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Ciencia

Durante 15.000 años, nuestros genes cambiaron muy poco. Nuestra esperanza de vida, en cambio, dio un salto extraordinario

La humanidad consiguió prolongar su vida sin una transformación equivalente de sus genes. La explicación está en los cambios que hicieron del mundo un lugar más seguro para nuestro organismo.
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Imaginemos a una persona del Neolítico subiendo a un autobús actual. Con ropa contemporánea, probablemente pasaría inadvertida entre los pasajeros. Su aspecto, sus huesos y su cerebro serían muy similares a los nuestros. Sin embargo, entre su mundo y el nuestro existe una diferencia enorme: las posibilidades de mantenerse con vida durante décadas.

Hace unos 10.000 años, la esperanza de vida media apenas rondaba los 30 años. Hoy, en España, alcanza los 86 años para las mujeres y los 81 para los hombres. El salto resulta extraordinario, sobre todo porque nuestra estructura genética básica apenas se ha modificado en ese tiempo.

La pregunta parece inevitable: ¿cómo conseguimos vivir tanto más con un cuerpo prácticamente igual? La respuesta obliga a mirar más allá del organismo. Durante miles de años, la humanidad transformó las condiciones en las que nacemos, crecemos y envejecemos. Y esa transformación terminó cambiando cuánto tiempo podemos vivir.

La ciencia creía que la genética influía poco en cuánto vivimos. Un estudio internacional con gemelos sugiere que explica más de la mitad de nuestra longevidad Extracto Durante décadas se pensó que el entorno y los hábitos pesaban mucho más que el ADN en la esperanza de vida. Un nuevo análisis con datos de gemelos de tres países apunta a lo contrario: la genética podría explicar hasta el 55% de cuánto vivimos. La pregunta lleva años flotando en la ciencia y también en la vida cotidiana: ¿vivimos más por lo que hacemos o por lo que heredamos? La respuesta nunca fue sencilla. Dieta, ejercicio, nivel socioeconómico, acceso a la salud y azar parecían explicar gran parte de la diferencia entre quienes alcanzan edades avanzadas y quienes no. La genética, según la mayoría de los estudios, jugaba un papel secundario. Ese equilibrio acaba de cambiar. Un nuevo trabajo publicado en Science sugiere que la herencia podría tener un peso mucho mayor del que se creía en la duración de la vida humana. Gemelos, datos masivos y una idea distinta El estudio fue liderado por Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias, en colaboración con investigadores de Dinamarca. Para abordarlo, el equipo recurrió a uno de los modelos más sólidos en investigación genética: el análisis de gemelos. Los científicos trabajaron con grandes cohortes de hermanos gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, combinando esos registros con modelos matemáticos avanzados y simulaciones de mortalidad humana. El objetivo no era encontrar un “gen de la longevidad”, sino algo más complejo: separar qué muertes están ligadas al envejecimiento biológico y cuáles ocurren por causas externas. Dos tipos de mortalidad que suelen mezclarse La investigación distingue entre: mortalidad extrínseca, causada por factores externos como accidentes, infecciones o violencia mortalidad intrínseca, asociada al deterioro progresivo del organismo y al envejecimiento celular Según los autores, muchos estudios previos no separaban adecuadamente ambas categorías. Al incluir muertes accidentales en el análisis, el impacto real de la genética quedaba diluido. Cuando esas causas externas se ajustan estadísticamente, el panorama cambia de forma notable. El 55% que reescribe la discusión Tras aplicar los modelos, los investigadores concluyeron que la genética explica aproximadamente el 55% de la duración de la vida humana. Es más del doble de lo estimado hasta ahora. La depuración de los datos mostró que el ADN influye principalmente sobre la mortalidad intrínseca, es decir, sobre cómo envejecen los tejidos, cómo se acumulan los daños celulares y cómo responde el organismo al paso del tiempo. En palabras del propio estudio, una vez que se tiene en cuenta correctamente la mortalidad externa, la genética aparece como “la fuerza central del envejecimiento humano”. Qué cambia con este resultado El hallazgo tiene implicaciones profundas para la ciencia de la longevidad. Para las investigadoras Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, este nuevo enfoque refuerza la necesidad de invertir esfuerzos a gran escala en identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga y saludable. Comprender esas diferencias podría ayudar a: mejorar la detección temprana de riesgos de envejecimiento acelerado desarrollar tratamientos dirigidos a vías biológicas concretas entender por qué algunas personas responden mejor que otras a ciertos fármacos La longevidad dejaría de ser un fenómeno casi impredecible para convertirse, al menos en parte, en un proceso biológico medible. Las advertencias: no todo está escrito en el ADN El estudio también ha despertado cautela entre otros expertos. Algunos recuerdan que la investigación no analiza genes específicos ni utiliza secuenciación genómica directa. Todo se basa en correlaciones estadísticas entre gemelos y modelos matemáticos. Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública en Dinamarca, señala que la duración de la vida surge de una interacción constante entre genética, ambiente y azar. Factores como la exposición ambiental, la regulación epigenética y las decisiones cotidianas siguen desempeñando un papel fundamental, incluso en personas con una predisposición genética favorable. Una pieza más clara dentro de un sistema complejo El mensaje final no es que el destino esté escrito en el ADN. Pero sí que la genética podría tener un peso mucho mayor del que la ciencia le había atribuido hasta ahora. El entorno importa, los hábitos importan y la suerte también. Sin embargo, el reloj biológico interno parece marcar el ritmo con más fuerza de lo esperado. No podemos cambiar nuestros genes. Pero entender cómo influyen podría ser la clave para aprender, por fin, a envejecer mejor.
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El mismo cuerpo en un mundo completamente diferente

Federico Zurita, profesor titular de Genética en la Universidad de Granada, explica que 15.000 años representan un intervalo muy breve desde una perspectiva evolutiva. En ese período, los genomas cambian poco, muy poco. Por eso, el aumento de la esperanza de vida no puede entenderse como el resultado de una gran renovación de nuestro ADN.

Los seres humanos del Neolítico ya contaban con una biología celular y unas capacidades cognitivas similares a las actuales. La distancia decisiva estaba en las condiciones que los rodeaban: disponer de agua potable, acceder a una alimentación variada, mantener una higiene adecuada o recibir atención sanitaria.

También hay una clave para interpretar aquellos 30 años de esperanza de vida: la mortalidad infantil. Hace miles de años, la mayoría moría antes de cumplir los cinco años, lo que reducía drásticamente el promedio. Quienes superaban esa etapa podían llegar a los 50.

Por lo tanto, aquella cifra no significaba que todos envejecieran y murieran al cumplir tres décadas. Reflejaba un mundo en el que sobrevivir a los primeros años era mucho más difícil. El avance hacia los 80 años llegó con una transformación ambiental y sanitaria capaz de proteger mejor al mismo organismo.

La infraestructura que nos permitió ganar décadas

Buena parte de esa transformación se encuentra en algo tan cotidiano como un sistema sanitario. El ranking Bloomberg Health de 2024 situó a España como el país con el sistema sanitario público más eficiente del mundo, seguido por Italia, Islandia, Japón y Suiza.

Ese reconocimiento contemplaba aspectos que iban más allá de la tecnología médica: también incluía la gestión, la prevención y la equidad. Para Zurita, la combinación de estos factores constituye uno de los grandes motores de nuestra longevidad.

La vacunación universal, los antibióticos, la atención temprana y una alimentación segura han construido una especie de entorno evolutivo artificial. Son condiciones que permiten sobrevivir durante más tiempo y conservar una mejor calidad de vida sin que sea necesaria una transformación equivalente de los genes.

Una nueva técnica permite identificar a las “células zombi” relacionadas con el envejecimiento
© Dr. Adam Sewell, M.D. | Medical Entrepreneur – Youtube.

Las consecuencias se ven en millones de personas mayores de 65 años que mantienen su salud y su autonomía. Alcanzar esas edades en tales condiciones habría resultado difícil de imaginar para nuestros antepasados.

La distancia entre unas sociedades y otras también ayuda a entender el papel de ese entorno en la esperanza de vida. Nuestro cuerpo sigue siendo esencialmente el mismo, pero las herramientas disponibles para cuidarlo han cambiado profundamente.

Vivir más también exige cuidar lo que ya tenemos

Ganar años no garantiza, por sí solo, que todos ellos transcurran con bienestar. Zurita destaca el ejercicio moderado y regular, junto con una dieta equilibrada, como pilares del envejecimiento saludable. El objetivo consiste en acompañar el funcionamiento del organismo y respetar su ritmo biológico.

El exceso de comida, el estrés y el sedentarismo deterioran los mecanismos que sostienen nuestra salud. Reducir el consumo calórico, dormir bien y moverse con frecuencia favorecen las rutas metabólicas de reparación celular que la evolución desarrolló hace miles de años.

Ese planteamiento sitúa el cuidado cotidiano en el centro de la longevidad. El cuerpo conserva sus mecanismos de mantenimiento; nuestras condiciones de vida y nuestros hábitos pueden ayudar a que funcionen mejor.

La gran transformación humana ocurrió, así, alrededor de las células: en los hospitales, en la higiene, en la alimentación y en el conocimiento compartido. La humanidad aprendió a modificar su entorno hasta convertirlo en una herramienta para prolongar su existencia.

Seguimos siendo muy parecidos por dentro a quienes vivieron hace miles de años. Lo extraordinario es que construimos un mundo capaz de sostenernos durante mucho más tiempo.

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