Un consenso inédito entre los especialistas
Por primera vez en España, sociedades médicas de pediatría, neurología, psicología, psiquiatría y oftalmología lanzaron una advertencia conjunta: el uso excesivo de tecnología está afectando de forma grave la salud mental de los menores.
El fenómeno, que durante años se trató como una sospecha o intuición, hoy está respaldado por evidencias científicas consistentes.
“No estamos en contra de la tecnología, sino a favor de un acceso racional y progresivo, acorde con la madurez de cada persona”, enfatiza Mar España, exdirectora de la Agencia Española de Protección de Datos y actual titular de la plataforma Control Z, dedicada a la prevención del uso problemático de pantallas.
Cuanto más tarde, mejor
Los datos de la organización Sapiens Labs, obtenidos de 28.000 jóvenes de distintos países, son contundentes: la edad del primer móvil predice la salud mental futura.
Entre las mujeres que recibieron su primer teléfono a los seis años, el 74% mostró síntomas de malestar psicológico en la adultez joven, frente al 46% de quienes lo tuvieron recién a los 18.
En los hombres, las cifras bajan del 42% al 36%, pero el patrón se repite.
Sin embargo, la realidad española apunta en sentido contrario: el 92% de los menores de 12 años ya posee móvil propio y el 98,5% está registrado al menos en una red social, según UNICEF España. La edad media de acceso es de apenas 10,9 años.

Generación hiperconectada, empatía en retroceso
“El huracán de la digitalización nos tomó por sorpresa”, reconoce Francisco Villar, psicólogo clínico del Hospital Sant Joan de Déu.
“Pensábamos que la tecnología les ayudaría a aprender y socializar, pero nos equivocamos. La calidad de vida de los chicos ha bajado: son menos empáticos, más impulsivos y menos tolerantes a la frustración”.
Villar observa además una exposición precoz a contenidos violentos y pornográficos, especialmente a través de grupos de mensajería.
A ello se suma la distorsión estética: “Tenemos niñas de nueve años preocupadas por el envejecimiento sin haber llegado a la juventud”, lamenta Mar España.
La estimulación constante de las pantallas impide que el cerebro infantil tenga momentos de calma, afectando sueño, atención y regulación emocional.
El lado oscuro de los algoritmos
Las consecuencias comienzan a medirse en cifras. En la última década, los ingresos hospitalarios por conductas suicidas en menores se han cuadruplicado: de 250 casos en 2013 a más de 1.000 desde 2021, según datos del Sant Joan de Déu.
Estudios de la Fundación Molly Rose y Amnistía Internacional demuestran que los algoritmos de redes sociales como Instagram o TikTok pueden empujar a adolescentes hacia contenidos depresivos o autolesivos tras búsquedas tan simples como “estoy triste”.
“La persona que más daño puede causar a otro adolescente no es un adulto malintencionado, sino otro niño que comparte su dolor”, advierte Villar, en referencia a las comunidades virtuales donde los jóvenes con pensamientos suicidas se refuerzan mutuamente.
Un problema también legal y ético
“El diseño adictivo de las redes sociales está prohibido por ley”, recuerda Mar España, citando el Reglamento General de Protección de Datos y la Ley de Servicios Digitales europea.
Sin embargo, las plataformas continúan utilizando sistemas para maximizar la retención de los menores, basando su modelo económico en la explotación de datos personales.

“Privacidad e ingresos económicos son términos antagónicos”, se resume en el libro Esclavos del algoritmo (Debate, 2025).
Varias comunidades autónomas —Madrid, Cataluña, Baleares, Asturias y Cantabria— ya prohibieron los móviles en las aulas, mientras otros países europeos han elevado a 16 años la edad mínima para acceder a redes sociales.
“El agua digital que bebemos”
Mar España propone ir más allá: modificar el Código Penal para exigir responsabilidad directa a las plataformas que no verifican la edad de sus usuarios.
“Es igual de grave que si contaminas el agua potable”, afirma. “El agua digital que bebemos está contaminando nuestro cerebro, nuestras formas de vivir y de relacionarnos”.
Su metáfora resume el desafío urgente que enfrentan familias, educadores y gobiernos: una generación que crece hiperconectada, pero emocionalmente más frágil.
Fuente: Meteored.