento científico que “no puede o no debe hacerse”.