Decía Séneca que la muerte es un castigo para unos, un regalo para otros, y un favor para muchos. Yo añadiría que, para muchos también, la certeza de saber que van a morir un día ha sido motivo de mucha ansiedad. Imaginar entonces lo que se siente segundos antes de morir debe ser escalofriante. ¿O quizá no tanto?

Si la tecnología no pone remedio a ello, y todo indica que no ocurrirá al menos a corto plazo, todos vamos a morir en algún momento en esta aventura que llamamos vida. Más tarde o más temprano nuestro paso por el planeta llega a su fin y mientras tanto cada uno lo vive y construye su historia como buenamente puede.

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Benedetti decía con optimismo que la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida, a lo que Woody Allen respondía con sorna que sí, y que él no temía a la muerte, sólo que no le gustaría estar allí cuando suceda. Ese miedo tan acuciado en cada una de las películas del famoso director puede llegar a convertirse en toda una enfermedad, una fobia persistente, anormal e injustificada a la muerte, lo que se define como tanatofobia.

Quizá por ello la ciencia ha intentado averiguar desde hace mucho tiempo qué hay detrás de ese instante previo paso a la muerte. ¿Existe miedo? ¿Lo pasamos tan mal como parece? ¿Cómo funciona nuestro organismo? ¿Qué hace nuestra mente?

Dos estudios se iban a embarcar en la titánica tarea de intentar ofrecer luz sobre este momento tan perturbador (y aterrador) para la mayoría de los humanos.

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Empezando con el primero. El estudio del miedo antes de morir para, quizá y paradójicamente, observar si podríamos llegar entrenarnos y ser eficientes ante ese momento definitivo.

Se trataba de la peor de las bromas que le puedes hacer a un ser humano.

El miedo a la muerte

Day Of The Dead Celebration In Mexico. Getty

Aquel día nada hacía presagiar la escalofriante escena que iba a tener lugar en el aire. Los pasajeros abordo del avión estaban reclinados en sus asientos, algunos sacando sus libros para comenzar la lectura. A través de las ventanillas se podía apreciar el cielo azul claro, sin duda se debía tratar de un vuelo sin incidentes.

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De repente, la nave se estremece violentamente y se gira hacia la izquierda. Una de las hélices se detiene. Comienza entonces a girar con lentitud hacia abajo, la puerta del piloto se abre y los pasajeros pueden ver el miedo del hombre en la cara, que lucha por controlar el aparato. Los pasajeros ven entonces cómo el piloto intenta contactar a través de la radio gritando a los controladores aéreos:

¡Ayuda, tenemos que hacer un aterrizaje de emergencia, repito, aterrizaje de emergencia, probable fallo en el motor!

Tras esas palabras, el miedo se apodera de todos. Los pasajeros se agarran entre ellos tan fuerte como pueden, algunos comienzan a rezar, incluso aquellos que hasta hace unos segundos no creían en nada. En la parte trasera del avión una mujer no puede aguantar el pánico y comienza a gritar:

¡Vamos a morir todos, vamos a morir!

Fotograma de Flight

Bien. Ahora quítate esa imagen de la cabeza, respira y piénsalo bien: ¿Cómo reaccionarías ante una emergencia similar? ¿Se apoderaría el miedo de ti y te volverías histérico, o por el contrario te mantendrías tranquilo evaluando racionalmente las opciones de supervivencia?

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Para el Ejército de Estados Unidos esta información era sumamente importante, mucho más que una simple prueba académica. El Ejército necesitaba asegurarse de que sus soldados podrían mantener toda su cordura cuando el fuego estuviera a punto de comenzar. Así que, a principios de los años 60, llevaron a cabo una serie de pruebas científicas que ayudaran a despejar dudas.

Llamaron a un equipo de psicólogos formados por Mitchell Berkun, Hilton Bialek, Richard Kern y Kan Yagi. Todos ellos se dedicarían a estudiar el fenómeno de la “degradación conductual bajo estrés psicológico”. Dicho de otra forma, el Ejército quería saber de qué pasta estaban hechos sus soldados y cómo actuarían sabiendo que están a punto de morir. Por el camino, también tendrían la certeza (o no) de la aparición de nuevas técnicas con las que los soldados podrían aprender a trabajar bajo circunstancias que les provocan temor o miedo. Hasta aquí la teoría. Lo malo es que para llevarlo a la práctica sólo hay una forma de averiguar cómo se comporta alguien en una situación de vida o muerte.

Sí, había que asustarlos de tal forma que debían creer que sus vidas estaban en peligro, o como decían los investigadores, debían efectuar “la excitación experimental del miedo a la muerte”. De esta forma fue como los soldados que pasaron por la reserva militar de Hunter Ligget (California) se convirtieron en los sujetos de prueba.

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Y, naturalmente, ninguno de ellos fue informado de que los terribles eventos que pronto experimentarían eran parte de un experimento. Eso hubiera arruinado el efecto (y este artículo).

101st Airborne Troops Return To Fort Campbell. Getty

Dicho y hecho. La primera situación de temor tendría lugar en el aire. Un grupo de soldados acuden en la mañana para un pasar el día en una pequeña avioneta como parte “del entrenamiento militar”. Una vez en el aire y cuando había alcanzado la altitud de crucero, el avión de repente comienza a tambalearse y la hélice se detiene. Entonces los soldados comienzan a escuchar los gritos del piloto hablando con la torre:

Algo está mal, tenemos que realizar un aterrizaje de emergencia.

El avión comienza a volar en círculos para regresar al aeropuerto. Desde las alturas, los soldados comienzan a ver como se acercan a la zona ambulancias y camiones de bomberos esperando el desenlace. En este punto, a la mayoría se le hace un nudo en la garganta del miedo pero, por si fuera poco, la escena se complica aún más. El piloto anuncia que el tren de aterrizaje no baja. Van a tener que intentar planear con el avión en el océano.

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Una vez establecida la situación de temor, los investigadores introdujeron una tarea para medir la capacidad de los soldados al actuar bajo presión. De modo incongruente, la tarea consistía en rellenar unos formularios de seguro. Así que antes de que comenzarán a gritar y agarrarse unos a otros, un tipo frío como el hielo que se había subido con ellos en el pequeño avión comienza a repartir el papeleo.

El hombre explica que se trataba de una necesidad burocrática que todos debían rellenar en caso de que fueran a morir, de esta manera el Ejército se aseguraría de estar cubiertos ante las posibles pérdidas de vidas. Cada uno de ellos debía rellenarlos, luego colocarlos en un recipiente y justo antes del impacto de la avioneta lanzarlos. ¿Qué ocurrió?

Troops Fly Home From Kuwait To Fort Hood, Texas. Getty

Que obedientemente todos los soldados se inclinaron en sus asientos, lápices en la mano, y comenzaron a trabajar en aquella situación límite. No sólo eso, con un avión cayendo y sabiendo que las posibilidades de morir eran casi seguro, debían descifrar aquella jerga legal que había en los formularios. Probablemente muchos pensaron que era bastante difícil entender el papel. Incluso quizás atribuyeron a esa dificultad que estaban experimentando la “distracción” de esa muerte inminente. Pero lo cierto es que era más que eso. Aquellos formularios habían sido escritos de manera confusa a propósito, de forma deliberada.

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Tan pronto como los hombres completaron los formularios el piloto volteó el avión y dijo: “Al habla el capitán, sólo bromeaba, no estábamos en una emergencia”. Luego aterrizó el aparato sin problemas.

Los resultados de los formularios arrojaron que los soldados en el avión cometieron una cantidad de errores significativamente mayor que otros grupos de control desde un salón académico donde debían rellenar los mismos papeles, indicando por tanto que los hombres se sentían estresados por la experiencia que habían pasado. Pero para los investigadores fue decepcionante, ya que esperaban producir un verdadero susto, y en cambio los soldados tan sólo reportaron sentirse durante la prueba en el aire como “inestables”.

Quizás, pensaron, es posible que rellenar los formularios en dicha situación calmó los soldados hasta el punto de distraerlos. Tal vez el avión necesitaba entrar en un picado extremo para desencadenar una reacción verdaderamente dramática. De hecho, una cuarta parte de los sujetos se habían dado cuenta en el momento de que la emergencia era falsa. Algunos con experiencia de vuelo notaron que todo era muy sospechoso. Además, un piloto encontró una pista más directa: una nota que un sujeto de un grupo anterior había escrito en una nota dentro del avión.

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Así que los investigadores volvieron a sentarse para idear hasta tres situaciones nuevas. Todos estos “accidentes” iban a tener lugar durante un supuesto ejercicio de “guerra atómica”. Los soldados fueron trasladados a lugares remotos y abandonados, espacio donde estarían solos. Una vez allí su trabajo, tal y como les había explicado su comandante, era avisar por radio al cuartel general en el caso de que algún avión volara por encima.

A squad of soldier rests in the dessert waiting orders for an attack during a training a exercise with the U.S. Army 3rd Division. Getty

Los hombres llegaban a las pruebas con pocas expectativas de “acción”, la mayoría creía que se iba a tratar de una jornada anodina. Sin embargo el aburrimiento duraba poco tiempo. Mientras los hombres se sentaban bajo el calor abrasador de aquellos días, de repente tenía lugar un anuncio estridente desde las propias radios.

Cada uno de los soldados escuchaba una de las tres advertencias, dependiendo del grupo experimental en el que se encontrasen asignados. Desde la radio se decía que había ocurrido un accidente con material radioactivo, y como consecuencia de ello se habían provocado unas lluvias radioactivas en el área donde estaban, lo que posteriormente había creado un incendio forestal que estaba rodeando la posición de los soldados (o bien que un fuego de artillería mal dirigido estaba entrando en la zona). La radio luego pasaba a enfatizar varias veces lo siguiente:

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Esto no es un ejercicio, repetimos, esto no se trata de un ejercicio. Las prácticas quedan automáticamente canceladas. Radio a posición para que evacuen inmediatamente de la zona en helicóptero.

Es posible que tras estos mensajes todos y cada uno de los soldados comenzaran a correr en círculos. Pasado unos segundos y cuando los hombres trataban de cumplir con la orden, descubrían muy a su pesar que los transmisores habían decidido dejar de funcionar en ese momento. Y entonces, como si el cuartel general estuviera al tanto de la situación, de repente tenía lugar una nueva orden:

Soldado, debes arreglar el transmisor y la radio para dar tu posición.

U.S. soldier rests while on guard at a relay station in the Saudi Arabian dessert (1990). AP

Arreglar la radio y dar las coordenadas era la tarea que los investigadores habían acordado para medir el rendimiento bajo presión. En el exterior de cada radio se imprimía un diagrama sobre el cableado de forma que los soldados podrían utilizarlo de guía. Sin embargo, el esquema era realmente una especie de sub-prueba de las habilidades y capacidades mecánicas de cada uno de ellos.

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De las tres situaciones que se daban, la advertencia de radiación provocó, con mucho, la reacción más pausada de los soldados. Tal vez porque la amenaza era invisible, y los hombres actuaban como si hubiera poco que temer. Los investigadores señalaron que “tendían a reaccionar como si los daños, de haberlos, ya se habían sufrido y la única cuestión que quedaba era la de establecer contacto con el puesto de mando”. Además, muchos de los hombres parecían extraordinariamente desinformados acerca de los peligros de la radiación. Evidentemente, debemos suponer que estos jóvenes no habían prestado suficiente atención en las clases de ciencias.

En cambio el incendio provocó más interés. Al oír la advertencia, la mayoría de los hombres se levantaron para escudriñar el horizonte, momento en el que vieron nubes de humo a unos 300 metros de distancia (humo producido por los investigadores con bombas de humo). Aquí registraron que dos hombres entraron en pánico al ver el humo y se marcharon de la zona corriendo. Pero la mayoría permaneció en calma y se puso a trabajar en el arreglo de la radio. Más tarde explicaron que pensaban huir si el fuego se acercaba.

De las tres pruebas, la que se llevó la gloria en cuanto a pánico y miedo de los sujetos fue la del fuego de artillería mal dirigido. Segundos después de que los hombres escucharan la primera advertencia en la radio, “¡Atención, fuego entrante, inminente impacto de proyectiles en la zona!”, estallaba cerca de ellos un pequeño proyectil.

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Los soldados entonces se arrojaban al suelo y se ponían sus chalecos de nuevo. Muchos comenzaban a gritar a través de la radio… para poco después darse cuenta de que la radio no funcionaba. Casi la mitad de ellos fue capaz de arreglar la radio tras una ráfaga de proyectiles cercanos.

U.S. Personel carrier. AP

Acabado el experimento, los investigadores explicaron que la lección aprendida en todos estos experimentos era bastante clara: si el objetivo es despertar el miedo a la muerte, la sutileza no es una virtud. Las bombas y explosiones funcionan bastante mejor.

Sin embargo, el objetivo más amplio de los experimentos era observar qué rasgos psicológicos caracterizan a aquellos que desempeñaron bien su trabajo bajo el estrés de la situación, con la esperanza de que otros puedan ser entrenados para comportarse de la misma manera. Aquí los resultados fueron más provisionales.

Los autores observaron que, hablando en términos generales, cuanta más experiencia y educación tenía un soldado, más frío se comportaba ante el estrés. También señalaron que cada uno de los mejores mostraba la capacidad de centrarse únicamente en la tarea que estuvieran haciendo. Estos hombres fueron capaces de alejar la amenaza y “reducir el contenido en torno al miedo de daño o de lesiones físicas”.

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Vale, esto era con militares, pero, ¿y el resto de los mortales? Se podría decir que los que no hemos pasado por el ejército tenemos una serie de prioridades algo diferentes. Nuestro objetivo no es permanecer en la posición y seguir para obedecer órdenes, más bien y llegado el caso, simplemente sobrevivir. Para ello, no se me ocurre mejor forma que actuar en consecuencia, ya sea en correr en círculos, gritando al cielo o incluso rezando a cualquier dios que me quiera escuchar.

Ahora bien, esta primera prueba no dejaba de ser un experimento. Una broma muy pesada si se quiere e incluso altamente criticable que podría haber tenido consecuencias nefastas, pero era un experimento.

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Entonces, ¿qué ocurre realmente cuando sabes que vas a morir y no hay marcha atrás? ¿Cuando estas a unos segundos de una muerte inmediata y tu corazón se va a detener? Posiblemente, la mejor forma de saberlo es acudir a un corredor de la muerte. A los instantes finales de un condenado a muerte en, por ejemplo, Estados Unidos.

El corazón ante una muerte inminente

Prisión de Sugar House donde fue ejecutado Derring. Wikimedia Commons

Era el 31 de octubre de 1938. A las 06:30 John Deering camina lentamente hasta la habitación donde será ejecutado por un pelotón de fusilamiento. El rostro de John no denota ninguna emoción, el hombre se muestra impasible. El Sheriff pasa a leerle la orden de ejecución mientras Deering escucha en silencio mientras se termina el que será su último cigarrillo.

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Cuando termina de fumar se sienta en una silla situada frente a la pared de roca de la prisión. Un guardia se acerca y le coloca una capucha negra sobre la cabeza junto a una especie de parches en su pecho. Más tarde aparece un médico en la sala. Se trataba del doctor de la prisión, Stephen Besley, quién se acerca a Deering y le coloca una serie de sensores electrónicos en las muñecas. Al otro lado de la sala una máquina de electrocardiógrafos comienza a grabar silenciosamente el martilleo del corazón del hombre que está a punto de morir.

A decir verdad, Deering no era el típico prisionero del corredor de la muerte. Cuando la policía lo detuvo el 1 de agosto de 1938 y lo acusó del asesinato del empresario de Utah, Oliver Meredith, Deering admitió el crimen sin ninguna excusa. El tipo explicó que había disparado a Meredith a sangre fría mientras robaba el coche del empresario.

Pero Deering también expresó su pesar por lo que había hecho y su arrepentimiento por la vida que había llevado. De hecho suplicó que el estado lo matará de la forma más rápida que existiera, “sin toda la burocracia y el papeleo de los tribunales”. A John Deering le concedieron ese deseo. Tan sólo transcurrieron tres meses entre su arresto y su ejecución.

John Deering. MadScienceMuseum

Durante las últimas semanas de vida Deering intentó ser un ciudadano modelo. Entre otras cosas hablaba de la necesidad de proporcionar a los más jóvenes oportunidades en su vida, de “construir más campos deportivos y gimnasios” o de “dar a los niños más facilidades para divertirse y jugar, para mantener sus mentes ocupadas en las actividades sanas. Denles la oportunidad de desarrollarse que yo nunca tuve”, llegó a escribir.

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En un gesto de expiación, Deering también estableció que su cuerpo fuera a parar a la facultad de medicina de la Universidad de Utah, e incluso sus ojos, después de su muerte, debían ser congelados y enviados a San Francisco, espacio donde un cirujano trataría de usarlos para restaurar la vista a una persona ciega.

Por último, a petición del propio doctor Besley, John accedió a participar en un experimento, el primero de su tipo, para registrar los latidos de su corazón durante su ejecución. El doctor Besley creía firmemente que este experimento, además de satisfacer la curiosidad mórbida, revelaría información valiosa acerca del efecto del miedo en el corazón junto al tiempo que tarda en producirse la muerte después de que el corazón está herido.

Así llegamos al día de la ejecución. Deering caminó estoicamente hacia el pelotón de fusilamiento mientras sus compañeros prisioneros gritaban y golpeaban las barras de sus celdas. John se sentó en la silla y permitió que el doctor Besley le colocara los electrodos en las muñecas.

Muerte de John Deering. MadScienceMuseum

El electrocardiograma reveló inmediatamente que, aunque el rostro de Deering no mostraba ninguna emoción, su corazón latía como un martillo a 120 latidos por minuto, mucho más alto que el promedio de 72 latidos por minuto. El sheriff preguntó a John si tenía alguna palabra final que decir. Entonces el latido de su corazón se aceleró momentáneamente y dijo:

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Me gustaría dar las gracias al director por ser tan amable conmigo. ¡Adiós a todos y buena suerte!

Acto seguido miró al sheriff y le dijo, “ok, es el momento”. El sheriff giró la cabeza mirando al pelotón y dio la orden de disparar. En aquel instante los latidos del corazón de Deering llegaron a 180 latidos por minuto. Décimas de segundo después cuatro balas penetraban sobre su pecho, momento en el que su cuerpo se revolvió retrocediendo en la silla. Una bala agujereaba directamente el lado derecho de su corazón. En ese momento y durante cuatro segundos su órgano se estremeció. Un momento después volvieron los espasmos. Luego el ritmo fue disminuyendo de forma gradual hasta que 15,5 segundos después del primer disparo, el corazón de John Deering se detuvo.

Aunque su corazón ya no latía, su respiración continuó durante casi un minuto mientras se retorcía y se retorcía en la silla. Finalmente y 134 segundos después de que su corazón se detuviera, Deening era declarado muerto de manera oficial. Eran las 06:48.

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Al día siguiente, aquel sombrío y perturbador experimento fue portada en la mayoría de los periódicos de Estados Unidos. Curioso, porque la noticia compartió espacio con otro evento que tenía que ver con el pánico y el miedo, la reacción del público ante la transmisión de radio de Orson Welles y la Guerra de los Mundos por Halloween.

El doctor Besley recibió todo tipo de elogios por parte de la prensa, principalmente por desenmascarar que era posible ocultar las emociones reales antes de la muerte mientras el corazón está a punto de explotar.

Sea como fuere, lo cierto es que si existe algún remedio para enfrentarse a ese momento tan definitivo en la vida de un ser humano sin angustias ni miedo, aún no lo hemos encontrado.

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Quizá, como decía Machado, lo mejor sea ser pragmáticos. Al fin y al cabo, la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.