Hace unos 3.700 años, alguien decidió que enterrar a un hombre no era suficiente. Su cuerpo quedó colocado bajo el suelo de una gran sala de La Almoloya, uno de los principales asentamientos de la cultura de El Argar en la actual Murcia. La cara estaba apenas a un centímetro del pavimento, justo donde quienes atravesaban la estancia debían pasar por encima. Y entre sus dientes había una piedra.
Los arqueólogos terminaron llamándolo “el enemigo”. Ahora, un trabajo publicado en ‘Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones plantea una posibilidad bastante más inquietante. Marco Mazón Gomariz propone que aquella disposición pudo formar parte de un ritual mágico de aniquilación, destinado no solo a humillar al individuo AY5, sino a neutralizar simbólicamente aquello que representaba. La propia investigación presenta la interpretación como plausible, pero estrictamente hipotética.
El muerto estaba exactamente donde todos tenían que pisarlo

La Almoloya fue ocupada aproximadamente entre 2200 y 1550 a. C. y se convirtió en uno de los grandes centros políticos de El Argar. Entre sus edificios destaca una sala de unos 70 metros cuadrados, con bancos, un podio y un gran hogar, interpretada por el equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona como un espacio de reunión o audiencia capaz de reunir a decenas de personas.
AY5 apareció allí de una forma completamente diferente de los enterramientos argáricos habituales. Era un hombre de unos 40 años y aproximadamente 1,63 metros. No llevaba ajuar funerario y tampoco fue depositado en una urna o cista. El suelo inferior fue modificado expresamente para introducir el cuerpo, dejando su rostro prácticamente a nivel del pavimento y parte de las piernas bajo el hogar.
La colocación difícilmente parece accidental. Además, tenía una piedra encajada en la boca. No se han identificado lesiones óseas que permitan saber cómo murió, y algunas formas de ejecución (como el estrangulamiento) podrían no dejar marcas evidentes en el esqueleto. Incluso existe la posibilidad de que el cadáver hubiera pasado tiempo en otro lugar antes de ser trasladado. Pero el conjunto resulta extraño incluso dentro de un yacimiento donde los muertos convivían literalmente bajo las viviendas.
Egipto y Mesopotamia ofrecen un paralelismo inquietante

Mazón mira hacia el Mediterráneo oriental para intentar comprender la escena. En Egipto, representar al enemigo físicamente debajo del gobernante fue una fórmula de poder durante milenios. La famosa Paleta de Narmer, de alrededor del 3100 a. C., muestra al rey golpeando a un enemigo y, en otra escena, pisoteando a un adversario. El motivo terminaría convirtiéndose en parte de la iconografía de la monarquía egipcia.
La idea llegó incluso al calzado: las sandalias de Tutankamón representaban enemigos cautivos en las suelas, permitiendo que el faraón los pisara simbólicamente con cada paso.
En Mesopotamia también aparecen prácticas mágicas en las que figuras que representaban enemigos o hechiceros eran destruidas, enterradas o colocadas en lugares donde pudieran ser pisadas. Silenciar mágicamente la boca del adversario era otra forma de neutralizar su poder. Ese paralelismo hace especialmente sugerente la piedra de AY5: pisarlo impediría que se levantara; taparle la boca impediría que hablara.
El problema es que no sabemos qué pensaban realmente los argáricos
Ahí está también el límite del estudio. El Argar no dejó textos que expliquen sus rituales. Comparar La Almoloya con Egipto, Mesopotamia o Anatolia puede revelar patrones interesantes, pero no demuestra que compartieran las mismas creencias.
Mazón ya había planteado anteriormente que La Almoloya pudo tener una dimensión religiosa mucho mayor de la que tradicionalmente se le atribuye, basándose precisamente en comparaciones arquitectónicas con complejos ceremoniales del Egeo y Próximo Oriente. Incluso aventura que AY5 pudo ser una persona relevante (quizá un sacerdote caído en desgracia) convertida posteriormente en enemigo. Pero esa parte es todavía más especulativa.
Lo que sí dejó la arqueología es una escena difícil de ignorar: alguien colocó deliberadamente a un miembro de aquella comunidad bajo el suelo, dejó su cara donde todos pasarían sobre ella y le cerró la boca con una piedra. Tres mil setecientos años después, seguimos sin saber qué hizo para merecerlo. Pero quizá ese fuera precisamente el objetivo: que no pudiera contarlo nunca.