Aunque varía bastante por países y es una media que oscila dependiendo del año, se calcula que la probabilidad de que un rayo impacte sobre alguien es de 1 entre 3 millones. Por eso la historia de Roy Sullivan es asombrosa. El hombre recibió el impacto de un rayo... en siete ocasiones. Roy vivió para contarlo.

Así que antes de hablar de este hombre récord y las causas para que el Libro Guiness guarde sus registros, vayamos antes con una pequeña clase sobre el maravilloso, escalofriante e impactante mundo de los rayos en la Tierra. Esa poderosa descarga natural de electricidad estática que tanto tememos cuando se produce una tormenta, aunque ciertamente, parece bastante improbable que nos alcance.

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Cada año se registran una media de más de 15 millones de tormentas con rayos en el planeta. Y en promedio, un rayo mide aproximadamente 1.500 metros (siendo el más grande registrado de 190 km de longitud en Texas) pudiendo alcanzar una velocidad de 100 a 1.400 km/s. En cuanto a su potencia, es capaz de generar descargas eléctricas de hasta mil millones de voltios, quizá por ello, el hombre siempre ha temido esta poderosa fuerza de la naturaleza.

Pero lo curioso de los rayos es que, incluso si te alcanza, el hombre no muere, o al menos, no tiene por qué. Esta es la razón de que la estadística promedio en todo el planeta sea de 1 entre 3 millones. Dicha estadística no indica el número de muertes, indica el número de impactos en el cuerpo humano. Veámoslo de otro modo para entenderlo. Se calcula que cada año los rayos alcanzan la Tierra 20 millones de veces. Y de los desgraciados impactos que recibe el ser humano, el 90% de las víctimas sobreviven al evento. Ahí está la clave.

Si tenemos la mala suerte de que un rayo nos impacte los daños producidos por el mismo son el resultado de tres factores: el calor intenso, el daño eléctrico y la energía mecánica que los anteriores generan. Y es que en menos de un segundo un rayo eléctrico puede alcanzar temperaturas cercanas a los 28 mil grados centígrados, es decir, aproximadamente cinco veces la temperatura en la superficie solar. En el caso del rayo caliente (un rayo de alta corriente) cuya duración sea mayor de 1 segundo, sería capaz de absorber tal energía como para derretir o incluso carbonizar objetos de gran tamaño. Por tanto, el intenso calor que genera un rayo puede quemar tejidos y causar graves daños pulmonares.

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En cuanto a la electricidad, al contrario de lo que se suele pensar, si la resistencia eléctrica en la piel de un individuo es lo suficientemente alta, el impacto directo causa que gran parte de la corriente destelle alrededor de su piel o de su ropa y se dirija hacia la tierra. En este caso los resultados son sorprendentemente benignos.

En el hipotético caso de que un rayo nos alcance nos puede hacer daño de tres formas. O bien por un impacto directo, o bien por salpicaduras de otros objetos en los que impacta el rayo o finalmente por el golpeo del rayo en el suelo cercano a la víctima, lo que causa una diferencia de potencial en el suelo que equivale a miles de voltios por pie (aunque siempre depende del tipo de suelo).

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Con estas cifras en la mano y entendiendo el impacto de un rayo sobre el cuerpo humano como un evento improbable, un solo hombre se iba a encargar de tirar por tierra todas las estadísticas y cifras sobre esta fuerza de la naturaleza. Un tipo al que para su desgracia, aparentemente se había convertido en un conductor natural de electricidad. Un tipo normal llamado Roy Sullivan.

Roy relámpago Sullivan

Roy Sullivan. Guiness

Sullivan nació en el Condado de Greene (Virginia) el 7 de febrero de 1912. Cuando tenía 24 años (1936) comenzó a trabajar como guardabosques en el Parque Nacional Shenandoah de Virginia. Una decisión que como veremos, le acabaría marcando (y de qué manera) de por vida. Un tipo afable, alegre, simpático, risueño y de lo más normal al que la madre naturaleza le tenía guardado un lugar muy especial en los libros de historia y estadísticas.

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La vida tranquila de este tipo al que todos tenían un gran aprecio cambiaría en el mes de abril de 1942. Tras seis años como guardabosques y sin ningún hecho remarcable hasta entonces, un día de ese mes se inicia una terrible tormenta mientras nuestro hombre estaba patrullando. Sullivan decide resguardarse y buscar refugio en una de las torres de vigilancia contra incendios que recientemente habían construido en el parque.

Desafortunadamente, la torre en cuestión a la que acudió todavía no había sido equipada con pararrayos, razón por la que aquel espacio se convirtió en muy poco tiempo en un objetivo de la más atractivo para los relámpagos. Roy contaría que con cada furiosa descarga las chispas y el fuego comenzaron a volar alrededor de su cuerpo. No tardó mucho en darse cuenta que aquel no era el mejor lugar para resguardarse.

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Sin embargo, en su intento de huida hacia un refugio más seguro y tras unos pocos pasos fuera de la torre, el hombre recuerda un sonido ensordecedor y una luz brillante que le cegó completamente. Cuando Roy recuperó la conciencia se encontró una larga línea de quemaduras que corrían por toda su pierna derecha junto a un agujero humeante en el zapato del que brotaba sangre por la suela. El rayo le había alcanzado el dedo gordo del pie derecho.

Mapa mundial que muestra la frecuencia de impactos. Wikimedia Commons

Pasados unos meses nuestro hombre se pudo recuperar y volvió a trabajar con normalidad. El evento pasó a formar parte de su vida como una experiencia a la que sin duda esperaba no volver a enfrentarse.

Pero la vida tranquila de este tipo al que todos tenían un gran aprecio volvía a cambiar en julio de 1969, 27 años después de su primer encuentro con aquella tormenta. Ese día Roy, todavía afable, alegre y risueño, ya había olvidado el evento del pasado. El hombre conducía su camioneta en el parque por un paso de montaña con la ventana abierta cuando de repente escucha un ruido ensordecedor muy familiar. Se trataba de un rayo que golpeaba con furia sobre dos árboles a un lado de la carretera. Un rayo que desgraciadamente acabó desviándose y entrando por la ventana del vehículo golpeando a nuestro hombre.

Cuando Roy se despertó unos minutos más tarde en el interior de la camioneta parecía aparentemente normal a excepción de sus cejas, pestañas y parte de su cabello, todos ellos con signos de quemaduras. Pero Roy siempre podrá considerar ese día como un día de suerte. Durante el tiempo que había estado inconsciente el vehículo había continuado su paso y se había detenido al borde de un acantilado.

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Un año más tarde, en julio de 1970, la vida todavía tranquila de este tipo al que todos tenían un gran aprecio volvía a sufrir un nuevo revés. Ese día Roy, con menos pelo y cejas, pero todavía afable, alegre y risueño, se encontraba sólo en su casa. Llegados a este punto en su vida, donde las posibilidades y las estadísticas estaban para romperlas, pensaría que su hogar debía ser de los pocos espacios donde estaba fuera de peligro.

Tormenta en el desierto de Mojave. Wikimedia Commons

Sin embargo Roy, quién se encontraba de pie cerca del borde de su jardín, volvía a recibir la visita de la madre naturaleza. Un rayo golpeaba el transformador de electricidad cercano a su casa, lo que produce que el rayo se desvíe e impacte en las costuras de nuestro hombre. Una descarga directa al hombro que le lanzó varios metros y le quemó la piel, aunque una vez más sin resultados fatales para este conductor natural de electricidad con piernas.

Pero sin duda, la vida (algo más intranquila) de este tipo al que todos tenían un gran aprecio, volvía a recibir con sorpresa la llegada de un nuevo rayo dos años después del último evento, en abril de 1972. El tipo afable, alegre y cada vez menos risueño se encontraba en el parque cuando comienza una lluvia suave. Tras las primeras gotas comienza a caer una intensa lluvia acompañada de los primeros sonidos tan familiares en el discurrir de la vida de Roy. De repente, un trueno irrumpe en el área donde se encontraba nuestro hombre dejándolo momentáneamente ensordecido. Cuando el zumbido de sus oídos se calma comienza a escuchar un extraño sonido, algo se estaba quemando. Resultó ser su cabello, una vez más ardiendo. El hombre corrió hasta una habitación del parque y apagó las llamas. Para entonces la mayor parte de su fino cabello blanco ya se había quemado.

Tras el cuarto episodio Roy recibió la llamada de los medios de comunicación locales. El hombre contó que jamás fue un tipo temeroso a un reportero que estaba escribiendo sobre sus experiencias con los relámpagos. Aunque también explicó que, “para ser honesto, cuando ahora escucho un trueno o un relámpago siento un poco de miedo”.

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En dicha entrevista se remangó las mangas de la camisa y los pantalones para revelar las largas y onduladas cicatrices que tenía en sus brazos y piernas. Cuatro eventos que, aunque aún no suponían un récord mundial, estaba cerca de lograr tan especial galardón. Fue una época, a partir del cuarto evento, en el que el propio Roy comenzó a parecerse a una sombra del hombre que era antes de su encuentro con la madre naturaleza. A menudo decía que estaba perdiendo amistades por culpa de los rayos, quienes lo evitaban por miedo a ser alcanzados por uno. Claro que Roy luego se convencía de lo estúpido que sonaba eso, ¿qué probabilidades habría de que un rayo le volviera a alcanzar?

Ocurre que la vida del tipo al que todos tenían un gran aprecio (quizá ahora un poco menos), el tipo cada vez menos afable, apesadumbrado y nada risueño, le tenía preparada una nueva sorpresa. Ocurrió en agosto de 1973, un año después del último encuentro. Mientras patrullaba en el Parque Nacional de Shenandoah comienza a arreciar una fuerte tormenta. Si eres un tipo normal, cuando vez venir una tormenta de este calibre huyes a toda prisa. Si eres Roy Sullivan sólo te queda aguardar al encuentro y rezar todo lo que sepas.

Rayo de nube a tierra. Wikimedia Commons

Roy se alejó con la camioneta todo lo que pudo, pero como el mismo describiría, la tormenta parecía estar siguiéndole. Cuando creyó haber esquivado al destino y estar a salvo, el hombre salió del vehículo. Lo que ocurrió después se lo pueden imaginar, aunque una vez más, sin heridas graves.

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En junio de 1976, tres años después del último evento, Roy Sullivan ya era un tipo diferente. Maldecía el día que había nacido y a menudo se le podía ver solo. Nadie quería estar cerca de él a excepción de su esposa. Ese año llegó una vez más una tempestad, y de nuevo trató de huir. Desgraciadamente, Roy fue golpeado por sexta vez. Aparte de las quemaduras superficiales ya típicas en su cuerpo, no tenía mucho más que decir. Aunque en su fuero interno es posible que albergara una esperanza. Si tenía que morir, que fuera tras el encuentro con el séptimo rayo, un evento que lo situaría en el libro de los récords.

Un año después, el 25 de junio de 1977, Roy estaba pescando solo, de pie en un lago poco profundo. Dos minutos después un rayo había vuelto a impactar sobre su cuerpo, esta vez en la parte superior de su cabeza, lo que derivó en quemaduras en el poco cabello que le quedaba y en el torso. El hombre se tiró al lago y acudió hasta su coche con la mala suerte de encontrarse con un oso negro en el camino de regreso.

Afortunadamente quedaría en una anécdota. Roy Sullivan había sobrevivido a siete rayos verificables (y un oso negro), todos documentados por el superintendente del Parque Nacional Shenandoah, R. Taylor Hoskins, lo suficiente para que el libro Guiness de los récords lo reconociera oficialmente como la persona que más veces ha sido alcanzada por rayos, un registro que a día de hoy sigue siendo vigente.

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Desgraciadamente para entonces, la vida tranquila de este tipo al que todos tenían un gran aprecio en el pasado, ya no era tal; el tipo afable, alegre, simpático, risueño y de lo más normal, había sucumbido a la fatalidad que lo convirtió en un conductor natural de electricidad.

Quizá por ello, Roy Sullivan no murió por el impacto de un rayo. La mañana del 28 de septiembre de 1983 Sullivan ponía fin a su vida de un disparo con 71 años. Tal vez cansado de esperar un nuevo y fatal evento.