La Luna lleva miles de millones de años expuesta a impactos de meteoritos, radiación solar y cambios de temperatura capaces de llevar cualquier material al límite. Su superficie parece un lugar poco apropiado para establecer una colonia humana. Sin embargo, existe una posibilidad fascinante: que nuestro satélite ya tenga construidos algunos de los refugios que necesitaríamos para vivir allí. Y podrían encontrarse bajo nuestros pies.
En una región volcánica de la cara visible de la Luna existe un enorme agujero descubierto en 2009 por la sonda japonesa Kaguya. Desde entonces, los científicos sospechan que podría ser la entrada a una red de túneles subterráneos formada por antiguos flujos de lava.
Ahora, la NASA ha seleccionado una investigación para comprobarlo. Se llama GIMLI y pretende estudiar qué hay debajo del pozo de Marius Hills utilizando radar, sensores sísmicos y mediciones gravitatorias. Según el anuncio oficial de la NASA del 30 de septiembre de 2026, el proyecto podría aportar información decisiva para la exploración humana de la Luna y revelar una parte de su historia geológica que todavía permanece oculta.
Un agujero de decenas de metros de profundidad que podría esconder kilómetros de túneles

El lugar elegido se encuentra en Oceanus Procellarum, también conocido como Océano de las Tormentas, una extensa llanura volcánica de la cara visible lunar. Allí, la misión japonesa Kaguya identificó en 2009 una abertura que parecía diferente de los cráteres convencionales. No tenía necesariamente el aspecto de una estructura formada por el impacto de un meteorito. Sus paredes y su ubicación sugerían que podía tratarse de una claraboya natural, creada cuando una parte del techo de una antigua cavidad subterránea se derrumbó.
Las observaciones posteriores del Lunar Reconnaissance Orbiter permitieron examinar mejor su interior. La NASA estimó que el pozo tiene aproximadamente 65 por 90 metros de anchura y unos 34 metros de profundidad. Pero lo realmente intrigante podría encontrarse más abajo.
En 2017, investigadores japoneses analizaron datos de radar de Kaguya y detectaron señales compatibles con grandes espacios vacíos bajo la superficie. Posteriormente, un estudio publicado en Icarus identificó anomalías gravitatorias que reforzaban la hipótesis de un posible tubo de lava de enorme extensión en Marius Hills. Los resultados son prometedores, aunque las mediciones orbitales todavía no permiten demostrar que el pozo conecte directamente con una cueva continua de dimensiones gigantescas.
La NASA enviará instrumentos para descubrir qué hay realmente debajo

El proyecto GIMLI, dirigido por Than Putzig, investigador del Planetary Science Institute, busca superar precisamente esa limitación. En lugar de depender únicamente de observaciones desde la órbita, utilizará instrumentos desplegados sobre la superficie lunar. Entre ellos habrá un radar de penetración terrestre, capaz de enviar señales al subsuelo y analizar sus reflejos; sensores sísmicos, que permitirán investigar cómo se propagan las vibraciones; y un gravímetro, diseñado para detectar variaciones relacionadas con la distribución de masa bajo el terreno.
La combinación de estas técnicas podría determinar si existen espacios vacíos y ayudar a estimar sus dimensiones. Según explica el Planetary Science Institute, los equipos viajarán mediante la iniciativa Commercial Lunar Payload Services (CLPS) de la NASA, que utiliza proveedores comerciales para transportar instrumentos científicos a la Luna.
La investigación también contará con tecnología desarrollada por Honeybee Robotics y con la participación de la Agencia Espacial Noruega. Es importante aclarar que la NASA ha seleccionado el proyecto, pero todavía no ha confirmado el descubrimiento de una gran cueva habitable. Ese es precisamente el interrogante que GIMLI intentará resolver.
El verdadero tesoro podría ser un lugar donde sobrevivir en la Luna

La importancia del hallazgo potencial va mucho más allá de la geología. En la superficie lunar, las temperaturas pueden superar los 120 °C durante el día y descender por debajo de los −170 °C durante la noche. Además, la ausencia de una atmósfera protectora expone a los astronautas a radiación y micrometeoritos.
Una cueva suficientemente grande y estable podría ofrecer protección natural frente a parte de esas amenazas. De hecho, un estudio respaldado por la NASA en 2022 encontró que determinadas zonas permanentemente sombreadas de los pozos lunares mantienen temperaturas cercanas a los 17 °C. Esto no significa que todos los túneles lunares tengan esa temperatura, pero demuestra su potencial como entornos térmicamente más estables.
Antes de plantear una base, habría que comprobar la estabilidad de las paredes, los accesos, las condiciones interiores y la posibilidad de transportar equipos y suministros. Además, estos túneles podrían conservar materiales volcánicos protegidos de millones de años de exposición espacial, ofreciendo una oportunidad excepcional para investigar cómo evolucionó la Luna. Por eso, incluso si GIMLI no encuentra una cueva apropiada para futuros astronautas, sus resultados seguirán teniendo valor científico.
Durante décadas hemos imaginado bases lunares construidas sobre la superficie. Ahora la NASA quiere comprobar si parte de la solución podría estar escondida debajo de ella desde hace miles de millones de años.