Foto: ESA

La basura espacial no es ninguna broma, y se está convirtiendo en un problema cada vez más frecuente. A principios de este año, la ISS amaneció con una de sus ventanas astilladas. El pasado 23 de agosto, uno de los satélites de la Agencia Espacial Europea casi acaba fuera de su órbita por culpa de una partícula de menos de 5 mm.

El satélite es uno de los Sentinel que la ESA gestiona como parte del programa Copernicus. En concreto se trata del Sentinel 1-A, un dispositivo que se lanzó en 2014 y que orbita sobre los polos a 700 km de altura. El satélite está equipado con radares terrestres que recogen datos del clima o del movimiento de las placas de hielo sobre el océano.

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Ilustración del Sentinel 1-A. Vía: ESA

Gracias a las cámaras que el propio satélite lleva para monitorizar el despliegue de sus paneles solares, la Agencia Espacial Europea ha podido determinar que la partícula golpeó sobre uno de estos paneles, causando una muesca de 40cm de diámetro. El impacto modificó la órbita y la orientación del satélite, y produjo un bajón en el suministro eléctrico que fue lo que alertó a los científicos de la ESA. Afortunadamente, el dispositivo cuenta con mecanismos de compensación para estas eventualidades y actualmente opera con normalidad.

¿Cómo es posible que una partícula de menos de 5 milímetros sea capaz de mover un satélite de ese tamaño? La respuesta es la velocidad. En esa órbita, los técnicos calculan que la partícula se movía a una velocidad de unos 38.000 Km/h. Los incidentes con este tipo de partículas no son nuevos porque sencillamente no se pueden rastrear. Las agencias espaciales solo mantienen un seguimiento de los fragmentos de basura espacial superiores a 5cm. [ESA vía Popular Science]

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