Hay invasiones biológicas que se parecen a una guerra de desgaste. La de la pitón birmana en Florida es una de las peores. Este reptil, originario del sudeste asiático, lleva décadas extendiéndose por los Everglades y otras zonas del sur del estado. Algunos ejemplares pueden acercarse a los seis metros de longitud y rondar los 90 kilos, pero su tamaño no es el principal problema.
Lo verdaderamente desesperante es que, incluso siendo enormes, son extremadamente difíciles de localizar entre la vegetación, el agua y el barro de uno de los ecosistemas más complejos de Estados Unidos. Y ahí entra una de las ideas más extrañas que ha dado la lucha contra especies invasoras en mucho tiempo: conejos robóticos de peluche.
El plan no consiste en perseguir a la serpiente, sino en hacer que la serpiente venga sola

Florida lleva años probando prácticamente de todo para intentar contener a las pitones: desde restricciones a la compra, venta y transporte de la especie hasta cámaras infrarrojas, análisis de ADN ambiental y el uso de machos con radiotransmisores para seguirlos durante la época reproductiva y encontrar a las hembras ocultas.
El problema es que ninguna de esas herramientas convierte la búsqueda en algo sencillo. Y cuando una especie invasora resulta tan eficaz como depredador y tan difícil de detectar, el control se vuelve lentísimo.
Los datos que suelen citarse explican por qué el asunto preocupa tanto. En áreas ocupadas por pitones, los avistamientos de mapaches se desplomaron más de un 99% entre 2003 y 2011; los de gatos monteses, un 87,5%; y en algunos lugares los conejos directamente desaparecieron.
La Universidad de Florida decidió entonces explorar una idea distinta: aprovechar el propio comportamiento depredador de la serpiente. Primero lo hizo con conejos vivos. En aquel ensayo, los animales servían como reclamo en puntos concretos vigilados por cámaras, y el sistema permitió registrar 21 pitones, aproximadamente a razón de una detección por semana. El experimento demostraba que la estrategia podía funcionar, pero también dejaba claro que mantener presas vivas en el terreno era poco práctico, exigente y complicado de escalar.
La solución fue tan simple como insólita: sustituirlos por 40 conejos de peluche modificados.
Estos conejos falsos se mueven, emiten calor y pronto también olerán como una presa real

Los investigadores retiraron el relleno de los peluches y los convirtieron en señuelos tecnológicos. Les añadieron motores para producir vibración y movimiento, elementos calefactores para imitar la temperatura corporal de un animal vivo y paneles solares para mantener el sistema funcionando en los Everglades. El siguiente paso será sumar señales olfativas parecidas a las de un conejo real.
La lógica es brillante: si el señuelo reproduce suficientes pistas de una presa auténtica, puede atraer a las pitones hasta un lugar conocido y vigilado, en vez de obligar a los biólogos a peinar enormes extensiones de humedal esperando ver una serpiente que casi nunca quiere ser vista. Además, el proyecto se completa con un sistema de inteligencia artificial pensado para reconocer cuándo una pitón se aproxima y avisar a los equipos de captura.
Robert McCleery, profesor del Departamento de Ecología y Conservación de la Vida Silvestre de la Universidad de Florida, lo resumió con claridad: la idea es “imitar todos los procesos de un conejo real”.

Por ahora conviene no venderlo como la solución definitiva. Los investigadores no publicarán los resultados completos hasta noviembre, y ni siquiera han revelado dónde están colocados los dispositivos para evitar interferencias. Tampoco nadie cree ya que erradicar completamente a la pitón birmana de Florida sea realista.
Pero el objetivo no es ese. El objetivo es reducir su abundancia, limitar el daño ecológico y dar un respiro a una fauna local que lleva años perdiendo terreno. Y si para conseguirlo hay que llenar los humedales de falsos conejos calientes que se mueven y engañan serpientes gigantes, Florida parece dispuesta a intentarlo.