En el año 2004 John vivía una vida apacible con su novia Leigh. A nadie le extrañaba que el hombre, un tipo tremendamente educado, se desviviera por llevar juguetes cada semana a la Iglesia de Charlotte en el condado de Mecklenburg, lugar donde trabajaba junto a su chica. Leigh llevaba varias semanas pidiéndole que se fueran a vivir juntos pero John se negaba, le decía que trabajaba para el gobierno en misiones secretas que jamás podría revelar. Cada noche se despedía de su chica y enfilaba rumbo a un lugar desconocido. Faltaban pocos días para que se descubriera que John no era realmente John, él era Roofman.

Se sabía muy poco acerca de la vida del joven Jeffrey Manchester. En la adolescencia, sus profesores lo recordaban como un joven tranquilo y correcto, educado en el trato con las personas y en cualquier caso sin ningún tipo de incidente que hiciera saltar las alarmas sobre su personalidad. Manchester acabó la escuela para poco después formar parte como reservista del Ejército de Estados Unidos en Concord (Massachusetts).

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Se trata de un pequeño pueblo ubicado en el condado de Middlesex, un enclave que no llega a los 20 mil habitantes y en el que todo el mundo se conoce. Posiblemente fue aquí cuando Manchester quebró en algún punto. Si le preguntamos a los conocidos de Concord qué recuerdan del hombre, la mayoría coinciden en su extrema meticulosidad, un hombre que destacaba por su corpulencia atlética y un tipo que tenía un ojo peculiar a los patrones espaciales. Un detalle nada baladí, ya que esta obsesión por el espacio y su distribución serían claves para descifrar al personaje.

Pasaron los años y un día Jeffrey abandonó Concord. Nadie más supo de él. Ni rastro del hombre que había dejado una grata impresión entre los habitantes del pueblo.

Hasta que a comienzos del año 1998 comenzaron a repetirse una serie de patrones en otros tantos robos por Estados Unidos. No eran atracos normales o al uso, y el tipo que los estaba cometiendo tampoco parecía actuar bajo los patrones clásicos de un criminal. Fue el momento en el que todos los medios estadounidenses se hacían la misma pregunta, ¿quién es Roofman?

Creando a Roofman

McDonalds. Ken Wolter / Shutterstock

38 robos en 9 Estados, todos con el mismo patrón, todos, aparentemente, cometidos por la misma persona, un hombre enmascarado que no hacía uso de la violencia. Además, quién fuera que estaba detrás de esta serie de atracos debía tener algún tipo de problema con los negocios de comida rápida y en especial con uno: McDonalds.

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Más de la mitad de los robos los había cometido en uno de los establecimientos del payaso Ronald, el resto en otros tantos fast food de varios Estados. El modus operandi también era idéntico, de ahí salió la leyenda de su nombre en los medios. El ladrón entraba siempre desde el techo de los restaurantes. Antes había trabajado creando una entrada, un agujero donde presumiblemente había utilizado una sierra, taladro o incluso hacha, según la policía.

El hombre, con una máscara que le cubría la cara, caía del techo como si fuera un superhéroe, generalmente a última hora, poco antes de cerrar, en la oscuridad de la noche y cuando únicamente se encontraban los empleados del local. Tras la sorpresa, el tipo sacaba un arma, de vez en cuando disparaba al aire para atemorizar al personal y comenzaba el ritual.

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Tras los primeros robos, los empleados que fueron interrogados por la policía decían prácticamente lo mismo. Una vez que Roofman descendía del techo y sacaba su pistola, el resto era pura cordialidad. Con amabilidad les decía a todos que debían meterse en el congelador del establecimiento, no sin antes recordarles que en su interior iban a pasar frio un buen rato, razón por la que les pedía a todos que antes de meterse se pusieran sus chaquetas o todo aquello que tuvieran a mano para abrigarse.

Ronald McDonald. Ratana21 / Shutterstock

La policía estaba desconcertada. Como recordaría en aquellas primeras fechas el portavoz del Departamento de Justicia de California, Mike Van Winkle:

Todo lo que sabemos es que es un tipo serio y extremadamente concentrado en lo que hace. Es extraño, porque muchos de los testigos hablan de él como un tipo decente, parecen pensar que es un todo un caballero.

Los crímenes habían comenzado en 1998 y durante varios años se repitieron en diferentes establecimientos de Nevada, Oregon, Minnesota, Maryland, Virginia, Carolina del Norte o Massachusetts. McDonalds en su mayoría, pero en el radar de Roofman no le hacía ascos al Burguer King, algún Blockbuster o incluso un Toys R Us.

Las fuerzas de seguridad no daban con el hombre, un personaje que a cada robo que daba subía en popularidad. En el 2000 aquello comenzaba a ser surrealista. Roofman realizó su entrada triunfal en un McDonalds a las afueras de Fresno. Se hizo con un botín de dos mil dólares y había introducido a cuatro jóvenes empleados en una cámara frigorífica. La declaración posterior del agente Tim Bos fue, probablemente, el detonante para endurecer la búsqueda:

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Hemos llegado y rescatado a los jóvenes. Según los chicos, el hombre estuvo constantemente con una sonrisa en los labios. Tenía una pistola, pero actuó de un modo extremadamente suave. Los chicos le llegaron a dar una hamburguesa y se la comió con ellos antes de meterlos en la cámara. También bromeó con ellos antes de cerrar la puerta. Les dijo que “lo bueno es que hoy tendréis el resto del día libre”.

Empleado de McDonalds en Estados Unidos. Sorbos / Shutterstock

Se calcula que por aquellas fechas tenía un botín de unos 100 mil dólares en robos. Seguían sin dar con el personaje enmascarado, del que no había ninguna duda de que había encontrado un receta perfecta para el robo. Como explicaría Van Winkle tras anunciar que se elevaba la recompensa a 10 mil dólares::

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Está en la naturaleza humana que cuando funciona, continúas con ello. Él sabe que a diferencia de los bancos, en donde a menudo se encuentran alarmas silenciosas, cámaras de vídeo y guardias de seguridad, no es el caso de un establecimiento de comida rápida. Sus víctimas son por lo general adolescentes que tienen muy claro que no van a arriesgar sus vidas por unos pocos miles de dólares en un trabajo sirviendo hamburguesas.

Llegó un punto en el que la propia policía hizo un doble llamamiento a la ciudadanía para ofrecer pistas. Los robos de Roofman y su modus operandi comenzaron a ser burdamente imitados en diferentes puntos del país.

Poco a poco se fue armando un retrato robot del hombre y su plan infalible. Varón, de entre 18 a 30 años, corpulento. Parecía bastante claro que Roofman actuaba una vez había estudiado sus objetivos. Luego pasaba a la acción, siempre en la noche, a través de unos pequeños agujeros desde los que sorprendía a los trabajadores. Finalmente, todo indicaba que huía a pie.

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También había otro dato revelador para los investigadores: la repetición de un mismo patrón. Los lugares escogidos o las horas en las que perpetraba los robos de cada uno de estos negocios franquiciados delataban a Roofman como un ladrón que había encontrado los parámetros de una especie de Día de la Marmota criminal. Eran demasiados meses sin darle caza a un tipo que había hecho de la simplicidad de sus acciones una ventaja. Un robo que podría llevarse a cabo una y otra vez, daba igual el pueblo, ciudad, estado o incluso país si quisiera. Sus habilidades sólo mejoraban en cada asalto con éxito.

Nadie acertaba a ponerle cara a Roofman. ra2studio / Shutterstock

Los investigadores sabían que gestionaba con detalle cada atraco, controlaba un crimen que simplemente se duplicaba en el tiempo. Mismos establecimientos, cajas registradoras, neveras de suministros, organigrama de la estructura para caer del techo en el lugar adecuado. Todo estaría siempre en lugares similares de cada restaurante. Había encontrado una rutina, un crimen perfecto que podía llevar a cabo una y otra vez sin que nadie le parara.

Sin embargo, con la rutina se volvió codicioso, más ambicioso. Lo que antes eran hurtos espaciados en el tiempo ahora eran cada pocas semanas. Este exceso de confianza lo llevó finalmente al descuido, y tras haber cometido más de 40 robos, nuestro hombre acaba siendo capturado en un nuevo intento de atraco a… un McDonalds.

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Se revelaba por fin la identidad detrás del personaje. Se trataba de Jeffrey Manchester, el chico educado, el ex reservista del Ejército de Estados Unidos a quien un día se le perdió la pista tras su paso por Concord. La policía, por fin, podía trazar una historia de fondo. Tras las primeras investigaciones sobre su pasado dan con la clave, esa sensibilidad que se podía apreciar en el joven Manchester por los patrones.

Tras su detención fue juzgado y condenado a 45 años en el Correccional de Brown Creek (Carolina del Norte) en el año 2000. En principio, allí debía acabar la historia del ladrón que tenía una fijación por los McDonalds.

Pero Jeffrey no pasaría mucho tiempo en Brown Creek. Si algo le había enseñado la vida como Roofman era a ser todo un escapista. En su tercer año en la cárcel y con 33 primaveras, nuestro hombre ya había urdido un nuevo plan de escape. Siguiendo la teoría que le había llevado al éxito en el pasado (la opción más sencilla suele ser la más eficaz), Roofman aprovecha un descuido de la seguridad del centro para huir escondido debajo de un camión de reparto.

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Fue una auténtica tomadura de pelo para el centro de Brown Creek, quienes hasta entonces no contaban con ninguna huida de presos. Roofman tuvo el honor de ser el primer tipo que escapaba de la cárcel de Carolina del Norte.

Y como ocurriera tras su salida de Concord, nadie más supo de él durante los meses siguientes. Se lo había tragado la tierra... o mejor dicho, un Toys R Us.

Roofman en modo épico

La guarida de Roofman. AP Images

Más o menos por las mismas fechas llegaba un tipo al pequeño pueblo de Charlotte (Condado de Mecklenburg). Se llamaba John, era educado, corpulento y al poco tiempo comenzó una relación con la joven Leigh Wainscott. La chica le introdujo como voluntario para trabajar en la iglesia del pueblo. John acabó trabajando allí, dedicando horas y esfuerzo para los más necesitados. En el pueblo estaban encantados con el hombre. No sólo se desvivía por ayudar a los demás, cada semana tenía el ritual de aparecer con una gran cantidad de juguetes para los niños.

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Leigh estaba completamente enamorada de un tipo con tanta bondad. A los pocos meses de iniciar la relación le pidió que se fuera a vivir con ella. Hasta entonces era raro que John pasase la noche en casa de Leigh. El primer día que comenzaron a salir le explicó que tenía un secreto que jamás podría revelar a nadie. Ella asintió, y John le dijo que tenía una doble vida, un trabajo secreto para el Gobierno que requería de sus servicios en la noche. Leigh lo entendió y jamás le pidió explicaciones.

Claro que John, o Jeffrey, o Roofman, no trabajaba para el gobierno, aunque sí tenía una doble vida. Antes de huir de la cárcel, nuestro hombre sabía perfectamente donde iba a empezar bajo una nueva identidad. Había hablado con varios compañeros de celda y le habían explicado que Charlotte era perfecto para esconderse, un pueblo muy pequeño que además pertenece a Carolina del Norte, donde las sentencias por robo no eran tan graves.

Cuando llegaba la noche en Charlotte, John se despedía de Leigh y regresaba a su nueva guarida, aunque en este caso, sus tendencias arquitectónicas habían tomado un rumbo perturbador. Nuestro hombre acudía a un establecimiento abandonado de la cadena Circuit City, un espacio cuyas paredes colindaban con un Toys R Us.

Toys R Us en Estados Unidos. ValeStock / Shutterstock

Jeffrey había creado allí su propio apartamento a medida. Un coqueto espacio que había decorado con posters de superhéroes, un colchón con unas sábanas de Spider-man, decenas de figuras de acción por el suelo, un aro de baloncesto e incluso un pequeño televisor que tendría dos tipos de uso. Por un lado el visionado de la gran colección de DVDs que robaba diariamente junto al resto de juguetes; por el otro, una pantalla voyeur y un centro de vigilancia con el que espiar todos y cada uno de los pasos que se llevaban a cabo en el interior del Toys R Us. El hombre había robado el equipo de monitorización de un muñeco de bebé por el que seguía los movimientos de los guardias y empleados.

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La razón es simple. Había logrado crear un pequeño pasadizo que le llevaba hasta la zona donde se encontraban las bicicletas en el establecimiento. De esta forma y cuando nadie lo veía, Roofman podía acceder al Toys R Us y disfrutar de sus propias carreras de control remoto con los juguetes, montar en bicicleta por toda la tienda para hacer ejercicio o incluso alimentarse durante meses de la comida para niños que vendían en el establecimiento.

Su lealtad al McDonald se había roto y ahora le rendía pleitesía a otra “grande”. El escapista amante de la espacialidad y los patrones se había construido su propia fortaleza, su propio dormitorio, el sueño escapista de un adolescente a sus 33 años.

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Sin embargo, cuando habían pasado seis meses desde su fuga de la cárcel, su elaborado y perturbador plan fracasó y con él su extraño mundo perfecto. Ocurrió un 26 de diciembre, en la temporada de compras navideñas. En un descuido y mientras Roofman se encontraba en el interior del Toys R Us probando un juguete nuevo, aparecen dos empleados. La cara de sorpresa y terror de ambos fue evidente. Eran las 2 de la mañana, el local llevaba horas cerrado y los empleados debían acudir a reponer material. Allí se encuentran a un solitario hombre de una treintena jugando sólo en un pasillo con un juguete.

Toys R Us. Tooykrub / Shutterstock

Ambos lo ven, gritan y huyen. A su vez, Roofman también huye. El hombre corre y entra a su guarida a través del pasadizo secreto. La policía llega al establecimiento poco después. Tras las primeras pesquisas dan con el refugio secreto de Roofman, pero él no está allí. A los dos días logran identificarlo a través de las pistas que había dejado en su casa.

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Lo buscan por el pueblo pero no dan con él. Dos miembros de la iglesia confirman que, efectivamente, el hombre se trataba de John, el tipo que había llegado meses atrás. Entonces acuden a Leigh, su novia hasta entonces. Cuando la policía le cuenta a la joven quién era realmente su chico no da crédito. En un principio no se lo puede creer hasta que le muestran quién es a través de Internet.

Leigh acaba cooperando con la policía. Roofman contacta con su novia y esta le pide que vuelva, que quiere verlo el 5 de enero, el día de su 40 cumpleaños.

Así fue como el hombre acabó nuevamente entre rejas. Tras años de fama, de robos, capturas, huidas… el hombre descrito por víctimas y la propia policía como meticuloso, inteligente, atlético y educado, pero también el hombre que se escondía tras un Toys R Us para disfrutar a solas de los juguetes, o el tipo que abrigaba a sus víctimas antes de meterlas en un congelador... acabó en la cárcel, lugar en el que se encuentra actualmente.

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¿Será este el final definitivo de Roofman? Como diría Katherine Scheimreif, sargento de policía que detuvo al famoso ladrón:

No nos confiemos. Es tan astuto, que no me sorprendería que se escapara de nuevo. Definitivamente, tiene una manera diferente de ver las cosas.