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Hay un hilo de pescar que rodea toda la isla de Manhattan: el eruv más caro del mundo

Ilustración para el artículo titulado
Foto: William W. Ward (Creative Commons)

Si has visto Unorthodox en Netflix, es posible que estés, como yo, leyendo sobre las costumbres de los jasídicos y otras comunidades de judíos ortodoxos. Quizá sepas que los judíos observantes delimitan sus comunidades con un cable, el eruv, para poder cargar y transportar objetos durante el sabbat. Pero ¿sabías que el eruv más caro del mundo es un hilo de pescar que rodea la isla de Manhattan?

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Si has estado en Manhattan y no has visto el hilo, no te sorprendas: ni siquiera los neoyorquinos lo notan. Pero está ahí. Un simple sedal transparente que recorre el perímetro de la ciudad desde First Street hasta la calle 126.

Según NPR, el concepto de eruv se estableció hace casi 2000 años para permitir que los judíos siguieran de manera más realista las leyes del descanso sabático, en particular la que prohíbe cargar objetos de un lugar privado a uno público (o viceversa). Si no existiera el eruv, los judíos observantes no podrían llevar las llaves, la cartera o —como vimos en Unorthodox— un bebé fuera de casa.

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El eruv es un cerco que delimita el hogar de una comunidad de judíos y que, en la práctica, extiende simbólicamente la zona doméstica a lo que otros consideran zonas públicas. El de Manhattan no es el más grande del mundo (en Israel abarcan ciudades enteras), pero sí el que más dinero cuesta mantener: entre 125.000 y 150.000 dólares al año. Lo asombroso es que nunca ha fallado.

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Todos los jueves antes del amanecer, un rabino recorre el perímetro de la isla para comprobar que el viento o una rama caída no hayan tirado ningún segmento del eruv de Manhattan. Muchas veces hay un trozo roto, así que el rabino llama a una empresa de mantenimiento que manda a alguien con hilo de pescar y una plataforma elevadora para repararlo. Esa es la parte cara.

El rabino Adam Mintz explicó a NPR que el dinero se recauda cada año de sinagogas y donaciones privadas. “Nunca ha estado fuera de servicio un sábado. Nunca. Siempre lo salvamos en el último minuto”, dijo.

Matías tiene dos grandes pasiones: Internet y el dulce de leche

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