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Ciencia

China está usando organismos más antiguos que los dinosaurios para fijar la arena del desierto. Cómo las cianobacterias están empezando a crear suelo donde solo había polvo

En zonas áridas del norte de China, equipos científicos están “sembrando” microorganismos que existen desde hace miles de millones de años para iniciar la formación de suelo en pleno desierto. No se trata de plantar árboles a la fuerza, sino de reconstruir la base biológica del terreno para frenar la erosión, retener agua y permitir que la vida vuelva a abrirse paso.
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La imagen del desierto como un territorio condenado a la esterilidad empieza a resquebrajarse en algunos puntos del noroeste de China. En lugar de excavadoras, presas o plantaciones masivas de árboles, la estrategia que se está probando es microscópica: introducir comunidades de cianobacterias para que hagan lo que llevan haciendo desde antes de que existieran las plantas, los animales o incluso los continentes tal como los conocemos.

El “pegamento vivo” que convierte arena suelta en superficie estable

Las cianobacterias no son para nada una rareza de laboratorio. Son organismos fotosintéticos que llevan unos 3.500 millones de años modificando la química del planeta. En ambientes áridos forman, junto a otros microorganismos, las llamadas costras biológicas del suelo: una capa viva que se adhiere a los granos de arena y los une mediante polímeros extracelulares, una especie de pegamento natural.

En condiciones normales, este proceso tarda décadas en consolidarse de forma espontánea. El experimento chino consiste en cultivar estas comunidades microbianas y “acelerar” su establecimiento en regiones cercanas al desierto de Taklamakán, así como en zonas de Ningxia y Xinjiang. El resultado es una superficie menos vulnerable al viento, más estable y con mayor capacidad para retener partículas finas que, de otro modo, acabarían en tormentas de arena.

Crear suelo antes de plantar árboles

China está usando organismos más antiguos que los dinosaurios para fijar la arena del desierto. Cómo las cianobacterias están empezando a crear suelo donde solo había polvo
© Ding Lei / Xinhua News Agency.

Una de las lecciones que dejó la lucha contra la desertificación es que plantar vegetación en suelo inestable suele fracasar. Las raíces no se fijan, la humedad se pierde rápido y el viento se lleva lo poco que empieza a crecer. Las costras biológicas invierten ese orden: primero se crea una base funcional del suelo, luego se deja que la vegetación colonice el terreno de manera progresiva.

Las comunidades microbianas no solo fijan la arena. Al realizar fotosíntesis, incorporan carbono al sistema y aumentan gradualmente la presencia de nutrientes como nitrógeno y fósforo. Además, su estructura reduce la evaporación superficial, lo que permite que el agua permanezca más tiempo disponible. En algunos ensayos, la estabilización inicial del suelo se logra en poco más de un año, un salto enorme frente a los tiempos naturales del desierto.

Un ecosistema que empieza en miniatura

China está usando organismos más antiguos que los dinosaurios para fijar la arena del desierto. Cómo las cianobacterias están empezando a crear suelo donde solo había polvo
© Getty Images / CFOTO/Future Publishing.

Este cambio que provocan estas intervenciones no se ve desde un satélite en cuestión de semanas. Ocurre a escala microscópica, pero con efectos en cadena. A medida que la costra biológica se consolida, aumenta la diversidad microbiana del suelo. Esa diversidad, a su vez, crea un entorno más favorable para que germinen plantas simples y, con el tiempo, especies más complejas.

No se trata de “fabricar un oasis” de forma artificial, sino de activar el mismo mecanismo que permitió que los ecosistemas terrestres se formaran en el pasado. En cierto sentido, el proyecto chino está intentando reproducir, en años, procesos que la naturaleza suele desplegar en décadas.

Restaurar sin forzar el paisaje

El objetivo declarado de estas iniciativas no es transformar el desierto en un vergel, sino reducir su inestabilidad. Menos arena en suspensión significa menos tormentas de polvo, menos pérdida de suelo y mejores condiciones para la vida local. En un contexto de cambio climático y expansión de regiones áridas, este enfoque ofrece una alternativa a las grandes obras de ingeniería: intervenir en el nivel más básico del ecosistema.

Convertir arena suelta en suelo funcional con organismos que ya existían cuando la Tierra era casi irreconocible tiene algo de paradoja poética. Para frenar la desertificación, la tecnología no está mirando al futuro, sino al pasado más remoto de la vida. Y quizá ahí esté la lección: antes de imponer paisajes, hay que reconstruir la base invisible que los hace posibles.

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