A comienzos del siglo XX, un médico y empresario argentino quiso tener en su estancia las mismas cacerías que la aristocracia europea. Para lograrlo importó ciervos desde el otro lado del Atlántico. Más de un siglo después, esa decisión se convirtió en uno de los problemas ambientales más difíciles de resolver en el sur de Sudamérica.
El protagonista es el ciervo colorado (Cervus elaphus), un animal nativo de Europa, Asia y el norte de África que hoy se encuentra en buena parte de Argentina y que ya cruzó la cordillera hacia Chile. Su expansión altera los bosques andino-patagónicos y presiona a una de las especies más emblemáticas y amenazadas de la región: el huemul.
Un capricho de cazador que salió muy caro

El responsable fue Pedro Olegario Luro, un médico, empresario y aficionado a la caza. Su primer intento, en 1901, fracasó: liberó animales en la isla Vizcaíno, sobre el río Paraná, en la provincia de Entre Ríos, y las crecidas del río terminaron con ellos.
En 1906 lo volvió a intentar con ciervos traídos de los Cárpatos y de Austria. Los animales cruzaron el océano en barco y luego viajaron en tren hasta una propiedad de unas 24.000 hectáreas en Toay, en la provincia de La Pampa, en el centro de Argentina. Junto con ellos llegaron también jabalíes y faisanes. Aquella estancia es hoy la Reserva Provincial Parque Luro.
Entre 1917 y 1922 se liberaron otros ejemplares en una estancia de la provincia de Neuquén, en el norte de la Patagonia, donde la especie prosperó con enorme éxito. Desde allí se extendió por la región cordillerana y llegó a parques nacionales como Lanín y Nahuel Huapi.
Dónde vive hoy y cuántos son

Actualmente el ciervo colorado ocupa las provincias de La Pampa, Buenos Aires, San Luis, Neuquén, Río Negro y Chubut, además de la Isla de los Estados, frente a Tierra del Fuego. A comienzos de la década de 2000 se estimaba que en la Patagonia argentina había alrededor de 100.000 ejemplares.
La especie figura en la lista de las 100 peores especies exóticas invasoras del mundo que elabora el Grupo de Especialistas en Especies Invasoras de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). En Argentina está catalogada oficialmente como especie exótica invasora desde 2021, aunque en una categoría que permite su uso controlado.
Cómo transforma los bosques nativos
El ciervo colorado es un herbívoro muy versátil. Come hierbas, hojas, corteza, frutos y, sobre todo, los brotes jóvenes de los árboles. Al pisotear y consumir los renovales, impide que el bosque se regenere: los árboles adultos siguen en pie, pero no aparecen ejemplares nuevos que los reemplacen.
Con el tiempo, ese ramoneo constante modifica la composición de la vegetación y del suelo de los bosques andino-patagónicos. En la región pampeana, además, el animal compite con el ganado por el forraje y puede causar daños en cultivos. Investigadores argentinos también estudian su papel como posible transmisor de enfermedades al ganado y a otros animales silvestres.
El huemul, la víctima más vulnerable

El huemul (Hippocamelus bisulcus) es un ciervo nativo de los Andes del sur, compartido por Argentina y Chile. Está clasificado como en peligro de extinción por la UICN, es Monumento Natural Nacional en Argentina y aparece en el escudo de Chile.
Los especialistas consideran que el ciervo colorado compite con el huemul y también con el pudú, el ciervo más pequeño de América, por el alimento y el espacio. Al ser más grande, más prolífico y más tolerante a distintos ambientes, el invasor tiene ventaja en esa disputa.
Un problema que se repite en otros continentes
Argentina no es el único caso. El ciervo colorado también fue introducido por motivos de caza en Nueva Zelanda y Australia, donde se volvió una plaga que daña la vegetación nativa. El patrón es casi siempre el mismo: una especie llevada por placer o por interés económico que, sin depredadores naturales, se expande sin control.
Lo que complica la solución en Argentina es que el ciervo colorado hoy genera ingresos a través de la caza deportiva, el turismo rural, la ganadería de ciervos y la producción de carne. Esa doble condición, recurso económico y amenaza ecológica, hace que controlar su población sea un desafío tanto científico como político.