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Ciencia

China ha plantado tantos árboles en uno de los desiertos más secos del mundo que hasta ha cambiado la percepción de la realidad. El experimento que lo ha convertido en un sumidero de carbono

El desierto de Taklamakán, uno de los entornos más áridos del planeta, está empezando a absorber más CO₂ del que emite en sus zonas periféricas. Un nuevo estudio sugiere que décadas de reforestación masiva han alterado su balance de carbono y reabre el debate sobre hasta dónde puede llegar la ingeniería ecológica en paisajes extremos.
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El desierto de Taklamakán no es precisamente un lugar amable para la vida vegetal. Rodeado de montañas que bloquean la llegada de aire húmedo, con suelos pobres y una aridez extrema, durante siglos ha sido el ejemplo casi perfecto de un ecosistema donde plantar árboles parecía una quimera. Sin embargo, los últimos datos sugieren que algo está cambiando en sus bordes: la reforestación masiva impulsada por China está alterando el balance de carbono del desierto hasta el punto de convertir sus periferias en un sumidero neto de CO₂.

La “Gran Muralla Verde” como experimento climático

China ha plantado tantos árboles en uno de los desiertos más secos del mundo. El experimento que lo ha convertido en un sumidero de carbono
© Facebook / CGTN en Español.

En 1978, China puso en marcha el Programa del Cinturón Protector de las Tres Regiones del Norte, un proyecto de ingeniería ecológica conocido popularmente como la “Gran Muralla Verde”. Su objetivo era frenar la desertificación mediante la plantación de miles de millones de árboles alrededor de los grandes desiertos del país, entre ellos el Taklamakán y el Gobi. Décadas después, el proyecto ha alcanzado una escala difícil de imaginar: más de 66.000 millones de árboles plantados y un aumento notable de la cobertura forestal del país.

En el caso del Taklamakán, la plantación en su periferia se completó en 2024. Los investigadores que han analizado el impacto de este esfuerzo señalan que las dunas se han estabilizado y que la vegetación ha comenzado a modificar los flujos de carbono en la región. No se trata de que el corazón del desierto se haya convertido en un bosque, sino de que sus bordes, históricamente inestables, muestran ahora un comportamiento distinto en términos de absorción de CO₂.

Cuando un desierto empieza a capturar carbono

El estudio más reciente indica que, en esas zonas periféricas, el sistema está capturando más dióxido de carbono del que emite. Es un resultado llamativo para un entorno considerado hasta ahora como una fuente neta de carbono o, en el mejor de los casos, neutra. La clave está en la combinación de vegetación plantada, estabilización del suelo y cambios en el microclima local que favorecen una mayor retención de humedad durante la estación húmeda.

Los datos también apuntan a que las precipitaciones en los márgenes del Taklamakán han sido significativamente mayores en los periodos húmedos que en los secos, un factor que puede amplificar el efecto de la reforestación. Aunque no implica un cambio climático local a gran escala, sí sugiere que la vegetación puede alterar, al menos de forma limitada, el comportamiento hidrológico de regiones extremadamente áridas.

Hasta dónde puede llegar la intervención humana

China ha plantado tantos árboles en uno de los desiertos más secos del mundo. El experimento que lo ha convertido en un sumidero de carbono
© laguia2000.

La idea de “convertir un desierto en un sumidero de carbono” suena casi utópica. En la práctica, lo que se está observando es un fenómeno localizado y dependiente de una intervención continua: sin mantenimiento, riego inicial y selección de especies adaptadas, el cinturón verde no se sostendría. Además, la plantación masiva en entornos áridos no está exenta de críticas. Algunos ecólogos advierten de los riesgos de introducir especies poco adaptadas, de alterar ecosistemas locales o de crear paisajes artificiales con una biodiversidad limitada.

Aun así, el caso del Taklamakán ofrece un primer modelo empírico de cómo la acción humana puede modificar el balance de carbono incluso en paisajes extremos. No es una solución mágica al cambio climático, pero sí una demostración de que la desertificación no es un destino inamovible y de que ciertas intervenciones pueden tener efectos medibles en escalas de décadas.

Un modelo exportable… con muchas condiciones

Los propios autores del estudio subrayan que este tipo de proyectos no son fácilmente replicables en cualquier desierto del mundo. Requieren recursos económicos enormes, planificación a largo plazo y un contexto político capaz de sostener políticas ambientales durante generaciones. Aun así, el Taklamakán se perfila como un laboratorio natural para evaluar hasta dónde puede llegar la ingeniería ecológica cuando se aplica de forma persistente.

El desierto no se ha transformado en un bosque, ni mucho menos. Pero el hecho de que sus bordes empiecen a comportarse como un sumidero de carbono introduce una idea incómoda para la narrativa tradicional: incluso los paisajes más hostiles pueden responder a la intervención humana. La pregunta que queda abierta no es si es posible alterar un desierto, sino qué coste ecológico, social y político estamos dispuestos a asumir para hacerlo.

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