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Costó una fortuna y cambió el cine para siempre: así se construyó el mayor decorado jamás filmado

Hubo una época en la que el cine no simulaba mundos: los construía. Antes de la llegada de los efectos digitales, las grandes superproducciones levantaban ciudades enteras con madera, yeso, acero y una dosis descomunal de ambición artística. Pocas películas representan mejor esa era que Metrópolis, la obra maestra de ciencia ficción dirigida por Fritz Lang que, casi cien años después de su estreno, sigue impresionando por la magnitud y el detalle de sus decorados.
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Estrenada en 1927, Metrópolis no solo es una de las películas más influyentes de la historia del cine, sino también una de las más proféticas. Su retrato de una sociedad futurista dividida entre una élite privilegiada y una clase obrera relegada a las profundidades anticipó debates sociales, políticos y tecnológicos que siguen plenamente vigentes. Pero más allá de su discurso, hay un aspecto que continúa provocando asombro: la ciudad misma.

Una ciudad levantada desde cero

Para dar forma a ese futuro distópico, el equipo de Lang transformó los estudios Babelsberg, cerca de Berlín, en un gigantesco laboratorio creativo. Se utilizaron más de 5.000 metros cuadrados de decorados, combinando influencias del art déco, el cubismo y la Bauhaus, junto con referencias directas al skyline de Nueva York y a la Torre de Babel descrita en la Biblia.

Nada estaba dejado al azar. Las calles elevadas, los rascacielos superpuestos y las infraestructuras industriales no solo debían resultar espectaculares, sino coherentes con la lógica interna del mundo que la película proponía. La ciudad debía sentirse viva, opresiva y funcional, incluso en silencio.

El truco visual que adelantó décadas al cine

Uno de los mayores logros técnicos de Metrópolis fue el uso del llamado efecto Schüfftan, desarrollado por el director de fotografía Eugen Schüfftan. Mediante espejos estratégicamente colocados, los actores eran integrados en maquetas a gran escala, creando la ilusión de que caminaban entre edificios gigantescos.

El resultado era tan convincente que esta técnica seguiría utilizándose durante décadas y sería recuperada incluso por cineastas contemporáneos como Peter Jackson para su trilogía de El señor de los anillos. Todo sin ordenadores, sin pantallas verdes y sin retoques digitales.

Un coste desorbitado para su tiempo

La producción de Metrópolis se prolongó durante dos años y tuvo un coste superior a los siete millones de dólares de la época. Ajustada a la inflación, esa cifra superaría hoy los 200 millones de dólares, lo que la convierte en una de las películas mudas más caras jamás realizadas.

Paradójicamente, este despliegue titánico fue también la causa de sus problemas iniciales: la película fue un fracaso comercial en su estreno y sufrió numerosos recortes que desfiguraron la visión original de Lang durante décadas. No sería hasta finales del siglo XX cuando se recuperarían versiones más cercanas a su montaje definitivo.

Un legado que sigue intacto

Lejos de envejecer, Metrópolis ha ganado peso con el paso del tiempo. Su estética ha influido en incontables películas, videoclips, cómics y videojuegos. Su ciudad imposible sigue siendo una referencia obligada cuando se habla de ciencia ficción visual.

En 2027 se cumplirán cien años de su estreno. Y, aun así, resulta difícil encontrar otra película que haya logrado construir un mundo tan ambicioso, coherente y artesanal con los medios de su época. Metrópolis no solo imaginó el futuro: lo levantó ladrillo a ladrillo.

Si todavía no la viste, está disponible en Filmin. No como una reliquia del pasado, sino como una demostración de hasta dónde podía llegar el cine cuando todo —absolutamente todo— se hacía a mano.

Fuente: SensaCine.

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