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La idea de un botón capaz de detener una IA desbocada parece sencilla, pero en la práctica depende de cuánto control tenga el sistema sobre otros programas, máquinas y servicios. Cuanto más autónoma y distribuida sea, más difícil resulta frenarla sin provocar daños colaterales.
Mientras los líderes mundiales se reúnen en Nueva York, la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los grandes temas de la semana. Gates quiere extender sus beneficios a los países más pobres y Altman llevará sus riesgos al Consejo de Seguridad.
Una embarcación encontró flotando frente a Florida un LUCAS estadounidense, un dron derivado de una copia del iraní Shahed-136. Había caído dos días antes durante unas pruebas de la Fuerza Aérea cerca de la base de Eglin.
El creador de contenido Frankie LaPenna se enfrentó en San Francisco a un robot humanoide EngineAI T800. La máquina podía caminar, mantener el equilibrio y lanzar golpes, aunque sus movimientos estaban controlados a distancia por una persona.
El U-864 se hundió frente a Noruega en 1945 con una carga que pudo alcanzar las 67 toneladas de mercurio. Ahora las autoridades deben decidir entre recuperar parte del metal o sellar para siempre el pecio contaminado.
Los últimos avances en inteligencia artificial están ampliando rápidamente lo que estos sistemas pueden hacer. Al mismo tiempo, vuelve a crecer una pregunta fundamental: cómo garantizar que modelos cada vez más capaces actúen de acuerdo con los objetivos y límites establecidos por los seres humanos.