Trozos de ambar sin pulir. El fósforo blanco tiene el mismo aspecto. Foto: Wikipedia

Caminar por las orillas del Río Elba, cerca de Hamburgo, se convirtió en una experiencia inolvidable para una turista después de que recogiera un pequeño fragmento de lo que pensó que era ámbar. Minutos después de guardar la piedra en el bolsillo, esta estallo en llamas.

Por fortuna, la mujer no resultó herida en el incidente. Otras personas que paseaban por la misma zona la alertaron de que salía humo del bolsillo de su chaqueta y pudo deshacerse de la prenda antes de que el fuego se extendiera.

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Lo que la mujer recogió de la orilla del río no era ámbar, sino fósforo blanco, un explosivo incendiario ampliamente utilizado en los bombardeos sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial. El fósforo blanco de aquella época que no llegó a arder tiene el aspecto de pequeñas piedras de color amarillento que pueden ser fácilmente confundidas con ámbar.

Las orillas del río Elba a su paso por Hamburgo. Foto: BUND Hamburg / Flickr

Mientras permanezca húmedo el fósforo blanco no es peligroso, pero al secarse arde espontáneamente en contacto con el aire. Una vez entra en ignición, alcanza una temperatura de 1.300 grados Celsius y ya no se puede apagar ni con agua. En el campo de batalla, los explosivos que usan metralla de fósforo blanco causan unas quemaduras horripilantes. Aunque no es una sustancia prohibida de forma explícita, su carácter tóxico y la crueldad de su uso bélico hacen que muchos países pidan clasificarla como arma química.

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Entre 1940 y 1945, las fuerzas aliadas dejaron caer un millón de toneladas de bombas sobre suelo alemán. Cada año se desactivan decenas de estos artefactos que nunca llegaron a explotar. El incidente más grave registrado tuvo lugar en 2016, cuando una bomba intacta de 1,8 toneladas obligó a evacuar a 54.000 personas de la ciudad de Ausburgo en pleno día de Navidad. [vía Telegraph]