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China convirtió el borde de un “vacío biológico” en un cinturón verde. Uno de los mayores desiertos del planeta empieza a absorber más CO₂ del que emite

El Taklamakan, uno de los desiertos más secos del planeta, ha sido durante décadas un símbolo de degradación ambiental. Un nuevo estudio muestra que la reforestación masiva en su periferia ya está alterando su balance de carbono. La frontera del desierto funciona ahora como un sumidero que captura CO₂ de la atmósfera.

El Taklamakan ha sido descrito durante décadas como uno de los grandes “vacíos biológicos” del planeta. Un océano de dunas móviles, rodeado por montañas que bloquean la llegada de humedad, donde la vida vegetal apenas consigue abrirse paso. Ese paisaje extremo, sin embargo, está empezando a cambiar su papel en el sistema climático global. No porque el desierto haya dejado de ser árido, sino porque la intervención humana en sus márgenes está alterando el balance de carbono de toda la región.

Un estudio publicado en PNAS sugiere que la vegetación plantada por China alrededor del Taklamakan ya está absorbiendo más dióxido de carbono del que el desierto emite en conjunto. En términos climáticos, eso significa que la periferia del desierto empieza a comportarse como un sumidero de carbono. Es un resultado que, hasta hace poco, habría parecido improbable en uno de los entornos más hostiles para la vida vegetal del planeta.

Un desierto rodeado de verde

China convirtió el borde de un “vacío biológico” en un cinturón verde. El desierto del Taklamakan empieza a absorber más CO₂ del que emite
© Getty Images / CFOTO/Future Publishing.

El Taklamakan ocupa una extensión similar a la de estados enteros como Montana y está encerrado por cordilleras que actúan como un muro climático. Esa configuración geográfica lo convierte en uno de los desiertos más secos del mundo. Más del 95% de su superficie está cubierta por arenas móviles, lo que ha limitado históricamente la presencia de vegetación y ha favorecido procesos de desertificación en sus bordes.

Desde finales de los años setenta, China puso en marcha el programa conocido como la “Gran Muralla Verde”, un ambicioso proyecto de ingeniería ecológica destinado a frenar el avance de los desiertos del norte del país. El objetivo era crear cinturones de vegetación alrededor del Taklamakan y el Gobi mediante la plantación masiva de árboles y arbustos resistentes a la aridez. Décadas después, ese cinturón verde ya rodea completamente al Taklamakan.

De frenar dunas a capturar CO₂

La eficacia del proyecto para reducir tormentas de arena sigue siendo objeto de debate entre especialistas, cuenta Live Science. Sin embargo, el nuevo trabajo aporta una dimensión adicional al analizar el impacto de esa reforestación en el ciclo del carbono. Los investigadores combinaron observaciones de campo con datos satelitales sobre precipitación, cobertura vegetal, fotosíntesis y flujos de CO₂ en la región durante los últimos 25 años. También recurrieron a modelos globales de fuentes y sumideros de carbono para reforzar el análisis.

Los resultados muestran una tendencia clara: a medida que la vegetación se ha expandido en los bordes del desierto, la absorción de CO₂ ha aumentado. En la estación húmeda, aunque las lluvias siguen siendo escasas, el incremento relativo de precipitación favorece la fotosíntesis en los cinturones verdes. Esa actividad vegetal basta para inclinar el balance regional hacia una mayor captura de carbono que emisión.

Un sumidero frágil, pero real

Hasta ahora, algunos estudios sugerían que los desiertos podían actuar como sumideros de carbono porque la arena puede absorber CO₂ de la atmósfera. El problema es que ese mecanismo es inestable: el calentamiento del aire atrapado entre los granos de arena puede liberar de nuevo el gas. La vegetación, en cambio, fija el carbono en biomasa y en suelos, creando un almacenamiento más duradero, aunque no exento de riesgos si cambian las condiciones climáticas o de uso del suelo.

En el caso del Taklamakan, cuenta Live Science, el sumidero no está en el corazón del desierto, sino en su periferia. Es una frontera verde que cumple una doble función: estabiliza dunas y actúa como barrera contra la desertificación, al tiempo que contribuye a retirar CO₂ de la atmósfera. No convierte al desierto en un bosque, pero sí redefine el papel de sus márgenes en el equilibrio climático regional.

¿Un modelo exportable a otros desiertos?

China convirtió el borde de un “vacío biológico” en un cinturón verde. El desierto del Taklamakan empieza a absorber más CO₂ del que emite
© Getty Images / CFOTO/Future Publishing.

Los propios autores del estudio son cautos. El éxito del cinturón verde del Taklamakan depende de inversiones continuas, selección de especies adecuadas y disponibilidad mínima de agua. Replicar el modelo en otros desiertos del mundo no es tan simple como plantar árboles en cualquier duna. La hidrología local, el tipo de suelo y el contexto social son factores decisivos.

Aun así, el caso del Taklamakan introduce una idea poderosa: incluso los paisajes más extremos pueden cambiar su papel climático con intervenciones humanas sostenidas y a gran escala. No es una solución milagro al cambio climático, pero sí una pieza más en el mosaico de estrategias posibles para mitigar emisiones y frenar la degradación de tierras.

En un planeta que se calienta y se desertifica al mismo tiempo, la frontera verde del Taklamakan actúa como un recordatorio incómodo y esperanzador a la vez. Incómodo, porque muestra hasta qué punto el ser humano ha empujado a estos sistemas al límite. Esperanzador, porque sugiere que, con décadas de constancia, incluso un “vacío biológico” puede empezar a jugar a favor del clima.

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