En el sur de Anatolia, un lugar hasta hace poco secundario en el mapa arqueológico está empezando a reescribir lo que creíamos saber sobre los primeros asentamientos humanos. Sefertepe, parte del proyecto Taş Tepeler, ha revelado una serie de piezas únicas: rostros humanos esculpidos hace más de 10.000 años y una cámara que parece haber funcionado como un santuario de cráneos.
Son vestigios de un mundo que transitaba desde el nomadismo hacia las primeras formas de vida sedentaria, donde el arte, la memoria y el ritual empezaban a ocupar un lugar central.
Un arte propio en medio de las ciudades rituales de Anatolia
El equipo dirigido por Emre Güldoğan, de la Universidad de Estambul, identificó dos rostros tallados sobre bloques de piedra caliza en lo que parece ser una estructura de uso ceremonial. Los dos rostros no podrían ser más distintos: uno muestra rasgos definidos —ojos, cejas, nariz, boca, orejas— tallados en alto relieve; el otro, en bajorrelieve, presenta una geometría más esquemática y ojos cerrados, como una figura en estado meditativo o simbólico.
Según Güldoğan, estas diferencias no son casuales. Señalan que Sefertepe tenía un estilo artístico propio, separado de los mundos visuales más conocidos en Göbeklitepe, Karahantepe o Sayburç. El refinamiento en detalles como la curvatura de la oreja o la forma del párpado refuerza la idea de una comunidad con una estética definida y una intención narrativa clara.
La “sala de los cráneos”: memoria, rituales y una práctica funeraria dual

A pocos metros del área donde aparecieron los rostros, la excavación reveló otra sorpresa: una cámara funeraria con 22 cráneos humanos dispuestos de manera ordenada, la mayoría sin mandíbula. Esta disposición no es inédita en Anatolia, pero sí su coexistencia con enterramientos completos en la misma zona, lo que sugiere un sistema funerario dual.
Según National Geographic, esta “sala de los cráneos” pudo funcionar como un lugar de memoria ancestral, un espacio donde los restos eran expuestos, manipulados o conservados con un significado social profundo. En otras regiones del Neolítico precerámico se sabe que los cráneos se modelaban, pintaban o utilizaban en contextos ceremoniales. La estructura de Sefertepe parece encajar en esa tradición, pero con variaciones propias, definidas por su entorno y su comunidad.
Microesculturas y objetos simbólicos: señales de una red de intercambio extensa
El mismo sector de excavación reveló una pieza singular: una cuenta de basalto negro con dos rostros tallados, uno en cada cara. Su tamaño minúsculo contrasta con la precisión técnica y la expresividad que transmite, un logro notable para una época en la que la microescultura no era habitual.
Junto a esta cuenta aparecieron otras hechas de jade, labradorita y piedra caliza, materiales no presentes en la región. La conclusión es directa: Sefertepe formaba parte de una red de intercambio a larga distancia. Lejos de ser un asentamiento aislado, funcionaba como un nodo dentro de un circuito cultural que conectaba comunidades del interior de Anatolia con regiones más lejanas.
“Este conjunto confirma que Sefertepe participaba en redes de intercambio de larga distancia”, explica Güldoğan. Y ese detalle redefine cómo entendemos la interacción social en el Neolítico: no como un mosaico de aldeas independientes, sino como una constelación de comunidades interconectadas.
Un patrón en expansión: el auge de la figura humana en Taş Tepeler
Los hallazgos encajan en un patrón más amplio observado en los doce asentamientos del proyecto Taş Tepeler. Necmi Karul, responsable de las excavaciones en Karahantepe, señala que la proliferación de esculturas humanas coincide con la transición hacia la vida sedentaria. Cuando las comunidades dejaron atrás la movilidad constante, la figura humana —y, por extensión, la identidad colectiva— pasó a ocupar el centro de su mundo simbólico.
Sin escritura y sin registros directos, es imposible saber a quién representan estas esculturas. Pero su incremento y su variedad permiten rastrear estilos, comparar asentamientos y reconstruir una narrativa cultural en pleno desarrollo. Como explica Lee Clare, del Instituto Alemán de Arqueología, cada nueva pieza ayuda a perfilar cómo emergieron las primeras sociedades organizadas de Anatolia.
Sefertepe está pasando, casi en silencio, de ser una nota al pie en la arqueología turca a convertirse en un enclave decisivo para entender el Neolítico precerámico. Sus esculturas, sus cráneos rituales y sus objetos simbólicos revelan una comunidad compleja, conectada y profundamente humana.
Y, mientras las excavaciones continúan, cada rostro tallado —cada mirada pétrea que nos devuelve el tiempo— nos recuerda que la historia del arte y de los rituales no comenzó con la escritura, sino con las primeras manos que dieron forma a la piedra hace más de diez mil años.