Maqueta de una bomba Mark-39. Foto: Mark Mauno/Flickr

Si Goldsboro sigue existiendo hoy es por pura suerte. En 1961, este pequeño pueblo de Carolina del Norte estuvo a punto de ser borrado del mapa por una explosión termonuclear 250 veces superior a la de Hiroshima. Solo un cable roto evitó una catástrofe que hubiera llegado hasta Nueva York.

De todos los accidentes con armas atómicas de Estados Unidos, el de Goldsboro está considerado uno de los más graves por las características de las bombas y el lugar en el que ocurrió. Sucedía en enero de 1961. Un bombardero B-52G Stratofortress realizaba maniobras sobre Carolina del Norte con dos bombas termonucleares activas en su bodega. Semejante situación sería inimaginable hoy, pero en aquel momento la delicada situación política de la guerra fría hacía temer un ataque de la Unión Soviética, así que Estados Unidos mantenía bombarderos como este en al aire por si tenían que devolver el golpe a los rusos.

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El golpe estuvo a punto de caer sobre su propio territorio por culpa de un desafortunado accidente. Cuando trataba de aterrizar en la base aérea Seymour Johnson, a solo 600 metros de altura, una fuga de combustible destrozó la cola del B-52G y lo hizo girar fuera de control. La bodega de carga se abrió y las bombas Mark-39, de 3,8 megatones cada una, salieron despedidas.

La bomba que quedó sujeta al árbol. Foto: USAF / Wikipedia

Una bomba nuclear colgando de un árbol

El avión terminó estrellándose contra una plantación de tabaco. Cinco de sus ocho tripulantes saltaron a tiempo y se pusieron a salvo con ayuda de paracaídas. Los otros tres fallecieron en el accidente. En cuanto a las bombas, llevaban un sistema de seguridad para descender de manera controlada en caso de salir despedidas, pero solo se activo el de una. El artefacto, de 3,6 metros de largo y casi 3.000 kilos terminó reposando en vertical junto a un árbol, con el paracaídas enganchado en las ramas.

Suena a final feliz, pero lo fue por un margen muy pequeño. Al desprenderse del avión, el choque activó seis de las siete fases del detonador de la bomba. En un informe recientemente desclasificado por el gobierno de Estados Unidos, el Secretario de Defensa Robert McNamara explicaba que la bomba no llegó a activarse literalmente “porque dos cables no pudieron hacer contacto” en la última fase del detonador. Según el informe, alguno de los impactos que recibió el artefacto separó los cables y evitó una chispa que hubiera provocado un desastre histórico.

Foto: Nukemap

Si el cable no se hubiera roto, Goldsboro hubiera desaparecido en una bola de fuego nuclear que hubiera incinerado todo en un radio de alrededor de 14 kilómetros. La peor parte, sin embargo, es que la nube radioactiva de la explosión hubiera llegado mucho más lejos. En el simulador de Nukemap se puede ver el rastro de contaminación que hubiera dejado. Dependiendo de la dirección y fuerza del viento, la contaminación radioactiva habría llegado hasta Washington, Baltimore, Philadelphia y hasta Nueva York.

Soldados estadounidenses desnterrando restos de una de las bombas. Foto: USAF / Wikipedia

El núcleo perdido que aún está allí

La bomba gemela de la del árbol tuvo peor suerte. El paracaídas que llevaba no se abrió y terminó impactando sobre una zona pantanosa y partiéndose en pedazos. Los militares tardaron semanas en desenterrar todas las piezas del terreno fangoso. Todas menos una.

La Mark-39 era una bomba termonuclear o bomba de hidrógeno de diseño Teller-Ulam. En otras palabras, tenía dos núcleos de material radioactivo. La hipótesis principal es que uno de estos núcleos quedó enterrado a una profundidad de unos 60 metros. El terreno donde cayó era tan pantanoso que los esfuerzos por recuperarlo fueron en vano. Después de valorar la situación, los especialistas en armas radioaactivas del ejército decidieron abandonar la búsqueda.

Foto: Wikipedia

La decisión no es tan descabellada. El especialista en armamento nuclear y defensa estratégica Michael O’Hanlon explica que los materiales de ese núcleo no son suficientes como para que alguien piense en robarlos para fabricar una bomba, y además hacerlo precisaría de una notable infraestructura solo para cavar el pozo.

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En cuanto a la radiación, la mayor parte del núcleo es Uranio-238, cuyos niveles de radioactividad son muy bajos. El resto es Uranio-235, radioactivo, sí, pero no tan peligroso como otros isótopos a menos que alguien los someta a fisión mediante un artefacto nuclear. A día de hoy, el lugar en el que la bomba se estrelló es un campo de cultivo. Tan solo una placa conmemorativa en el centro del pueblo recuerda lo cerca que estuvieron del apocalipsis. [vía Science Alert]