Hay una frase que me viene persiguiendo en estos últimos meses. Resuena en mis sueños y en mis más oscuras pesadillas. Es lo primero que escucho al llegar a casa después del trabajo, o cuando me despiertan a las 5:30 a.m., en medio de la todavía oscura mañana del sábado: “Paaapi, PAAAPI, ¿puedo jugar TU juego?”.

Con “mi juego” se refiere a Zelda: Breath of the Wild. Más específicamente, significa a mis 140 horas invertidas en jugar Zelda: Breath of the Wild. Aquel en el que tenía cientos de flechas, todos los power-ups y gran cantidad de poderoso armamento.

La palabra clave aquí es “tenía”.

Amigos, mi hijo de cuatro años está, el solito, arruinando mi partida de Zelda.

Son necesarios algunos detalles antes de precisar cómo mi hijo me está arruinando Zelda. Primero, algunas respuestas a preguntas que, sospecho, estarán haciéndose.

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En primer lugar, ¿por qué mi hijo está jugando Zelda? No lo sé. Simplemente sucedió (y sigue sucediendo). En segundo lugar, ¿por qué está jugando mi juego y no el suyo? Respuesta sencilla: tengo power-ups y armas geniales. A sus cuatro años, tiene tantas posibilidades de avanzar en el juego y ganar todas esas recompensas como un mono las tiene para escribir como Shakespeare.

En tercer lugar, ¿por qué permito que esto ocurra?

Es por amor, damas y caballeros. Amor.

Amor es despertarse a las 7:30 a.m., mirar tu gran colección de 50 flechas guardián reducida a tres, y reunir el valor para no estrangular salvajemente a tu propia sangre en un ataque de justa rabia.

Los niños son gente encantadora.


Comienza

Así es como sé que mi hijo ha estado jodiendo mi juego de Zelda.

Cada maldita vez.

La máscara Gerudo. Es lo primero que cambia. No importa si está en el desierto, el bosque o la nieve. Las condiciones del exterior no importan. Las botas y el cuerpo cambian; la cara sigue siendo la misma.

La máscara Gerudo. Cada maldita vez.

Papi, hace que parezca un ninja”.

Está obsesionado con los ninjas. Anoche mi esposa decoró el techo de su cuarto con esas estrellas que se iluminan en la oscuridad. Se pasó cuatro horas poniéndolas cuidadosamente. Nos recostamos en el cuarto, apagamos las luces y esperamos para asombrarnos. Un conmovedor momento entre padres e hijo estaba a punto de llegar. Estaba casi al borde las lágrimas.

Una pausa. Esperamos.

Otra pausa.

Mami, ¿no tienes ninjas que brillan en la oscuridad?”.


Adiós, flechas

El siguiente paso son las flechas. Siempre reviso las flechas.

Antes de que mi hijo descubriese Zelda, tenía casi suministros infinitos de todas las flechas del juego: casi 200 flechas normales y al menos 50 de cada tipo distinto. Tenía más de 50 flechas guardián, que son súper raras y costosas.

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Nunca olvidaré cuando desperté al día siguiente de enseñarle a mi hijo cómo usar el arco y la flecha:

No. Dios mío, no.

Confesó que gastó todas mis flechas guardián contra bokoblins, los enemigos más débiles de todo el juego.

Después de gastar todas mis flechas guardián, siguió con el resto.

El último fin de semana, cargué mi juego.

Así es, ni una sola flecha.

Se fueron.

Todas se fueron.


Y las armas…

Dios mío, las armas.

Hacia el final de Breath of the Wild, e incluso después, la mayoría de los jugadores acumulan un gran arsenal. Tiene sentido. Las armas que aparecen al final del juego son más resistentes; por ejemplo, a esas alturas del juego, es casi seguro que ya cuentes con la espada maestra, que puede regenerarse. Tiene sentido usarla hasta que se quede sin energía, y mientras se carga, usar otras armas hasta que el temporizador indique que la espada maestra está nuevamente disponible.

Gran espada.

Sin embargo, esta lógica no se aplica en un niño con una idea rudimentaria de cómo funcionan los números. No le importa que mi claymore haga un daño de 60. Para él no hay diferencia entre esa arma y una oxidada espada de viajero que recogió por ahí.

Aquí es donde estaba antes del terremoto de cuatro años (mi hijo).

Aquí es donde me encuentro ahora.

Mi hijo ha reemplazado mis espadas de guardián++ por una cuchara de madera.

Una maldita cuchara de madera.

Mi hijo ha aprendido a navegar por el menú de Zelda hasta el punto de, literalmente, tirar todas mis cosas buenas para recoger cualquier basura que encuentra por allí. En eso estoy casi estoy impresionado.


No me guardes

El sistema de Zelda para guardar el juego es muy bueno. Te permite regresar a cualquiera de tus últimas seis o siete partidas guardadas, aunque no puedes retroceder más. Con eso es más que suficiente, pero en mi situación, se convierte en una terrible pesadilla de la que nunca podré despertar.

Les pondré algo de contexto. Terminé Breath of the Wild hace mucho tiempo. En realidad, estoy en el proceso de exprimir hasta la última gota del juego. Solo me queda encontrar y conquistar 10 santuarios para completarlos todos. Sin embargo, Breath of the Wild tiene un mapa inmenso, y encontrar los malditos lugares toma tiempo.

Esto es lo que hace mi hijo: primero, inicia el juego. No lo hace desde la última partida, no. Se desplaza a través de las partidas guardadas y selecciona una con la imagen más cool —casi siempre alguna cerca de la Montaña de la Muerte, que tiene lava y otras porquerías (porque mi hijo adora la lava)—.

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Después, procede a sobrescribir las últimas seis partidas, yendo de excursión por todo el mapa a su animado ritmo, tirando flechas guardián y acumulando cucharas de madera.

¿Qué significa esto? Que habitualmente pierdo mis dos últimas horas de juego, y cuando estás en proceso de buscar meticulosamente por todo el mapa, cosas como esta son de veras increíblemente frustrantes.

¿Qué santuario hice la última vez? ¿Dónde estaba? ¿Debo hacerlo de nuevo?

Casi siempre la respuesta a todas esas preguntas es “Ni idea”.

Mierda.


Bueno…

Así es cómo mi hijo juega videojuegos. El pequeño vive en el límite. Me río cada vez que miro esta foto.

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¿Quisiera que deje de jugar? ¿Quiero privarle de este placer? Por supuesto que no. Me encanta que esté jugando Zelda y que compartamos este videojuego. Me encanta que Breath of the Wild esté tan bien diseñado que ambos podemos disfrutarlo de maneras tan opuestas.

Eso es bueno.

Sin embargo, perder todas tus flechas guardián en una pelea cualquiera contra un bokoblin o encontrar una cuchara de madera donde solía estar tu espada de guardián… eso no es tan bueno.

No tengan hijos.