Nadie, pero nadie imaginaba que bajo el célebre Santuario de Portonaccio existiera algo más que ruinas y fragmentos. Pero en 2025, una alianza inusual —arqueólogos, museos y especialistas en robótica— decidió mirar donde nadie miraba: el subsuelo. Lo que encontraron no fue un simple sistema de drenaje romano, sino una red monumental de túneles etruscos cuyo trazado, función y complejidad habían permanecido invisibles durante más de dos milenios. Y esta vez, la tecnología trabajó como un arqueólogo más.
Un subsuelo que llevaba milenios intentando hablar

Durante generaciones, los cuniculi se mencionaban casi como un rumor: canales dispersos, pozos aislados, agujeros que parecían no conducir a ninguna parte. Pero Veyes —la gran rival de Roma antes de caer en el año 396 a.C.— guardaba más secretos de los que su superficie sugería.
El Santuario de Portonaccio, donde se erguía el célebre templo de Apolo, había sido parcialmente estudiado desde mediados del siglo XX, aunque siempre desde arriba. Nada permitía sospechar que bajo sus terrazas discurría un sistema hidráulico mucho más extenso de lo imaginado.
Eso cambió cuando el Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia, junto con la Sapienza Universidad de Roma, decidió iniciar un proyecto de investigación completamente distinto. Las prospecciones geofísicas revelaron anomalías, líneas, resonancias que parecían dibujar un mapa enterrado. Fue entonces cuando entró en escena un pequeño vehículo llamado Magallanes.
Los rovers inspirados en Marte que entraron donde ningún arqueólogo podía
El rover Magallanes no fue diseñado originalmente para la arqueología. Su tecnología deriva de los sistemas rocker-bogie que la NASA empleó en Spirit, Opportunity y Curiosity. Compacto, resistente y capaz de avanzar en espacios donde una persona no cabe, se convirtió en la herramienta perfecta para descender a la oscuridad de los cuniculi.
Equipado con cámaras de alta sensibilidad, sensores de navegación y un enlace de radio estable, comenzó a transmitir imágenes desde galerías donde ningún investigador había entrado jamás. Lo que mostró sorprendió incluso a los expertos: pasajes que conectaban el pianoro de Campetti con el santuario; canales perfectamente tallados; cisternas que aún conservaban sus huellas de uso ritual; pozos que parecían formar parte de una coreografía hidráulica.
La red no era para nada improvisada. Era ingeniería pura. Y también era religión.
Agua sagrada, ingeniería etrusca y un santuario que renace

La cartografía completa reveló un sistema que ya no puede describirse como “túneles” sin más. Es una estructura coherente, diseñada para controlar el agua: dirigirla, almacenarla, purificarla y distribuirla en el corazón de uno de los santuarios más importantes de Etruria. Junto al templo de Apolo emergió incluso una piscina sacra monumental, que siglos después sería reutilizada por los romanos.
Para los etruscos, el agua no era un recurso común. Era un mediador entre mundos: un vehículo ritual para la purificación y la comunicación con lo divino. Que el Santuario de Portonaccio estuviera anclado a esta red subterránea indica que sus ceremonias dependían tanto del paisaje visible como del oculto.
La directora del Museo, Luana Toniolo, lo resume como un momento de inflexión: por primera vez, Veyes puede estudiarse no solo como un conjunto de ruinas, sino como un sistema vivo donde religión, ingeniería y territorio formaban una unidad.
Cuando el subsuelo habla, la historia cambia
Los cuniculi de Veyes estuvieron allí antes de que Roma alzara su primera muralla, ocultos bajo siglos de silencio y tierra. Hoy, gracias a una tecnología nacida para explorar Marte, su voz vuelve a escucharse. La cartografía integral, explica La Brújula Verde, no solo revela túneles: revela una forma de entender el agua, lo sagrado y el territorio que desafía todo lo que creíamos saber sobre los etruscos.
Y deja una pregunta que aún resuena bajo las colinas del Lacio: si un santuario escondía una ciudad entera bajo sus pies, ¿cuántos otros mundos antiguos seguirán esperando a que por fin los miremos donde nunca miramos?