Una nube molecular con forma de lobo, de ahí su apodo: Nebulosa del Lobo o Nebulosa Fenrir.
Siempre se pensó que hicieron falta océanos ricos en alimento para que existieran animales tan descomunales como el megalodón o la ballena azul. Un nuevo estudio da vuelta esa lógica: una vez que estos gigantes aparecieron, fueron ellos los que empezaron a reprogramar el ecosistema marino entero, con efectos que todavía hoy sostienen comunidades enteras en el fondo del mar
Científicos descubrieron un ecosistema casi completamente oculto que prospera a cientos de metros bajo la superficie terrestre, cambiando la forma en que entendemos los límites de la vida en la Tierra.
No es solo una sensación. Cuando tu campo visual está lleno de objetos fuera de lugar, literalmente hay neuronas en tu corteza visual peleándose entre sí por representar cada uno de esos objetos. Y esa pelea, repetida todo el día, tiene un costo medible: en atención, en energía, y en una hormona muy concreta del estrés
Desde un dron, o desde un satélite, la escena parece un accidente ambiental: una mancha rosa fosforescente expandiéndose sobre las aguas del Atlántico. En realidad, era justo lo contrario. Científicos estadounidenses vertieron deliberadamente miles de galones de un químico usado para tratar agua potable, con la esperanza de que el propio océano absorba más carbono del que ya absorbe
Los científicos advierten que los miles de barcos varados podrían provocar la propagación de especies invasivas en todo el mundo.
Un estudiante de campo tropezó, literalmente, con la pieza que faltaba para reescribir el capítulo inicial de la historia de los dinosaurios. Durante décadas, la ciencia asumió que estos animales tardaron millones de años en cruzar de un hemisferio al otro. Un hueso de tobillo de apenas unos centímetros, enterrado bajo Wyoming durante 230 millones de años, dice lo contrario