El subsuelo del Centro Histórico de la Ciudad de México guarda secretos que aún estremecen. Entre ellos, el Huei Tzompantli, un altar compuesto por centenares de cráneos humanos que durante siglos permaneció oculto bajo la tierra. Hoy, gracias a estudios interdisciplinarios, comienzan a emerger pistas sobre quiénes fueron las víctimas y qué papel cumplía esta monumental estructura ceremonial.
Un altar de cráneos en el Templo Mayor

Descubierto en 2015 por arqueólogos del INAH, el Huei Tzompantli de Tenochtitlán fue una de las construcciones más imponentes del Templo Mayor. En él se colocaban los cráneos de sacrificados, cuidadosamente dispuestos en una empalizada que convertía el lugar en un símbolo de poder y devoción religiosa.
En total, se han identificado 214 cráneos, de los cuales un 46,3 % pertenecía a hombres y un 37,4 % a mujeres, mientras que el resto no pudo clasificarse debido a su estado incompleto o a que correspondían a niños pequeños. La presencia de ambos sexos y distintas edades muestra que los sacrificios no se limitaban únicamente a guerreros capturados.
Ciencia para reconstruir el pasado

Tras su restauración y conservación, los restos están siendo analizados por el Museo del Templo Mayor y la ENAH. Los investigadores aplican técnicas de isótopos estables de carbono, oxígeno y estroncio en los molares, capaces de registrar la dieta y el agua consumida en los primeros años de vida, lo que permite identificar el lugar de origen de cada individuo.
De hecho, muestras de 83 cráneos ya fueron enviadas a la Universidad de Georgia para un estudio detallado. Paralelamente, el proyecto más ambicioso es el análisis de ADN antiguo, con apoyo del Instituto Max Planck de Alemania, que podría revelar parentescos, orígenes étnicos y hasta vínculos migratorios de las víctimas.
Un espacio sagrado y enigmático
Uno de los grandes misterios es cómo los mexicas mantenían unidas las mandíbulas a los cráneos adultos, dado que los tejidos blandos eran retirados para el ritual. En contraste, los cráneos infantiles no presentan perforaciones, lo que sugiere que fueron tratados de otra manera para no desintegrarse.
Para los especialistas, el Huei Tzompantli no era solo una muestra de brutalidad ritual, sino también un espacio sagrado cuidadosamente mantenido. El impecable estado de conservación de los cráneos apunta a que había personal especializado encargado de preservar esta estructura, símbolo del poder político y religioso de los mexicas en su capital.
El enigma de quiénes fueron exactamente esas más de 200 personas aún no está resuelto, pero cada análisis acerca un poco más a la respuesta. En sus huesos descansa no solo la historia de las víctimas, sino también la memoria de un imperio que hizo del sacrificio un acto de fe y de dominio.