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Cómo funciona la pena de muerte en Japón, el país que pone a prueba la cordura del reo hasta el día de su ejecución

Es posible que no lo sepas, pero en Japón
existe la pena de muerte en caso de homicidio. Y como suele ocurrir en el país
asiático, su funcionamiento difiere al sistema occidental. De hecho, para
muchos el sistema nipón excede los límites de la crueldad humana.

Historia de la pena capital

Los libros de historia cuentan que todo comenzó en el siglo IV, cuando Japón se vio cada vez más influenciado por el
sistema judicial chino, y gradualmente adoptó un sistema de castigos diferentes,
dependiendo de los delitos, e incluyendo la pena de muerte.

Sin embargo, cuando se inició el período
Nara
, los castigos más crueles y la pena de muerte fueron utilizadas cada vez
con menos frecuencia, probablemente como resultado de la influencia de las enseñanzas
budistas. Sea como fuere, la pena de muerte fue abolida por completo en el
período Heian, y no se usó durante los siguientes 300 años, hasta la Guerra de
Genpei
.

Durante el siguiente período de Kamakura,
la pena capital fue ampliamente utilizada y los métodos de ejecución se
volvieron cada vez más crueles y sádicos. En esta época se incluían la quema de
personas o la crucifixión, entre muchos otros métodos.

Durante el período de
Muromachi
, se utilizaron incluso métodos de ejecución más violentos, como la
crucifixión al revés, el empalamiento por una lanza, el corte con sierras o el
desmembramiento con bueyes o carros. Incluso los delitos menores podían ser
castigados con la muerte, y los familiares o los vecinos también podían ser
castigados junto con el delincuente.

Esta época tan gore, con un uso tan
“liberal” de la pena de muerte, continuó durante el período Edo y principios
del período Meiji. La tortura fue utilizada para extraer confesiones. Así se
llegó a 1871, donde como resultado de una importante reforma del código penal,
se redujo el número de delitos punibles con la muerte y se abolieron las
torturas y flagelaciones excesivamente crueles.

Dos años después, en 1873, otra revisión
resultó en una reducción adicional en el número de delitos punibles con la
muerte, y los métodos de ejecución se restringieron a la decapitación o
ahorcamiento. Actualmente, la pena capital es legal en Japón. Se
aplica en la práctica solo por asesinato, casi exclusivamente en casos de
homicidios múltiples, y las ejecuciones se llevan a cabo con la horca.

Sistema y estancias de ejecución

El sistema japonés tiene una especie de
guía de sentencia mediante la cual basan
su criterio para llevar a una persona a la ejecución. Aunque técnicamente no es
un precedente, esta guía de 1983 ha sido seguida por todos los casos capitales
posteriores. Los nueve criterios serían:

Grado de crueldad

Motivo

Cómo se cometió el crimen: especialmente
la forma en que la víctima fue asesinada.

Resultado del crimen; especialmente el
número de víctimas.

Sentimientos de los familiares en duelo.

Impacto del crimen en la sociedad
japonesa.

Edad del acusado (en Japón la mayoría de
edad está en 20 años).

Registro criminal anterior del acusado.

Grado de remordimiento mostrado por el
acusado.

En realidad, la cantidad de víctimas
asesinadas es el criterio más importante para la imposición de la pena de
muerte. Una sentencia de muerte dictada por un solo asesinato (condenas previas
incluidas) se considera “extraordinaria”.

En Japón, y de acuerdo a sus leyes, la
pena de muerte debe ejecutarse dentro de los seis meses posteriores a la falta
de apelación final del preso por orden del Ministro de Justicia. Sin embargo,
el período que solicita un nuevo juicio o el indulto está exento de esta
regulación. Por tanto, se produce una especie de vacío en la práctica.

Los presos suelen estar en el corredor de
la muerte entre cinco y siete años, aunque una cuarta parte de los presos han
estado en el corredor de la muerte durante más de diez años. Para algunos, la estancia
ha durado más de 30 años.

El corredor de la muerte y la ejecución

Los condenados a muerte japoneses están
encarcelados en los centros de Tokio, Osaka, Nagoya, Sendai, Fukuoka, Hiroshima
y Sapporo. El sistema de justicia japonés y las instalaciones en las que están
encarcelados no se conocen como prisiones, y los reclusos carecen de muchos de
los derechos otorgados a otros prisioneros japoneses.

En la práctica, los reclusos pasan los días en
confinamiento solitario y tienen prohibido comunicarse con sus compañeros de
otras celdas. Se les permite dos períodos de ejercicio a la semana, no se
permiten televisores y solo pueden tener tres libros. Además, los prisioneros
no pueden hacer ejercicio dentro de sus propias celdas. Las visitas a la
prisión, tanto por miembros de la familia como por representantes legales, son
infrecuentes y están estrechamente supervisadas.

La orden de ejecución llega firmada por el
Ministro de Justicia. Una vez que se firme la aprobación final, la ejecución tendrá lugar en
un máximo de cinco días.

La pena de muerte se lleva a cabo en una
cámara de ejecución especial donde el preso terminará colgado. Un punto muy
importante, y motivo de quejas internacionales, ocurre cuando se ha emitido una
orden de ejecución. El preso condenado lo sabe únicamente horas antes de su
ejecución.

Entonces tiene la posibilidad de elegir la última comida. La familia
y los representantes legales del preso, y también el público en general, son
informados cuando ya ha sido ejecutado. Por cierto, el método de ahorcamiento
es a través de una cuerda larga que provoca una muerte rápida por fractura de
cuello.

Criticas a un sistema extremadamente duro

Durante los últimos años, varios grupos,
entre ellos Amnistía Internacional, sostienen que el sistema de justicia
japonés termina por “enloquecer” a los prisioneros en el corredor de la muerte.

Para estos grupos de defensa de derechos
humanos, el tratamiento es “cruel” debido a los ahorcamientos el mismo día de la
ejecución, el extremo aislamiento y el poco ejercicio. Todo junto acaba creando
una tensión mental insoportable, “expuestos a un trato cruel, inhumano y
degradante”.

Un informe de Amnistía de hace varios
años decía que la práctica de decir a los presos que serán ahorcados horas
antes de que los lleven a la horca causa brotes de “enfermedad mental
importante”. Según el informe:

Para estas personas, cada día podría ser
el último, y la llegada de un oficial de prisiones con una sentencia de muerte
indicaría su ejecución en cuestión de horas. Algunos viven así año tras año, a
veces durante décadas. 

El trabajo, de 72 páginas, está basado en
informes médicos y entrevistas con familiares y abogados de los reclusos. Uno
de los casos citados es el de Iwao Hakamada, un ex boxeador profesional que había
pasado más de cuatro décadas en el corredor de la muerte, posiblemente el preso
que ha pasado más tiempo allí.

Hakamada fue declarado culpable en 1968
del asesinato de cuatro miembros de la misma familia, fue interrogado durante
20 días sin acceso a un abogado y finalmente declarado culpable sobre la base
de una confesión firmada. Hace unos años, durante una breve evaluación médica,
se le preguntó si entendía qué era una ejecución. El hombre
respondió: 

La sabiduría nunca muere … Hay
muchas mujeres en el mundo, muchos animales. Todos viven y sienten algo.
Elefantes, dragones. De ninguna manera voy a morir … No moriré.

Un psiquiatra dijo que sufría de
“psicosis institucional”. Lo que quiso decir el profesional es que el
sistema japonés estaba llevando a muchos presos al límite mental, esperando a
que llegue un tipo que, o bien les trae la comida, o bien les informa que van
a morir en unas horas en la horca.

Esa angustia mental de no saber si cada día
será el último en la Tierra, de no poder hablar con nadie, de no poder moverte,
de saber que tu existencia es inexistente, debe ser bastante terrible. Aunque
quizá no tanto como los hechos que los llevaron hasta allí. Es posible que esta
sea la razón que lleva a más del 80% de los japoneses a creer firmemente en la
pena de muerte que impera en el país. [The Guardian, Washington Post, Capital Punishment in Japan, Wikipedia]

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