Israel llevaba una vida de lo más normal con su novia e hija en la ciudad-condado de Anchorage, al sur de Alaska. El día a día del hombre discurría sin sobresaltos con su pequeña empresa de reparaciones Keyes Construction. Pero cada cierto tiempo y como contaría su chica años más tarde, se le perdía la pista.

Israel salía de Anchorage a algún lugar desconocido. “Por trabajo”, según comentaba sin más explicaciones. A veces días, a veces semanas, pero Israel siempre volvía a casa con la misma actitud amable de siempre.

Humble, Nuevo México, Londsburg, Washington, Nueva York o Alaska fueron algunos de sus destinos. Allí el ritual era casi siempre el mismo. En algún punto alejado y apartado de la gente, en desiertos y zonas boscosas poco frecuentadas, Israel llegaba en coche. Tranquilamente bajaba de él y abría el maletero para sacar una pequeña caja. Luego enfilaba en solitario el trayecto hasta encontrar el lugar perfecto, o al menos, aquel que al hombre le parecía ideal. Entonces era el momento de cavar para introducir la caja. La enterraba y volvía a su coche. Estos fatídicos lugares volverían a ser visitados por Israel al menos una vez más. Hoy, el FBI sigue sin saber el número de “trabajos” que llevó a cabo.

Keyes antes de Keyes

Israel Keyes durante su etapa en el ejército. AP Images

Israel Keyes nació un 7 de enero de 1978 en Richmond, Utah. Fue el primer hijo de una pareja recién casada que luego se convertiría en numerosa. Nada menos que 7 hermanos para el por aquel entonces joven Israel. Cuando el chico era hijo único sus padres fueron fieles devotos y miembros de la Iglesia mormona, la misma con la que educaron al crío en los primeros años.

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Poco después la familia Keyes se traslada a una zona rural al norte de Colville, Washington. Fue una época donde los Keyes parecen abandonar el mormonismo, aunque de vez en cuando se les podía ver asistiendo a alguna de las iglesias cristianas de la zona. En especial una cuya identidad y denominación giraba hacia la predicación separatista del blanco, con tintes y doctrinas antisemitas.

Los padres de Israel deciden educar a sus hijos desde casa, ninguno iría a la escuela. Además, el traslado del hogar no fue a mejor. En Colville vivían a las afueras en una pequeña cabaña que no tenía electricidad, un detalle nada baladí teniendo en cuenta el aislamiento en una zona rural escasamente poblada. Años más tarde deciden mudarse de nuevo, esta vez a Smyrna en Maine.

Israel ya no es un niño y comienza a trabajar en una fábrica de sirope de arce. Quienes lo recuerdan de esta época lo describían como un chico tremendamente amable y servicial, un joven con don de gentes. En 1998 se produce un giro en la vida de Keyes. Se une al Ejército de Estados Unidos desempeñando funciones en Fort Lewis, Fort Hood y finalmente en Egipto. En el 2001 se declara culpable por conducir ebrio, pero a parte de este detalle, el resto de su estancia como soldado fue intachable, llegando a recibir la Medalla de Logro del Ejército (aunque jamás llegó a entrar en combate).

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Aunque como diría Sean McGuire años después al FBI, el que fuera ex compañero de Israel en el Ejército, durante esta etapa ya mostró algún signo extraño:

Recuerdo que nos hicimos amigos después de pasar un entrenamiento durísimo en Egipto. Era un tipo amable, aunque había algo oscuro y perturbador en él, sobre todo cuando se ofendía por algo que yo había dicho. Siempre recordaré cómo bajaba la cabeza y susurraba que quería matarme.

Años después Israel dejó el Ejército. Desde entonces, quienes formaron parte de su vida lo recordarían como un tipo extremadamente atlético y espigado. El hombre tuvo una etapa marcada por el deporte llegando a correr la maratón en Olympia, Washington, en el 2007. Precisamente allí entró en contacto con la tribu indígena Makah con quienes trabajó como carpintero para acabar fundando su propia empresa de reparaciones, Keyes Construction, donde sería el jefe y único empleado.

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También conoció a la madre de su hija en este período de su vida. Unos meses después la chica consigue un trabajo en Anchorage y se mudan. Y es aquí donde el hombre aparentemente normal, atlético, espigado y cortés pasaría los siguientes años viviendo una vida apacible.

Hasta el año 2012.

Dos casos abiertos

Fotos de búsqueda de la pareja Currier. AP Images

El 8 de junio del 2011 una pareja de mediana edad, Bill Currier (50) y Lorraine Currier (55), desaparecen de la faz de la tierra. Se trataba de un hombre y una mujer que vivían en la ciudad de Essex. Una pareja que jamás tuvo un problema en la comunidad, al contrario, se les recordaba como parte esencial de la misma.

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Bill y Lorraine vivían a las afueras, en una granja con un gran garaje exterior. La pareja vivía sola, no tenían niños ni perros. A partir de ese día nadie más supo de ellos. Un amigo de ambos se dirigió a la casa esa tarde y no estaban. Al llamarlos por teléfono y no recibir respuesta se extrañó y acudió a la policía. Desde entonces y durante diez meses, el teniente policía George Mustie ha llevado el caso.

Murtie había crecido en Essex y se conocía la comunidad como la palma de la mano. Jamás entendió como dos personas como los Currier pudieron desaparecer sin dejar rastro. En los diez meses siguientes tan solo pudo recabar algunas pistas, todas en falso.

El 6 de abril del 2012 recibiría una llamada que arrojaría luz al caso.

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Unos meses antes, el 1 de febrero, Samantha Koening también desaparece de la faz de la tierra, aunque en este caso la policía tenía una pista. Koening trabajaba en la pequeña cafetería Common Grounds Espresso en el centro de Anchorage. Sobre las 20:00 la joven estaba a punto de cerrar. Un hombre al que no podemos ver con claridad (parece tener capucha) se acerca por fuera del establecimiento y le pide un café, Koening lo prepara y cuando se acerca para dárselo la chica levanta las manos y comienza a caminar hacia atrás. No hay duda, se trata de un asalto. En ese preciso momento vemos como el tipo le pide a Koening que apague las luces. El resto es confuso y no se aprecia mucho más, aunque la cámara de vídeo del local ha recogido toda la escena…

En los días posteriores a su desaparición la familia de Koening y sus amigos buscan sin cesar una pista de la joven. Empapelan la ciudad con su imagen e incluso llegan a recaudar fondos y a ofrecer una recompensa por alguna pista. Más tarde el vídeo se difunde en los telediarios. La madre no da crédito y llega a comentar en los diarios:

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Solo quiero que Samantha vuelva a casa. Todo esto es increíble, ver lo que le ha podido pasar a tu hija por televisión… jamás piensas que esto le pueda pasar a tu propia hija.

Días después y a través del móvil de la joven el supuesto secuestrador se pone en contacto con la familia. Le envía fotos donde se ve parcialmente el cuerpo de Samantha junto a páginas de periódicos de aquellos días como señal de que sigue viva. Quien quiera que fuera pedía un rescate de 30 mil dólares a cambio de la libertad de la joven. El mensaje también indica un lugar (un parque) donde una nota ofrecerá más pistas.

La madre de Samantha acude hasta el parque y se encuentra la nota. En la misma se pedía que el dinero fuera trasferido a la cuenta de la joven. Los Koening acceden y acaban transfiriendo la suma de 30 mil dólares.

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¿Por qué la cuenta de la joven? Como se pudo apreciar los días posteriores al ingreso, el secuestrador había robado el bolso con la documentación, cartera y tarjetas de crédito de la joven. De esta forma, en las semanas siguientes el tipo retiró diferentes cantidades de dinero en varios estados del país. Siempre en cajeros automáticos y siempre alejados de las grandes urbes.

La policía no había logrado dar con él en este tiempo, pero su rostro, a menudo encapuchado, se había podido apreciar en algunas de las cámaras de seguridad. Ya tenían un retrato robot del tipo y las rutas que había llevado hasta ahora.

Detención

La investigadora Monique Doll ante los medios de comunicación. AP Images

Según explicó al FBI la cuñada de Israel, a comienzos del mes de marzo del 2012 el hombre acude a la boda de una de sus hermanas. Allí se encuentra con parte de la familia. La mayoría de ellos y a diferencia de Israel, eran profundamente religiosos. Entre risas y mucho alcohol todos se ponen de acuerdo para intentar convencerlo de que se convierta al cristianismo evangélico. Israel ríe al principio para luego ponerse cada vez más serio. Les dice que no cree en un dios supremo, su mirada comienza a perderse y de repente empieza a llorar. Con lágrimas en los ojos le dice a su familia:

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Ustedes no saben por lo que he pasado. No tienen ni idea de lo que he hecho. Tengo que beber cada día para olvidar estas cosas.

Una semana más tarde, el 13 de marzo del 2012, un oficial de policía que patrullaba en Lufkin, Texas, detiene a un hombre que iba conduciendo por exceso de velocidad. Se trataba de Keyes y cuando la policía le toma la matrícula y la pasan a la centralita… bingo. El coche, un Ford Focus blanco, era un coche de alquiler que había sido registrado por las cámaras de seguridad al encontrarse muy cerca y a la misma hora que se había realizado un retiro de dinero de la tarjeta robada de Koening.

El policía lo hace bajarse del coche lentamente y le dice que suba las manos a la cabeza y se tire al suelo. El oficial se acerca al coche, se asoma y en la parte de atrás encuentra dinero envuelto en un elástico, la tarjeta de Koening, un mapa con diferentes rutas marcadas y el teléfono móvil de la joven. No hay ninguna duda, acaban de dar con el secuestrador de Samantha Koening.

El relato de Keyes

Tan pronto fue identificado como el posible secuestrador Israel fue extraditado a Alaska, lugar donde se programó un juicio para el mes de marzo del 2013. Allí tendría lugar una serie de interrogatorios que duraron ocho meses para un total de más de 40 horas de vídeo con numerosos interrogatorios de los investigadores. Agentes del FBI junto a la investigadora del caso, Monique Doll y su compañero Jeff Bell, serían los encargados de desenmascarar al hombre.

Cuando Doll se encontró por primera vez con Keyes le dijo que era un monstruo y que lo supo desde el primer momento. Acto seguido le enseña la nota en la que supuestamente le pedía dinero a la familia de Samantha. Israel no se inmutó y le dijo que no podía ayudar con el caso porque no sabía nada. Dos semanas después Monique Doll recibe una llamada desde la cárcel: “Nos ha dicho que el monstruo te está esperando”.

Como recordarían los presentes, la primera de las entrevistas fue posiblemente la más perturbadora. En una pequeña sala aparece Keyes esposado de pies y manos. Los investigadores le muestran un primer vídeo en un aparcamiento que mostraba a un hombre de similar complexión caminar hacia una camioneta blanca. Se trataba de una cámara de vigilancia que recogió el vídeo a la misma hora en la que se sacó dinero de la tarjeta de Koening en un cajero cercano.

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Keyes comienza a reírse de forma nerviosa. Cuando termina el vídeo mira de frente a los investigadores y admite que se trata de él. En este punto vale la pena comentar que desde el comienzo de su detención mostró una serie de pautas extrañas. A cambio de hablar había pedido que no se hiciera público nada de lo que iba a comentar. Como diría el jefe de policía de Anchourage:

Fue muy, muy, muy sensible con todo aquello relacionado con su reputación, por extraño que parezca. Además, tuvimos que mantenernos con un perfil extremadamente tranquilo para que pudiera hablar con nosotros.

Israel Keyes. Wikimedia Commons

Al comienzo del interrogatorio interrumpe a uno de los investigadores. Exige una chocolatina, un cigarro y una taza de café para seguir hablando. Luego comienza a explicar el macabro suceso que ocurrió con Samantha sin inmutarse, con una frialdad que asustó a los investigadores.

Después de amordazarla, la subió a su coche y la llevó hasta una choza abandonada cerca de su casa. Keyes volvió al establecimiento y recogió todas las pertenencias de Samantha. Al regresar a la choza le pidió las claves de su teléfono y los datos y contraseña de su cuenta y tarjeta de crédito. Luego la violó y la estranguló. Le sacó una foto al cuerpo para exigir el dinero y finalmente desmembró el cadáver y lo tiró al lago Matanuska, espacio que según comentó, aprovechó para pescar posteriormente. Tras acabar con el terrible relato el tipo se queda mirando a Doll y le dice:

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No es fácil matar alguien. Lleva su tiempo estrangular a una persona. Si me dan una pantalla les puedo mostrar en Google Maps el punto preciso del lago donde tiré el cuerpo. También les hablaré sobre los otros y sobre puntos exactos donde guardaba los kits con mis herramientas para matar.

… No busquen o indaguen sobre mí, porque no hay nadie que me conozca de verdad, jamás hubo alguien que de verdad me conociera. Podrán escuchar cosas que se contradicen a las que yo les diga, pero eso es porque en realidad soy dos personas.

Doll y el resto de investigadores no daban crédito. El hombre parecía tener una personalidad doble y no había matado sólo a Samantha. Según su relato había perpetrado al menos un docena de asesinatos más a sus espaldas en los últimos años. Todos sin ningún patrón más allá de matar a seres humanos, aunque con un modus operandi: Keyes había ido viajando por zonas alejadas de Estados Unidos, espacios donde alojaba una serie de paquetes que enterraba y que contenían armas, esposas o incluso materiales para descomponer cuerpos. Sin embargo la mayor parte de su relato era difuso y a menudo se contradecía. Con una excepción.

El 6 de abril del 2012 George Murtie, el teniente policía que llevaba 10 meses investigando la desaparición de Bill y Lorraine Currier, recibe una llamada del FBI. Le informan que han detenido a alguien que dice haber matado a la pareja.

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Así fue como Currier y el resto del mundo se enteró de lo que pasó aquel 11 de junio del 2011. Con la misma frialdad que en el relato de Samantha, Israel narró los hechos. Ese día por la noche viajó 1.200 kilómetros hasta Essex. Keyes cortó la línea de teléfono de la casa de los Currier. Había seleccionado a las víctimas al azar, aunque luego dijo que los eligió por vivir a las afueras.

La nota que deja Keyes el 2 de diciembre del 2012. FBI

Antes de atacarles accedió a una de las cajas que había enterrado, en este caso en Vermont en el año 2009. Con una barra de hierro entró al garaje anexo, luego rompió una ventana interior y accedió a la casa. Con una linterna llegó hasta el dormitorio principal, los amenazó y los maniató obligándoles a meterse en el coche.

El hombre viajó aquella noche unos kilómetros hasta una granja abandonada. Allí sacó a Bill Currier y lo metió en el sótano, espacio donde lo ató a un taburete. Al regresar al coche ve que Lorraine había logrado escapar del mismo y que estaba corriendo a unos metros. Keyes logra atraparla y la lleva hasta la granja.

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Cuando Israel llega Bill había logrado romper el taburete aunque estaba completamente desorientado. Keyes le golpea con una pala y le dispara dos veces en la cabeza. Tras matar al marido el hombre regresa del sótano, viola a Lorraine, la baja al sótano y la estrangula. Según su relato, lo que hizo con los cuerpos posteriormente no está del todo claro. En cambio, la policía confirma el lugar indicado donde había arrojado la pala y la pistola con las que mató a Bill Carrier.

Jamás se ha sabido algo de las personas que declaró matar o atacar (además de la pareja y la joven Samantha). Keyes afirmó violar a una mujer en 1990, aunque no la mató, hizo referencia a, al menos, 12 personas asesinadas, cuatro de ellas en Washington, a robos a bancos y asaltos en establecimientos… pero nunca dio otro nombre con el que cerrar alguno de los casos abiertos en el país.

Las investigaciones posteriores hablan de un hombre que, con el fin de evitar la detección, viajaba muy lejos de su hogar, donde vivía apaciblemente con su novia e hija. Financiaba esos extraños viajes “por trabajo” a través de su pequeña empresa y de algunos robos perpetrados en entidades bancarias. Era metódico y organizado, en ocasiones llegando a tomar un avión para que su rastro en coche se perdiera.

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Durante sus viajes, Keyes jamás utilizaba su tarjeta de crédito, siempre pagaba en efectivo para evitar dejar pistas. Los kits que iba guardando para asesinar estaban tan metódicamente diseñados que llegaban a incluir soluciones para descomponer los cadáveres.

Tras confesar el asesinato de Koening los investigadores pudieron recuperar el cadáver de la joven, el único de todas las víctimas de Israel Keyer. Por mucho que la policía y el FBI le intentó sacar más nombres y datos, Keyes se detuvo en su relato en algún punto. Les decía a los investigadores que “es mejor pensar que tus seres queridos están en alguna playa en algún lugar a que fueron asesinados brutalmente”.

La mayoría de los asesinos en serie se adhieren a un espacio físico específico y se dirigen a un tipo específico de víctima. Al no hacerlo así, Keyes hizo tremendamente difícil la labor de la investigación, tanto para atraparlo como para sacarle un perfil.

El pastor Jacob Gardner hablando para los medios el día del funeral de Keyes. AP Images

El 2 de diciembre del 2012, tres meses antes del inicio del juicio, un agente de la cárcel de Anchorage se encontró el cuerpo sin vida de Israel Keyes junto a una carta. Había muerto a los 34 años en su celda. El asesino se había suicidado cortándose las muñecas. Desde entonces, el FBI no ha parado de intentar resolver el puzzle que, quizás, les pueda llevar hasta el paradero de alguna de las víctimas que narraba el propio Keyer. A lo largo de estos años se han llevado a cabo numerosos intentos para establecer una cronología por todos los lugares por los que viajó y la relación con posibles desapariciones.

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Los padres de Samantha también han abierto la página ¿Conoces a Israel Keyes? en Facebook. Un esfuerzo con ayuda ciudadana donde difunden cualquier noticia, mapas o fotos relacionadas con el asesino, lo que sea que pueda ayudar a resolver otros casos sin resolver.

Aunque será difícil encontrar algo. Como dijo la propia Monique Doll “hay tantos detalles que sólo sabía Keyes… y él se los llevó a la tumba”.