Había Gigantes en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y engendraron hijos… Pocas interpretaciones de un pasaje de la Biblia han traído tanta polémica como este relato del Génesis 6:4 del Antiguo Testamento. Para George Hull, un fabricante de tabacos del siglo XIX, sería la piedra angular del mayor engaño sobre la interpretación de la Biblia. Hull sería el hombre que llevaría a uno de estos gigantes a nuestro planeta.

El extracto del pasaje con el que comenzamos ha dado para una gran variedad de interpretaciones a lo largo de la historia. Estamos ante lo que se ha traducido como los nefilim (o en hebreo Néfilim), seres que se mencionan varias veces en los pasajes de la Biblia y que para los entendidos en el tema y según el Génesis, serían los descendientes de los “hijos de Dios” (creyentes) y las “hijas de los hombres” que vivían antes del supuesto Diluvio universal (Noé mediante).

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Sea como fuere, el caso es que para contar la historia de estos gigantes llegados a la Tierra, de todos los pasajes bíblicos nos vamos a quedar con uno, el que a mi juicio se acerca más a la realidad a tenor de los hechos. Ese que dice que la fe mueve montañas.

O casi. Sólo así se puede entender el origen de uno de los bulos más grandes del siglo XIX.

Preparando el plan

Imagen: Moisés con las Tablas de la Ley, de Rembrandt. Wikimedia Commons

Todo comenzaría en algún punto de 1867, momento en el que la semilla del engaño comenzó a desarrollarse en la mente de George Hull. El comerciante de tabaco era ante todo un ateo acérrimo y escéptico que había leído a Darwin. Ese año y durante un viaje a Iowa para ver a su hermana, Hull acaba teniendo un encuentro con un metodista evangelista. El hombre se queda completamente asombrado por la lectura literal del predicador sobre los escritos de la Biblia, en particular con ese pasaje del Génesis (el 6:4) que habla de los “gigantes en la tierra en aquellos días… ”.

Esa misma noche, Hull llega cansado de un largo viaje, indignado por los argumentos de un religioso histérico. El hombre, mientras yacía en la cama, se pregunta si, dado que el predicador era una eminencia entre los creyentes, podría ser posible engañar a los fieles construyendo un gigante de piedra. No sólo eso, el gigante lo haría pasar como un hombre petrificado. Si fuera capaz de llevar semejante “obra” con éxito, la estafa le permitiría dar el mayor golpe contra la religión que se recuerde. Le permitiría abrir un herida en el camino de los creyentes.

Durante los dos años siguientes Hull se gastó alrededor de tres mil dólares para dar vida al gigante. Lo primero que hizo fue acudir a Fort Dodge, Iowa, lugar donde se hizo con un gran bloque de toneladas de yeso alegando que era para una estatua del fallecido Abraham Lincoln. El comerciante envía entonces el bloque a un distribuidor de Chicago que había aceptado ayudarle con el plan a cambio de una porción de las ganancias en caso de que se dieran.

Imagen: transportando al gigante de Cardiff. Granger

El mismo Hull sería el modelo para la cabeza con el que varios escultores de Chicago trabajaron el yeso en 1868. La maravilla antropológica (falsa) de nuestro hombre estaba cogiendo forma. Así, cuando finalizó la obra, Hull tenía ante sí una estatua que tomaba la forma de un hombre desnudo acostado sobre su espalda, con el brazo derecho sobre el estómago y con una pierna cruzada sobre la otra. Además, la cara descubría una media sonrisa. Finalmente se roció el exterior con ácido sulfúrico para dar al conjunto de la obra un aspecto erosionado y envejecido. El mismo Hull llegó a utilizar agujas en el cuerpo para replicar poros en la piel. Cuando la estatua estaba completamente terminada, el gigante falso de Hull medía más de 3 metros de altura y pesaba más de 1 tonelada.

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Lo único que le faltaba a Hull era una ubicación para enterrar al gigante. Finalmente será en Cardiff, en los terrenos de un granjero llamado William Newell. Tras cerrar un trato con este último en el que le aseguraba que le guardaría el secreto a cambio de una suma de dinero, el comerciante lleva la estatua a la propiedad de Newell en una caja sellada. Semanas después, una noche de 1868 se entierra al gigante creando la ilusión de que allí había descansado bajo tierra durante siglos. Hull regresa a su hogar en las cercanías de Binghamton y se ocupa de su negocio de tabaco.

El gigante de Cardiff

Imagen: Fotografía tomada en el año 1869 en el momento en el que se desenterró el gigante de Cardiff. Wikimedia Commons

Pasó casi un año sin noticias de la obra. El 16 de octubre de 1869 los trabajos de excavación de un pozo en una granja en Cardiff (norte de Nueva York) llevaban unos días en marcha. La explotación era propiedad de William Newell, quién a su vez había encargado a Henry Nichols y Gideon Emmons la tarea de excavar dicho pozo con la intención de extraer agua para sus campos. El plan había comenzado. Ese día y mientras cavan, los trabajadores dan con las palas con lo que parece un pie de piedra. En cuestión de minutos, Nichols y Gideon habían desenterrado gran parte de lo que se descubría como el cuerpo de un hombre enorme, se trataba de un gigante.

No pasó mucho tiempo hasta que la noticia llegó a los periódicos locales. Los medios como el Syracuse Journal hablaron de un descubrimiento increíble y narraban la noticia en los siguientes términos:

Todos los hombres de la zona dejaron sus trabajos para acudir al lugar. Las mujeres tomaron a sus niños y corrieron a la escena que centraba el interés de toda la comunidad.

Las primeras conjeturas hablaban de la posibilidad de que el cuerpo fuera de un anciano que se había petrificado por las aguas de un pantano cercano. Luego llegaron los primeros exámenes, que sorprendentemente parecían confirmar esta teoría. Incluso un profesor de ciencias de la zona declaró que el gigante no era un hombre, sino más bien una estatua tallada hacía siglos, posiblemente y según el hombre, por misioneros jesuitas.

A medida que aumentaba la especulación, Newell jugó un gran papel. El hombre creó un personaje muy digno, de agricultor humilde con aplomo, comprometido con la causa y asegurando que si hacía falta volvería a enterrar el gigante y olvidarse de él hasta que la comunidad averiguase si el descubrimiento podría tener algún valor histórico.

Imagen: El gigante en el Farmers’ Museum. AP

El gigante de Cardiff se había convertido en poco tiempo en un milagro, en cualquier caso, lo nunca visto en esa zona rural de Nueva York. Conforme pasaban los días los titulares comenzaron a tildar el descubrimiento como la “nueva maravilla” o “el descubrimiento del siglo”. Lo que en un principio fue una noticia local se extendió por la región, las multitudes crecían y acudían para ver semejante obra.

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Llegado el momento y ante la avalancha de público, Newell pasó a cubrir el gigante en una carpa y a cobrar 50 centavos (luego pasó a 1 dólar) para la visita del mismo. Según contaron los medios, solo la primera semana acudieron más de 2.500 personas a la “exposición”. Luego llegarían las ofertas de compra del gigante, todas rechazadas por el granjero hasta la llegada George Hull a Cardiff a los pocos días.

Allí tendría lugar un encuentro entre ambos cerebros del bulo. Los conspiradores acuerdan que es el momento perfecto para sacar provecho cuando aparece en escena un sindicato de empresarios que ofrece 30 mil dólares de la época para tener una participación de las tres cuartas partes de las estatua. Newell acepta el trato.

Las semanas siguientes llegan a Cardiff más expertos para inspeccionar la “maravilla”. El geólogo James Hall de Nueva York y el profesor de la Universidad de Rochester, Henry Ward, son parte de este grupo, ambos apostaban por la teoría de que la estatua era “el objeto más increíble que se había encontrado en el país”. Pero mientras existía una corriente que se aferraba a la hipótesis del hombre petrificado, algunos comenzaban a dudar de la autenticidad del descubrimiento.

Unos pocos locales recordaban haber visto a Hull transportar una gran caja por Cardiff el año anterior. Poco después la prensa se entera de que Newell había transferido una gran cantidad de dinero en efectivo a Hull inmediatamente después de vender el gigante. Las dudas se hicieron más evidentes las semanas siguientes, cuando los nuevos propietarios de la estatua la exhibieron en varias ciudades. En una de las muestras un ingeniero causó un gran revuelo cuando señaló que el yeso se había deteriorado rápidamente, posiblemente debido al suelo empapado de la granja de Newell.

Aunque el golpe de gracia llegaría más tarde. Ocurrió cuando un afamado paleontólogo de Yale, el señor Othniel Charles Marsh, dijo que con tan sólo un primer vistazo, podía asegurar que el gigante era “de origen muy reciente, una farsa”.

Este momento de “locura” que vivió la región quedó reflejado por el historiador y diplomático Andrew Dickson White (cofundador también de la Universidad de Cornell) en sus memorias, exactamente descrito en un capítulo como “la locura humana” como recogía El Correo. En el mismo, White habla de Cardiff, lugar donde nació, y ese momento de la historia:

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Llegado el otoño de 1869, la región, muy pacífica, estaba conmocionada de un extremo a otro. La noticia del gigante había corrido de granja en granja. Estuve ausente durante varias semanas en otro estado y a mi regreso a Siracusa me encontré con uno de los ciudadanos más importantes, un diácono muy respetado de la Iglesia presbiteriana, antiguo juez del condado. Le pregunté en un tono jocoso sobre este nuevo objeto de interés, esperando que se uniera a mí riéndose de todo el asunto. Pero, para mi sorpresa, se puso muy solemne: “le aseguro que no es un asunto de risa; es una cosa muy seria. De hecho; no hay ninguna duda de que se ha realizado un descubrimiento asombroso.”

Me dijo que me acercara a admirar la estatua y la juzgara por mí mismo. Acepté, y a medida que nos acercábamos vimos por todas partes señales del enorme interés popular que había despertado el gigante. Había carruajes de todo tipo que se acercaban al lugar cargados de curiosos. La granja parecía una feria en cuyo centro había una tienda rodeada por una multitud empujando para entrar.

Era un gigante de piedra, totalmente desnudo, con las extremidades contraídas en agonía. Tenía un color como si hubiera pasado mucho tiempo enterrado, y su piel presentaba gran cantidad de punciones, como si fueran poros. La iluminación y el ambiente hacían que la visión del gigante produjera el efecto más extraño. El aire estaba impregnado de gran solemnidad. Los visitantes rara vez hablaban por encima del susurro…

…Todo el asunto era indudablemente un engaño, de ningún modo podía tratarse de un ser humano fosilizado, era una escultura moderna realizada por alguien sin genio ni talento. Y aún así, la idea se impuso contra toda razón científica.

Y como suele pasar en tantos ejemplos que nos ha dado la historia, donde unos vieron un fraude, otros vieron la posibilidad de hacer dinero. Tan sólo un día después de la inspección del señor Marsh, el famoso político, empresario y artista, el señor P.T. Barnum, quedó maravillado del gigante y trató de comprarlo. Los propietarios lo rechazaron, pero el señor Barnum encargó a un escultor construir una réplica exacta para luego comenzar a exponerla en su museo de Manhattan como si fuera la real. Barnum afirmaba que el original era en realidad un timo, y que su gigante era el verdadero. De hecho, en los anuncios que aludían a la exposición se vendía enigmáticamente así:

¿Qué es? ¿una estatua? ¿una petrificación? ¿un fraude? ¿los restos de una antigua raza?

Imagen: El “gigante” de Barnum.

Lo cierto es que el gigante de Barnum fue todo un éxito que también atrajo a multitudes y generó más dinero que el original. El surrealismo de la situación llegó a límites insospechados en los que Nueva York llegó a tener dos exposiciones del “mismo” gigante de Cardiff. No sólo eso, el escultor que construyó la falsificación de Barnum pronto comenzó a realizar otras copias, y para cuando estaba terminando el año, existían media docena de gigantes de Cardiff exhibiéndose en todo el país.

Al año siguiente, en 1870, el gigante había pasado de ser un tema de fascinación a un tema de burla. Aún así, algunos todavía sostenían su autenticidad (y antigüedad), pero fueron apareciendo nuevas informaciones que mitigaron a estos “creyentes” del gigante. El punto más álgido de esta delirante situación llegó cuando Newell, en vista del éxito del gigante de Barnum, acaba demandando a este último. Los jueces no tuvieron que dar un veredicto aún más surrealista. El mismo George Hull decidió contar públicamente que se trataba de un engaño diseñado por él mismo contra todos los fundamentalistas religiosos y todos los creyentes en la fidelidad histórica de la Biblia.

Para el mes de febrero ya no existían dudas. Los escultores de Chicago del primer gigante encargado por Hull también admitieron que fueron ellos los creadores. Y así todo, durante una década, hasta 1880, los propietarios de este gigante falso continuaron exhibiéndolo durante años, aunque con multitudes cada vez más pequeñas.

En cuanto a Hull, quién consiguió ganar alrededor de 20 mil dólares con su gigante, continúo con su cruzada particular ante la fe y la religión. En 1877 trató de volver a embaucar a las masas con un nuevo gigante enterrado en Colorado. Un engaño que fue expuesto rápidamente y por el que Hull perdió una gran suma de dinero.

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El comerciante murió en 1902, y quienes lo acompañaron hasta el final dijeron que se fue orgulloso de haber engañado al mundo entero con su gigante de Cardiff.

Hoy “el mayor fraude del mundo”, tal y como reza el cartel en la entrada donde se exhibe, se encuentra en un museo de Cooperstown (Nueva York).