¿Por qué a veces una situación mínima puede desatar una reacción desmedida? No siempre se trata del problema en sí, sino del “presupuesto energético” con el que llegamos a enfrentarlo. Nuestro cuerpo y nuestro cerebro funcionan como una economía interna: si las reservas bajan, también lo hace la capacidad de regular emociones y mantener el bienestar.
El cerebro como un gestor de energía
La neurociencia actual sostiene que el cerebro no solo piensa o siente: administra la energía del cuerpo. Según la investigadora Lisa Feldman Barrett, su tarea principal es mantenernos vivos y equilibrados, gestionando un presupuesto biológico que se ajusta cada segundo.
Cada acción, pensamiento o emoción tiene un costo metabólico. Cuando este gasto supera las reservas (por estrés, hambre, sueño insuficiente o conflictos emocionales) el sistema entra en “déficit”, y eso se traduce en irritabilidad, desánimo o agotamiento.
La neurocientífica Camilla Nord, de la Universidad de Cambridge, lo resume así: el cerebro busca constantemente la homeostasis, un equilibrio dinámico frente a los desafíos diarios. Si ese balance se rompe, las emociones comienzan a reflejar la falta de recursos, igual que una cuenta bancaria en números rojos.
Cómo el cuerpo revela lo que sentimos
La clave para detectar este desequilibrio está en la interocepción, la capacidad del cerebro para leer las señales internas del cuerpo. Hormonas, órganos y el sistema inmunitario envían información constante sobre el estado físico y emocional.
Aunque la mayoría de las veces no somos conscientes de ello, el cerebro traduce esos datos en sensaciones generales: bienestar, malestar, energía o cansancio. Este proceso origina lo que los científicos llaman “afecto”, una especie de brújula emocional que orienta cómo pensamos, decidimos y reaccionamos.
Cuando el balance energético es positivo, florecen la creatividad, la empatía y la curiosidad. Pero si el cuerpo está en bancarrota energética, surgen la irritabilidad, la apatía y la sensación de vacío. En palabras simples: el estado de ánimo es un resumen de cómo está nuestro cuerpo por dentro.

Cuatro hábitos para cuidar la economía interna
Según los especialistas de INECO, pequeñas acciones cotidianas pueden marcar una gran diferencia en la energía disponible para enfrentar el día:
1. Hacer una pausa para registrar cómo estás. Notar señales de irritabilidad, cansancio o falta de motivación ayuda a detectar a tiempo un déficit energético.
2. Dormir y alimentarse bien. Son las formas más directas de reponer energía y restaurar el equilibrio interno.
3. Conectarse con lo que da placer. Caminar, conversar con un amigo o acariciar a una mascota puede recargar las reservas emocionales.
4. Reducir exigencias en tiempos de cambio. La paciencia con uno mismo también ahorra energía cuando la mente y el cuerpo están sobrecargados.
Estas prácticas no eliminan los problemas, pero fortalecen la resiliencia y la capacidad de afrontarlos con mayor estabilidad emocional.
EM-BODY: el estudio que une ciencia y emociones
Para profundizar en esta relación entre cuerpo y mente, la Fundación INECO participa en el EM-BODY Study, un proyecto internacional que busca entender cómo las señales corporales influyen en las emociones y en la eficacia de los tratamientos psicológicos.
El estudio, realizado junto a la University College London, Cambridge, Sussex, INCYT-CONICET y la Fundación INECO. Involucra a personas con experiencias reales en salud mental, familiares y profesionales, integrando ciencia y vida cotidiana.
El doctor Adrián Yoris, director del proyecto en Argentina, explicó que las diferencias en la percepción de las señales corporales podrían explicar por qué algunas personas responden mejor que otras a ciertos tratamientos.
El poder de las pequeñas pausas
Cuidar el equilibrio interno no es una metáfora: es una práctica concreta. Comer a tiempo, dormir bien o detenerse un momento para respirar son decisiones que ayudan a mantener las “cuentas internas” en orden.
El bienestar emocional no surge solo del pensamiento positivo, sino del cuerpo que lo sostiene. Cuando esa economía invisible está en equilibrio, el mundo se siente más claro, más liviano y mucho más habitable.
[Fuente: Infobae]