Imagen: Wikimedia Commons

Hace unas semanas se cumplían 97 años desde que Estados Unidos sufriera el primer gran atentado de su historia. Los hechos ocurridos hace un siglo siguen envueltos en una nebulosa. Todavía hoy nadie sabe quién estaba detrás de aquella matanza.

En la mañana del 16 de septiembre de 1920, nada hacía presagiar lo que estaba a punto de pasar. Cuando a las 12 sonó la campana de la iglesia cercana, una gran multitud de brokers, oficinistas y trabajadores salieron al unísono de los edificios que cubrían la calle de Wall Street.

Advertisement

5TH AVENUE en 1920. AP

La calle se convirtió en un río de coches y peatones que corrían de un lado para otro mientras los empleados del distrito financiero se preparaban para aprovechar al máximo su descanso del mediodía.

Viajando de frente a la muchedumbre, un caballo y un conductor se acercaban a lo largo de Wall Street. No era una imagen usual, quienes lo recuerdan describen el carruaje como “extraño” e indescriptible. De repente, el carro se detuvo justo en la esquina del New York Stock Exchange (NYSE), al otro lado de la calle del imponente edificio JP Morgan & Co. Bank.

Advertisement

Times Square en 1920. AP

De repente, el conductor del carro actúa de forma totalmente inesperada. Lanzó las riendas a un lado, saltó y huyó perdiéndose en las calles. A medida que los trabajadores pasaban junto al transporte de madera estacionado junto al caballo, un temporizador dentro del compartimento de carga contaba silenciosamente sus últimos segundos.

Ocurrió un jueves, cuando el estado de ánimo de la gente estaba por todo lo alto. El sol brillaba y los expertos recuerdan que el mercado bursátil subía como la espuma. También eran fechas de celebración. Al día siguiente se esperaban las fiestas para conmemorar el 133 aniversario de la adopción de la Constitución de los Estados Unidos.

Advertisement

Atentado de 1920. Wikimedia Commons

Dio igual. Todo, junto con los sueños de los que pasaban junto al carro, se dinamitó en unos pocos segundos, el tiempo que tardaron en accionarse la bomba un minuto después de dar las doce. Hoy sabemos que la tremenda detonación estaba constituida por 45 kilos de dinamita que llevaba adherida otros 250 kilos de balas de hierro fundido, metralla que vomitó con violencia y causó el caos y destrucción sobre toda estructura o cuerpo que atravesó.

Fue tan bestia, que algunas personas fueron vaporizadas por el calor y la presión extremas. La explosión lanzó un coche cercano por los aires mientras miles de fragmentos de hierro desgarraban a la multitud. Las estructuras más cercanas temblaron cuando la onda de choque se estrelló contra sus paredes exteriores con una fuerza inusitada, rompiendo ventanas y convirtiendo los vestíbulos en tormentas de granizo de vidrio.

Advertisement

Atentado de 1920. Wikimedia Commons

Muchos de los toldos de tela que daban a la calle estallaron en llamas. Dentro de un radio de medio kilómetro, las ventanas de los rascacielos habían creado una peligrosa lluvia de cristales, salpicando las calles del bajo Manhattan con fragmentos de cristal afilados.

En un abrir y cerrar de ojos, aquel jueves cálido y soleado se había convertido en la primera matanza terrorista de la ciudad que nunca duerme. Cuerpos mutilados y medio desnudos, otros parcialmente quemados, algunos realizando aspavientos e intentando levantarse para luego caer sobre el cemento con fuerza.

Advertisement

Atentado de 1920. Library NY

Curioso, la bolsa de valores se estremeció cuando sus ventanales se abrieron hacia el interior, sin embargo, la mayoría de los trabajadores se salvaron debido a las cortinas de seda enormes, las cuales desviaron gran parte del vidrio. Unos segundos después, el presidente de la bolsa se levantó entre la humareda y la nube amarilla que cubría el escenario e hizo sonar la campana: se detenía el mercado hasta nuevo aviso.

Fuera, el caos era tremendo. Los que oyeron la explosión en los bloques cercanos se precipitaron a la zona para ver lo que había sucedido, pisoteando los cadáveres de los muertos y heridos entre la niebla existente.

Advertisement

El aire estaba saturado de humo, en la calle estaban esparcidos los restos de coches, edificios y seres humanos mientras los ecos de la explosión se desvanecían lentamente. Como recogió un periodista de la época: “recuerdo la barbarie, un chico pedía auxilio sin sus piernas, un bróker caminaba desorientado después de perder los ojos o la cabeza de una mujer con sombrero rodando por el suelo”.

Saldo e investigación de la masacre

Retrato del hombre que dejó el carro. Getty

Advertisement

Se calculó que 30 personas murieron al instante y otras 10 murieron a causa de las heridas. Se registraron unos 400 heridos entre hombres, mujeres y niños. Mientras muchos se recuperaban tras la detonación, las cosas pudieron ser mucho peor. Se rumoreó que una bomba estaba a punto de estallar muy cerca, aunque luego resultó ser falsa.

Las noticias de la catástrofe se propagaron rápidamente y en 30 minutos la calle estaba llena de cientos de policías y personal médico. Los bomberos despejaron previamente el camino para las ambulancias y alinearon a la multitud de cadáveres a lo largo de la acera. Mientras tanto, varios oficiales armados vigilaban una zona donde un solo banco almacenaba casi 1.000 millones de dólares en barras de oro.

Metralla encontrada. Getty

Advertisement

Luego llegó el FBI y comenzó la investigación. Del caballo y el carro no quedó prácticamente nada, aunque los agentes encontraron suficientes fragmentos para reunir algunos detalles. Las primeras pesquisas llevaron a la policía al herrero que había calzado el caballo.

El hombre recordó al cliente, y lo describió como un tipo con acento siciliano de unos 25-30 años. Además, las metrallas de hierro fundido fueron identificadas como un tipo de hierro que se usaba en la construcción de ventanas, pero la policía no pudo determinar la fuente exacta a pesar de visitar a cientos de fabricantes y distribuidores.

Atentado de 1920. Wikimedia Commons

Advertisement

La policía de Nueva York también recolectó fragmentos de radios de rueda de carros, correas de cuero, trozos de lona y un elemento del supuesto carro original. Por último, logró reunir una serie de pistas y detalles del atentado con la ayuda de veterinarios y constructores de carros.

Los primeros días de la investigación apuntaron a una misma dirección. Sospecharon que el bombardeo fue obra de anarquistas italianos seguidores del militante anarquista de ideas ilegalistas, Luigi Galleani. Se trataba de un grupo de radicales que había utilizado con anterioridad explosivos más pequeños para llamar la atención sobre su causa.

Atentado de 1920. Wikimedia Commons

Advertisement

Además, un par de anarquistas también habían sido acusados ​​cinco días antes por robo a un banco y asesinato. Todas estas sospechas se vieron reforzadas tras encontrar un montón de folletos en un buzón cerca del sitio de la explosión. Las misivas estaban firmadas por la American Anarchist Fighters y se pedía la liberación de presos políticos anarquistas.

Lo cierto es que, aunque la teoría anarquista jamás pudo ser probada, las incursiones antirradicales del gobierno se intensificaron como consecuencia del atentado. Fue una época negra para el país, donde muchos inmigrantes fueron atacados violentamente, especialmente los italianos, rusos y judíos.

Atentado de 1920. Library NY

Advertisement

Miles de ciudadanos fueron detenidos en nombre de la seguridad nacional, aunque claramente la mayoría de ellos no tenía nada que ver con la trama de terror de Wall Street. En última instancia, esta justicia sin sentido tuvo su apogeo con la deportación de más de 10.000 “radicales”.

Existía otra línea de investigación. Se sospechaba de un tipo que se llamaba Edwin Fischer, un antiguo jugador de tenis que aparentemente había predicho el ataque con una precisión asombrosa. Fischer había advertido a sus amigos de un atentado inminente con bomba en Wall Street. No sólo eso, les había enviado tarjetas postales donde venía a alertarles para que abandonaran la zona antes del 16 de septiembre.

Atentado de 1920. Wikimedia Commons

Advertisement

Sin embargo, cuando fue interrogado por la policía se encontraron con un tipo que afirmaba haber recibido los mensajes “a través del aire”, un personaje que decía ser el sparring de un campeón mundial de boxeo (de peso pesado), y un tipo que iba vestido con dos trajes de chaqueta, uno encima del otro, y debajo de ambos un equipaje de tenista, listo para salir a la pista de Wimbledon.

El FBI decidió que las advertencias de Fischer no eran tan intrigantes como creían, sobre todo cuando tras el interrogatorio, se enteraron de que el tipo llevaba años hablando de bombas en Wall Street en todo tipo de fechas. Por cierto, Fischer acabó internado en un manicomio.

Wall Street en la actualidad. Wikimedia Commons

Advertisement

Fueron pasando los días, luego las semanas, los meses, y la investigación parecía encontrarse en un callejón sin salida. Mientras, Wall Street se convertía en un símbolo de patriotismo a los ojos del país, y el mercado de valores se convirtió en una especie un acto de desafío contra los terroristas.

Antes del ataque, muchos ciudadanos habían criticado el crecimiento sin control del poder en Wall Street, pero muchas de esas voces quedaron silenciadas a la luz del nuevo sentimiento de los ciudadanos. No había debate posible, y si alguien alzaba la voz, era tildado de antipatriota y terrorista.

Llegados a 1940, la policía y el FBI cerraron el caso definitivamente. Fue un rotundo fracaso, el primer gran atentado en la mismísima Wall Street se saldaba con cientos de heridos y muertes y ningún sospechoso. Han pasado 97 años, y el ataque terrorista más mortífero de Nueva York tras el 11S sigue siendo un absoluto misterio. [Wikipedia, Securing the City: Inside America’s Best Counterterror Force, History]

Advertisement