Imaginemos a una persona del Neolítico subiendo a un autobús actual. Con ropa contemporánea, probablemente pasaría inadvertida entre los pasajeros. Su aspecto, sus huesos y su cerebro serían muy similares a los nuestros. Sin embargo, entre su mundo y el nuestro existe una diferencia enorme: las posibilidades de mantenerse con vida durante décadas.
Hace unos 10.000 años, la esperanza de vida media apenas rondaba los 30 años. Hoy, en España, alcanza los 86 años para las mujeres y los 81 para los hombres. El salto resulta extraordinario, sobre todo porque nuestra estructura genética básica apenas se ha modificado en ese tiempo.
La pregunta parece inevitable: ¿cómo conseguimos vivir tanto más con un cuerpo prácticamente igual? La respuesta obliga a mirar más allá del organismo. Durante miles de años, la humanidad transformó las condiciones en las que nacemos, crecemos y envejecemos. Y esa transformación terminó cambiando cuánto tiempo podemos vivir.

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El mismo cuerpo en un mundo completamente diferente
Federico Zurita, profesor titular de Genética en la Universidad de Granada, explica que 15.000 años representan un intervalo muy breve desde una perspectiva evolutiva. En ese período, los genomas cambian poco, muy poco. Por eso, el aumento de la esperanza de vida no puede entenderse como el resultado de una gran renovación de nuestro ADN.
Los seres humanos del Neolítico ya contaban con una biología celular y unas capacidades cognitivas similares a las actuales. La distancia decisiva estaba en las condiciones que los rodeaban: disponer de agua potable, acceder a una alimentación variada, mantener una higiene adecuada o recibir atención sanitaria.
También hay una clave para interpretar aquellos 30 años de esperanza de vida: la mortalidad infantil. Hace miles de años, la mayoría moría antes de cumplir los cinco años, lo que reducía drásticamente el promedio. Quienes superaban esa etapa podían llegar a los 50.
Por lo tanto, aquella cifra no significaba que todos envejecieran y murieran al cumplir tres décadas. Reflejaba un mundo en el que sobrevivir a los primeros años era mucho más difícil. El avance hacia los 80 años llegó con una transformación ambiental y sanitaria capaz de proteger mejor al mismo organismo.
La infraestructura que nos permitió ganar décadas
Buena parte de esa transformación se encuentra en algo tan cotidiano como un sistema sanitario. El ranking Bloomberg Health de 2024 situó a España como el país con el sistema sanitario público más eficiente del mundo, seguido por Italia, Islandia, Japón y Suiza.
Ese reconocimiento contemplaba aspectos que iban más allá de la tecnología médica: también incluía la gestión, la prevención y la equidad. Para Zurita, la combinación de estos factores constituye uno de los grandes motores de nuestra longevidad.
La vacunación universal, los antibióticos, la atención temprana y una alimentación segura han construido una especie de entorno evolutivo artificial. Son condiciones que permiten sobrevivir durante más tiempo y conservar una mejor calidad de vida sin que sea necesaria una transformación equivalente de los genes.

Las consecuencias se ven en millones de personas mayores de 65 años que mantienen su salud y su autonomía. Alcanzar esas edades en tales condiciones habría resultado difícil de imaginar para nuestros antepasados.
La distancia entre unas sociedades y otras también ayuda a entender el papel de ese entorno en la esperanza de vida. Nuestro cuerpo sigue siendo esencialmente el mismo, pero las herramientas disponibles para cuidarlo han cambiado profundamente.
Vivir más también exige cuidar lo que ya tenemos
Ganar años no garantiza, por sí solo, que todos ellos transcurran con bienestar. Zurita destaca el ejercicio moderado y regular, junto con una dieta equilibrada, como pilares del envejecimiento saludable. El objetivo consiste en acompañar el funcionamiento del organismo y respetar su ritmo biológico.
El exceso de comida, el estrés y el sedentarismo deterioran los mecanismos que sostienen nuestra salud. Reducir el consumo calórico, dormir bien y moverse con frecuencia favorecen las rutas metabólicas de reparación celular que la evolución desarrolló hace miles de años.
Ese planteamiento sitúa el cuidado cotidiano en el centro de la longevidad. El cuerpo conserva sus mecanismos de mantenimiento; nuestras condiciones de vida y nuestros hábitos pueden ayudar a que funcionen mejor.
La gran transformación humana ocurrió, así, alrededor de las células: en los hospitales, en la higiene, en la alimentación y en el conocimiento compartido. La humanidad aprendió a modificar su entorno hasta convertirlo en una herramienta para prolongar su existencia.
Seguimos siendo muy parecidos por dentro a quienes vivieron hace miles de años. Lo extraordinario es que construimos un mundo capaz de sostenernos durante mucho más tiempo.