Durante algunas décadas, la arqueología ibérica ha vivido bajo una misma premisa: tras la desaparición de los neandertales, el interior de la península quedó prácticamente deshabitado. La Meseta era, según los modelos clásicos, una región demasiado hostil para los primeros Homo sapiens, que habrían preferido asentarse en zonas costeras o valles suaves. Pero un nuevo estudio desmonta esa visión de raíz.
Este hallazgo procede del Abrigo de La Malia, en Tamajón (Guadalajara), un enclave que acaba de convertirse en una pieza clave para reescribir la prehistoria peninsular. Su registro fósil, analizado con detalle por un equipo de investigadores de la Universidad de Valencia y CONICET, revela algo sorprendente: la Meseta no solo no estaba vacía en el Paleolítico superior temprano, sino que fue visitada de manera recurrente durante al menos 10.000 años.
Cuando la ciencia pensaba que nadie vivía allí

El consenso académico sostenía que el interior de Iberia fue un “vacío poblacional” hace unos 36.000 años, coincidiendo con la llegada de los primeros humanos modernos. La hipótesis tenía lógica: un clima duro, cambios ambientales constantes y escasez de refugios naturales parecían incompatibles con asentamientos estables o incluso ocupaciones periódicas.
Sin embargo, el estudio publicado en Quaternary Science Advances demuestra que esa imagen estaba incompleta. La profesora Sonia Ros, especialista en tafonomía y zooarqueología, explica que los restos faunísticos indican ocupaciones breves pero continuas. Grupos humanos que conocían profundamente su entorno regresaban al abrigo una y otra vez para cazar, aprovisionarse y procesar recursos animales antes de seguir su ruta.
La clave está en los patrones de fracturación, marcas de corte y selección de huesos. No se trata de visitas aisladas, sino de estrategias de movilidad complejas, propias de sociedades nómadas que sabían cómo sacar partido de un territorio que siempre se había considerado marginal.
Cazar, procesar, marcharse y volver: la vida en la Meseta

Este estudio revela que estos grupos de Homo sapiens no utilizaban La Malia como campamento base, sino como estación funcional dentro de rutas mucho más amplias. Eran poblaciones móviles, adaptadas a condiciones climáticas extremas y capaces de explotar recursos de ungulados medianos y grandes.
Su conocimiento del terreno era profundo: sabían cuándo operar, qué zonas ofrecerían presas y cómo procesarlas para maximizar su aprovechamiento. Lejos de ser un desierto humano, la Meseta actuaba como un corredor de subsistencia, un territorio duro pero lleno de oportunidades para quienes dominaban sus ritmos.
Los autores destacan que el entorno ofrecía suficientes recursos para sostener la actividad humana, incluso en periodos de fuerte variabilidad climática. En vez de evitar la región, los primeros sapiens parecieron integrarla en sus ciclos estacionales.
La reescritura de la prehistoria ibérica
La consecuencia científica es contundente: la idea de que la Meseta quedó deshabitada tras la desaparición neandertal ya no se sostiene. La evidencia obliga a replantear los modelos clásicos de ocupación humana y las narrativas sobre cómo se expandieron los primeros sapiens por Europa occidental.
Durante el Triásico… no. Aquí el giro es distinto: hablamos de Paleolítico superior, un periodo extremadamente dinámico donde la presencia humana se adapta a climas cambiantes, fauna en transformación y paisajes en reconfiguración constante.
El nuevo estudio demuestra que la ocupación humana fue más diversa y resiliente de lo que se pensaba. Que la Meseta no era una frontera inhóspita, sino un espacio integrado en las estrategias de movilidad de comunidades expertas en sobrevivir en condiciones exigentes.
El proyecto que está cambiado el mapa del Paleolítico peninsular

El trabajo forma parte de un proyecto financiado por la Junta de Castilla – La Mancha y realizado en colaboración con varias instituciones: el CENIEH, el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES), la Universidad Complutense y la Universidad del País Vasco.
Gracias a técnicas tafonómicas avanzadas y bases de datos comparativas internacionales, los investigadores han reconstruido no solo qué animales se cazaban, sino cómo, cuándo y por qué. Ese nivel de detalle permite perfilar una imagen nueva del Paleolítico ibérico: una en la que el interior peninsular no es periferia, sino territorio activo.
Un descubrimiento que vuelve a poner a Iberia en el centro
Lo que revela La Malia no es solo un yacimiento más, sino un punto de inflexión. Demuestra que la historia temprana de los Homo sapiens en la península es más compleja, más rica y más dinámica de lo que muchas teorías habían asumido.
Una región considerada vacía durante miles de años resulta haber sido escenario de estrategias de supervivencia sofisticadas. Y cada fragmento óseo descubierto parece repetir lo mismo: los primeros humanos no evitaron la Meseta; la comprendieron.