Como seres humanos hay pocas sensaciones más extrañas que las cosquillas. ¿Por qué nos reímos cuando alguien nos las produce pero nunca cuando tú mismo lo intentas? ¿cómo puede ser que algunos las disfruten, incluso en el sexo, y otros las odien? O quizá la gran pregunta, ¿podemos morir torturados?

Aunque primero habría que explicar qué son las cosquillas, un fenómeno que no es tan fácil de describir si nos fijamos en los diferentes estudios científicos que han tratado de descifrar de dónde provienen y por qué están aquí con nosotros. Si acudimos a la RAE su definición explica que se trata de una “excitación nerviosa acompañada de risa involuntaria, que se experimenta en algunas partes del cuerpo cuando son tocadas ligeramente”. Quizás sea una definición demasiado simplista para una experiencia o acto que de por sí, es difícil de explicar.

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Debemos suponer que las cosquillas han estado ahí desde siempre, pero los primeros registros que se tienen sobre su estudio aparecen en 1897 a través de los psicólogos Stanley Hall y Arthur Allin, quienes describieron esa sensación en el cuerpo humano en su trabajo The psychology of tickling, laughing and the cómic.

¿Qué son las cosquillas?

“Tickling the Baby” by Fritz Zuber-Buhler. Wikimedia Commons

Los estudios sobre la “fisionomía” del cosquilleo hablan de una sensación en términos de cualidades, una estimulación suave que se mueve a través de la piel. Con ella podemos sonreír, reír, sufrir espasmos o tener lo que llamamos comúnmente “piel de gallina”. Hall y Allin dividieron las cosquillas en dos tipos diferenciados por sensaciones.

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Por un lado la knismesis o cosquillas ligeras. Son las del tipo producidas por una pluma, por tanto no suelen inducir a la risa, más bien a una sensación de picor. Requieren de niveles reducidos de estimulación de las partes sensibles del cuerpo y pueden ser desencadenadas por un ligero roce.

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Por el otro lado están las gargalesis o cosquillas más enérgicas. Se trata de aquellas que inducen risa, más placenteras y que generalmente se producen debido a la repetida aplicación de presión en zonas sensibles del cuerpo. A diferencia de las knismesis, se cree que las gargalesis son una respuesta observada únicamente en seres humanos y primates.

Las cosquillas en la sociedad

François Boucher - Le sommeil interrompu. Wikimedia Commons

Darwin teorizó sobre el vínculo que existía entre las cosquillas y las relaciones sociales argumentando que el cosquilleo provoca la risa a través de la anticipación del placer. En cambio si un extraño hace cosquillas a un niño sin preliminares y por sorpresa, es muy probable que el niño reacciones sin risa, descontento y tratando de huir.

Darwin también anotó una teoría sobre una de las reacciones más perturbadoras de las cosquillas: la imposibilidad de autogenerarlas uno mismo. Y es que según el hombre, para que sean efectivas no se debe conocer por adelantado el punto exacto de la estimulación.

Los estudios psicológicos posteriores definen a las cosquillas tempranas -cuando uno es un bebé- como una actividad de unión integral entre padres e hijos. El cosquilleo establece a una edad temprana el placer asociado con ser tocado por un padre.

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Otra relación social que se hace de las cosquillas es la que se forma entre hermanos de edades similares. El uso de las cosquillas es una alternativa a la violencia cuando intentan castigarse o intimidarse unos a otros. De ahí que desde edades tempranas se pueda asociar como una pequeña tortura entre hermanos.

De lo que no hay ninguna duda en todos los estudios es de que las cosquillas funcionan como juego social que implica intimidad o interacción cognitiva, por tanto y para que funcionen mejor las partes involucradas deben sentirse cómodas en la situación. Muchos creen que todas las personas disfrutan con las cosquillas. Un error, ya que como veremos, pueden ser sinónimo de tortura, vergüenza e incluso ansiedad.

¿Por qué no puedo hacerme cosquillas?

Der kleine Liebling. Wikimedia Commons

Platón, Francis Bacon, Aristóteles, Galileo, Darwin… muchos de los grandes pensadores de la historia han meditado sobre los misterios a las respuestas de las cosquillas. Una hipótesis, como decíamos antes, es que el cosquilleo sirve como una experiencia de unión agradable entre padre e hijo, lo que ocurre es que esto no explica por qué para otros es una experiencia desagradable.

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Otra hipótesis sugiere que las cosquillas promueven el desarrollo de las habilidades de combate y defensa (primero de padres a hijos, luego entre hermanos, luego entre amigos… ), aunque sigue existiendo gente que las repele toda la vida. También se desconoce por qué ciertas personas encuentran áreas del cuerpo con más cosquillas que otras.

Así llegamos ante uno de los grandes misterios de este fenómeno: las auto-cosquillas, ¿verdad o mito? Desgraciadamente, la respuesta sigue siendo desconocida. Sin embargo las investigaciones han demostrado que el cerebro humano se entrena para saber qué sentir cuando una persona se mueve o realiza cualquier acción. La incapacidad humana de ser consciente de muchas sensaciones de los movimientos o acciones se considera otra razón de nuestra incapacidad para generarnos cosquillas.

Si tratamos de hacernos cosquillas nuestro cerebro prevé este contacto de nuestro cuerpo con la mano y se prepara para ello. Esto elimina la sensación de malestar rápido, por lo que el cuerpo no reaccionará a las cosquillas como lo haría si alguien nos las estuviera haciendo.

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Uno de los últimos estudios acerca de la imposibilidad de hacernos cosquillas fue el realizado por el Instituto de Neurología del University College de Londres. Los investigadores estudiaron a través de un escáner el cerebro de 16 apersonas mientras trataban de hacerse cosquillas a sí mismas con las manos. Luego repitieron el experimento haciendo que otros les hicieran cosquillas.

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El resultado fue que las áreas que responden al tacto y al placer se activaron mucho menos cuando se las hacía uno mismo, por lo que se concluyó que la estimulación táctil autogenerada se atenúa debido a que el sistema sensorial interno predice las sensaciones que van a producirnos nuestros movimientos en el mismo momento en que el sistema motor da la orden de ejecutarlos. Dicho de otra forma, sin sorpresa, no había cosquillas.

Así llegamos al último apartado y más perturbador de los efectos de las cosquillas.

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El fenómeno como medio de tortura y abuso físico.

La tortura china

Adolphe Willette of Pierrot tickling Columbine to death. Wikimedia Commons

Es muy posible que hayas escuchado alguna vez el término tortura china para referirse a las cosquillas. Y es que efectivamente se trata de una antigua forma de tortura practicada por los chinos, en particular en la época de la dinastía Han. La tortura china con cosquillas era por tanto un castigo para la nobleza, castigo que no dejaba marcas a una víctima y podía recuperarse con relativa facilidad y rapidez.

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Otro ejemplo de tortura de cosquillas fue el utilizado en la antigua Roma. En aquellas fechas se tomaban los pies de una persona para sumergirlos en una solución con sal. Luego se agarraba a dicha persona y se traía a una cabra para lamer la solución. Este tipo de tortura que comenzaba como un ligero cosquilleo llegaba a ser tremendamente doloroso pasado un tiempo.

Heinz Heger cuenta en el libro The Men With The Pink Triangle que los alemanes también hicieron uso de las cosquillas. El hombre estuvo encarcelado en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y fue testigo de cómo se las gastaban los guardias de priones nazi para torturar a muchos de sus compañeros de prisión. Heger lo describe así en el libro:

Lo primero que hacía el sargento de las SS y sus hombres era jugar a cosquillear a la víctima con plumas de ganso en la planta de los pies, entre las piernas o en las axilas, aunque a veces era simplemente en todo el cuerpo desnudo. Al principio al prisionero se le obligaba a guardar silencio absoluto mientras sus ojos temblaban del miedo y sufrimiento.

Entonces llegaba un momento en el que no se podía contener a sí mismo y, finalmente, estallaba con fuerza. Una risa descontrolada que pronto se convertía en un grito de dolor, mientras las lágrimas corrían por su rostro y su cuerpo se retorcía contra sus cadenas. Después de esta tortura con las cosquillas dejaban que se el torturado pudiera llorar de manera incontrolable.

Wikimedia Commons

En un artículo de British Medical Journal sobre las torturas europeas se describe un método de tortura de cosquillas similar al descrito en la antigua Roma con la cabra. Una vez que la cabra había lamido la sal los torturadores volvían a sumergir los pies en agua salada y el proceso se volvía a repetir una y otra vez.

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En el antiguo Japón, aquellos que disfrutaban de una posición privilegiada podían administrar castigos a los condenados por crímenes que estaban más allá del código penal. Esto se llamaba Shikei (algo así como “castigo privado”), y una de las torturas era la llamada Kusuguri-zeme, es decir, las “cosquillas sin piedad”.

En su libro Sibling Abuse, Vernon Wiehe publicó sus hallazgos en una investigación con respecto a los abusos y el maltrato de 150 personas durante su infancia. Muchos de estos maltratos físicos fueron a través de las cosquillas, lo que reveló finalmente que el abuso de las cosquillas puede llegar a provocar reacciones fisiológicas extremas en una víctima, desde vómitos hasta incontinencia o pérdida del conocimiento debido a la imposibilidad de respirar.

Lo cierto es que este fenómeno de las cosquillas es tan raro, que lo que para unos es una tortura, para otros puede llegar a ser motivo de placer o excitación. De hecho, el término tortura de cosquillas también se aplica para llevar a cabo juegos y actos sexuales, claro que aquí estamos en un terreno de cosquillas consensuales.

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Se llama Knismolagnia, aunque eso ya es otra historia.