En 1901 unos buzos que recolectaban esponjas descubrieron un antiguo naufragio frente a las costas de Anticitera, una isla griega. Entre los materiales que se recuperaron, un dispositivo de metal muy corroído, llamó la atención del arqueólogo Valerios Stais. El artefacto resultó ser un dispositivo mecánico asombrosamente complejo, aunque fragmentado, de entre los siglos II y I AC. Se lo conoce como el mecanismo de Anticitera, y se considera que fue la primera computadora analógica del mundo, que con un sistema de engranajes y marcadores, medía el tiempo y rastreaba eventos astronómicos.
Se llevó a cabo un nuevo estudio, que le suma un giro a la historia de este famoso dispositivo y que sugiere que el mecanismo de Anticitera tal vez jamás funcionó como debía y que no era más que una elegante chuchería. La forma triangular de los dientes de los engranajes no era el problema, de acuerdo a las nuevas simulaciones. Más bien, el obstáculo estaba en los defectos probables de su construcción. El nuevo estudio muestra que incluso el más pequeño error de fabricación podría haber causado que el mecanismo se trabara, o bien patinara, lo que hace surgir la posibilidad de que el mecanismo de Anticitera no fuera funcional, o que se hubiera construido originalmente con mayor precisión de la que hoy logra discernir la ciencia
Desde que se lo descubrió hubo muchos estudiosos que cuestionaron si el mecanismo de Anticitera alguna vez funcionó o si no era más que un aparato del que se exageraban las propiedades. Con la misma intención, dos ingenieros de la Universidad Nacional de Mar del Plata de Argentina, Esteban Guillermo Szigety y Gustavo Francisco Arenas, combinaron los estudios anteriores para analizar de qué manera los errores de fabricación y los dientes triangulares de los engranajes podrían haber tenido impacto en su funcionalidad. Detallan todo esto en el trabajo que postearon el 1 de abril en el servidor arXiv, que todavía está pendiente de revisión por expertos.
Cómo debía funcionar
El mecanismo de Anticitera tenía indicadores interconectados (como las agujas de un reloj) que señalaban las posiciones del sol y la luna en el zodíaco, futuros eclipses, la fecha del calendario egipcio y un calendario griego de luna y sol. “Los indicadores se ven impulsados por los engranajes, y eso presenta dos principales orígenes de error que afectan su precisión”, explican los investigadores. “Ante todo, la forma triangular de los dientes da como resultado un movimiento que no es uniforme, y con cada giro se produce aceleración y desaceleración”. Hoy los engranajes modernos usan dientes de perfil involuto. “En segundo lugar, las inevitables imprecisiones en la fabricación de los engranajes también pueden generar errores”.
Para investigar de qué modo podrían haber afectado el funcionamiento estas dos características, simularon el sistema utilizando un modelo computarizado que incorporaba las mediciones anteriores de dos investigadores – Alan Thorndike y Mike Edmunds – que habían analizado respectivamente los problemas del “diente en triángulo”, y la “fabricación”.
En última instancia, “nuestros hallazgos indican que aunque la forma triangular de los dientes en sí misma produce errores negligibles, la imprecisión de fabricación aumenta significativamente el problema de atascamientos o desencajonamientos”, escribieron los investigadores. “Es decir que los problemas de fabricación que había medido Edmunds habrían hecho que el mecanismo de Anticitera fuese prácticamente inutilizable. “Como resultado surgen dos posibilidades: o nunca funcionó, o sus errores eran más pequeños que los que Edmunds encontró”.
Añaden también que aunque es posible, es poco probable que alguien intencionalmente construyera un dispositivo tan poco utilizable. Sugieren que los análisis de Edmunds tal vez contenían el error natural debido al estado tan corroído del artefacto, y señalan que sus propios resultados también deben interpretarse con cautela por la naturaleza especulativa de su estudio.
El trabajo no pone fin al debate de si el mecanismo de Anticitera funcionaba o no. Más bien, impulsa mayor nivel de conversación. La ciencia sigue analizando el dispositivo a partir de los restos tan mal preservados, pero cada análisis revela algo nuevo al tiempo de recordarnos que los marcadores debían ser increíblemente precisos.