En algún momento de 1985 o 1986, uno o varios barcos procedentes de Europa llegaron a la región de los Grandes Lagos y realizaron una operación completamente rutinaria: descargar parte del agua que llevaban en sus tanques de lastre. Con ella viajaban pasajeros diminutos.
Eran larvas de mejillón cebra (Dreissena polymorpha), una especie originaria de Eurasia que probablemente atravesó el Atlántico sin que nadie la detectara. En 1988 apareció oficialmente en el lago St. Clair, entre Huron y Erie. Tres años después ya se había extendido por prácticamente todo el sistema de los Grandes Lagos.
Cuarenta años más tarde, Estados Unidos continúa intentando evitar que aquella invasión siga repitiéndose en nuevos lugares. Y esta vez ha decidido convertir el problema en una competición: el Bureau of Reclamation ofrece una bolsa de hasta 550.000 dólares a quienes encuentren mejores formas de impedir que estos animales viajen escondidos dentro de las embarcaciones.
El problema cabe dentro de una gota de agua

El mejillón cebra adulto apenas alcanza el tamaño de una uña. Sus larvas, conocidas como velígeras, son todavía más difíciles de detectar. Eso les permite viajar en pequeñas cantidades de agua retenidas dentro de tanques, conductos y compartimentos de barcos recreativos. Una embarcación puede salir aparentemente limpia de un lago y transportar organismos vivos hasta otro cientos de kilómetros más lejos.
La consecuencia se hizo evidente muy pronto. Los mejillones se adhieren masivamente a prácticamente cualquier superficie rígida. El USGS llegó a registrar densidades de hasta 700.000 individuos por metro cuadrado en el canal de entrada de una central eléctrica. En algunas plantas de tratamiento, las colonias redujeron el diámetro útil de tuberías hasta en dos tercios. También transforman los ecosistemas.
Son filtradores extremadamente eficientes: retiran fitoplancton del agua, modifican los ciclos de nutrientes y eliminan una fuente básica de alimento para otras especies. Paradójicamente, el agua puede parecer más limpia y transparente mientras la cadena alimentaria que había debajo está siendo alterada. Y el mejillón cebra ya no está solo. Su pariente, el mejillón quagga, terminó dominando muchas zonas profundas de los Grandes Lagos y ambas especies se han extendido por diferentes regiones de Estados Unidos.
EEUU ya limpia 90.000 barcos al año. No es suficiente

La solución actual tiene algo de lavado de coches llevado al extremo. En el oeste de Estados Unidos se realizan más de 90.000 descontaminaciones de embarcaciones cada año. Los compartimentos sospechosos se llenan y enjuagan con agua a unos 49 ºC para matar organismos que puedan permanecer ocultos. Cada procedimiento puede tardar entre 30 y 60 minutos y requiere equipos y personal especializado.
Ahí entra Halt the Hitchhiker.
El concurso lanzado por el Bureau of Reclamation busca sistemas capaces de matar, excluir o inutilizar especies invasoras dentro del agua retenida por las embarcaciones sin dañar el barco, a las personas o al medioambiente. No pretende eliminar los mejillones que ya dominan los Grandes Lagos, sino cerrar una de las rutas que utilizan para conquistar nuevos ecosistemas.
La primera fase ya dejó seis ideas ganadoras, cada una premiada con 25.000 dólares. Entre ellas hay sistemas de filtrado, reactores ultravioleta, tratamientos UV portátiles y una sonda bioeléctrica.
Las propuestas pasarán ahora por presentaciones técnicas y, posteriormente, por una fase de prototipos. La bolsa completa del programa alcanza los 550.000 dólares, con un premio máximo de 125.000 dólares para el mejor prototipo final.
El auténtico premio es impedir que la historia vuelva a empezar
Solo los mejillones cebra y quagga generan más de 1.000 millones de dólares anuales en daños y medidas de control en Estados Unidos, según los responsables del concurso. Y la amenaza continúa moviéndose hacia el oeste. En 2024 apareció en California otro invasor, el mejillón dorado, mientras que en 2026 científicos estadounidenses ya analizaban el riesgo de expansión de los quagga por la cuenca del río Columbia.
Por eso hay algo casi irónico en todo este esfuerzo. Hace cuatro décadas hicieron falta unas larvas invisibles y agua almacenada en el fondo de unos barcos para transformar uno de los mayores sistemas de agua dulce del planeta. Ahora Estados Unidos está dispuesto a pagar cientos de miles de dólares por encontrar una forma de asegurarse de que el próximo pasajero clandestino no consiga repetir el viaje.