Hace unos 18.000 años, mientras buena parte de Europa permanecía sometida a las condiciones extremas de la última glaciación, alguien se sentó junto a un colmillo de mamut y comenzó a trabajar. Con herramientas de piedra, transformó aquel material en pequeñas figuras de aspecto humano, cubiertas por extraños zigzags, curvas y motivos geométricos.
Las piezas sobrevivieron durante milenios bajo el suelo de lo que hoy es Ucrania, hasta que comenzaron a recuperarse a principios del siglo XX. Los arqueólogos las bautizaron como las Venus de Mizyn, convencidos de que representaban cuerpos femeninos. Pero había algo que nunca habían conseguido explicar satisfactoriamente: ¿por qué sus creadores eligieron precisamente aquellos diseños?
Más de cien años después, un equipo internacional de investigadores ha encontrado una respuesta que obliga a reconsiderar cómo surgieron algunas de las tradiciones artísticas de la prehistoria.
El estudio, publicado en npj Heritage Science, demuestra que las formas grabadas en las estatuillas estaban estrechamente relacionadas con la propia estructura del marfil. Y esa conexión revela una manera de entender el arte mucho más compleja de lo que se pensaba.
Dieciocho figuras que escondían un secreto bajo su superficie

Las piezas proceden del yacimiento paleolítico de Mizyn, situado junto al río Desná, en el norte de Ucrania. Once fueron descubiertas entre 1908 y 1909, mientras que otras siete aparecieron durante excavaciones posteriores. Su antigüedad se sitúa aproximadamente entre 18.800 y 17.400 años, una época en la que las comunidades humanas europeas comenzaban a adaptarse a las transformaciones ambientales posteriores al Último Máximo Glacial.
Para estudiarlas, el equipo dirigido por Simon Radchenko, de la Universidad de Stavanger, combinó microscopía de alta resolución y modelos digitales tridimensionales. El trabajo también contó con especialistas de la Universidad de York, el Museo Nacional de Historia de Ucrania y el Centro Leibniz de Arqueología.
Las nuevas técnicas permitieron examinar detalles diminutos de los grabados y reconstruir cómo se habían elaborado las figuras. El resultado fue sorprendente: muchos de los motivos geométricos no parecían elegidos arbitrariamente. Los artesanos habían aprovechado patrones que ya existían en el interior de los colmillos de mamut.
El material no era solamente el soporte: también inspiraba al artista

El marfil de mamut presenta dos estructuras naturales especialmente características. Las llamadas líneas de Schreger forman patrones entrecruzados visibles en determinadas secciones del colmillo. Por su parte, las líneas de Owen corresponden a capas de crecimiento de la dentina, dispuestas de manera concéntrica.
Al comparar estas estructuras con los grabados, los investigadores descubrieron coincidencias difíciles de ignorar. Los zigzags reproducían patrones semejantes a los de Schreger, mientras que determinados motivos ondulados seguían las formas de las líneas de Owen. En algunos casos, la correspondencia entre los grabados y las estructuras naturales alcanzaba una precisión inferior al milímetro.
Como explicó la arqueóloga Aimée Little, de la Universidad de York, el descubrimiento permite comprender mejor cómo las sociedades paleolíticas percibían los materiales de su entorno y los incorporaban a sus prácticas culturales. No se trataba simplemente de utilizar un colmillo como superficie sobre la que dibujar. Los artistas observaban sus características y las integraban deliberadamente en las composiciones.
Esto tampoco significa que se conozca el significado simbólico de las estatuillas. Su posible utilización ritual, social o espiritual continúa siendo objeto de debate. Lo que ahora puede reconstruirse con mayor precisión es el proceso creativo que siguieron sus fabricantes.
El descubrimiento cuestiona una vieja explicación sobre la evolución del arte

Durante mucho tiempo, la historia del arte prehistórico se interpretó mediante una progresión relativamente sencilla: primero habrían aparecido representaciones figurativas reconocibles y, posteriormente, formas cada vez más abstractas y esquemáticas. Sin embargo, las Venus de Mizyn sugieren que esa transformación no ocurrió de manera uniforme en todo el continente.
Los investigadores identificaron un intervalo de entre 1.000 y 3.000 años durante el Último Máximo Glacial en el que las representaciones antropomorfas conocidas disminuyeron notablemente en Europa.
Las figuras ucranianas se encuentran entre las primeras expresiones de este tipo documentadas después de aquel periodo. Además, muestran características que no aparecen de la misma manera en tradiciones posteriores de Europa occidental. Para Dmytro Kiosak, del Centro Leibniz de Arqueología, los resultados cuestionan la idea de una evolución artística lineal desde diseños sencillos hacia otros progresivamente más complejos. En cambio, apuntan a distintas tradiciones creativas que pudieron desarrollarse de forma independiente, utilizando materiales, técnicas y símbolos propios.
La investigación también adquiere una dimensión patrimonial. Las figuras fueron digitalizadas como parte de los esfuerzos para preservar el patrimonio arqueológico ucraniano, especialmente relevantes en el contexto de la guerra.
El hallazgo no permite identificar quiénes fueron aquellos artistas ni qué significaban exactamente sus obras. Pero revela algo fundamental: hace 18.000 años, la creatividad humana no consistía únicamente en imponer formas sobre la naturaleza. También podía comenzar observando lo que la naturaleza ya había dibujado.