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La sorprendente pista animal que resuelve el enigma de Stonehenge

El análisis isotópico de un diente de vaca de hace 5.000 años muestra vínculos directos entre el monumento y el suroeste galés, aportando la primera evidencia concreta de la participación de animales en la construcción del icónico círculo megalítico

Stonehenge ha fascinado a generaciones enteras, no solo por su imponente presencia en el paisaje de Wiltshire, sino por el misterio que envuelve su origen. Durante siglos se han tejido hipótesis: desde rituales religiosos hasta observatorios astronómicos, pasando por teorías de transporte imposibles. Sin embargo, los hallazgos arqueológicos recientes ofrecen una respuesta más terrenal y, a la vez, reveladora: los animales pudieron desempeñar un papel fundamental en la creación de uno de los monumentos más famosos del planeta.

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, Stonehenge nunca había contado con pruebas directas que vincularan su construcción con la utilización de ganado. Ahora, un diente hallado hace un siglo ha cambiado el rumbo de la investigación.

Un diente con 5.000 años de historia

Construccion De Stonehenge
© Blair Sugarman – Pexels

El hallazgo se remonta a 1924, cuando se recuperó una mandíbula de vaca cerca de la entrada sur del monumento. Décadas después, gracias a técnicas modernas de análisis isotópico, investigadores del British Geological Survey, la Universidad de Cardiff y el University College de Londres descubrieron que ese fragmento guardaba una historia insólita.

El diente databa de entre los años 2995 y 2900 a.C., coincidiendo con la época de fundación de Stonehenge. Su composición isotópica apuntaba claramente a Gales, el mismo lugar de donde proceden las enigmáticas “piedras azules” del monumento. Por primera vez, quedaba establecido un vínculo directo entre el movimiento de animales y la construcción del círculo de piedra.

El análisis detallado permitió reconstruir incluso aspectos de la vida de la vaca. Los isótopos de oxígeno reflejaban seis meses de crecimiento, de invierno a verano. Durante ese tiempo, los cambios en su dieta —forraje de bosque en invierno y pastos abiertos en verano— revelaban un patrón de movilidad estacional o incluso la importación de alimento desde distintas zonas.

Para el arqueólogo Michael Parker Pearson, del University College de Londres, la conclusión es clara: el ganado pudo haber sido usado para arrastrar las piedras en su viaje desde Gales hasta Wiltshire, a más de 200 kilómetros de distancia. Esta posibilidad refuerza la idea de que Stonehenge fue fruto de un esfuerzo colectivo, en el que animales y humanos trabajaron codo con codo.

La biografía de un monumento

Este descubrimiento también abre nuevas perspectivas metodológicas. Frente a las grandes narrativas que suelen dominar la arqueología, centrarse en la “biografía” de un solo animal aporta una mirada íntima y reveladora. Richard Madgwick, profesor de la Universidad de Cardiff, subrayó que este enfoque permite reconstruir fragmentos de historia que habían quedado sepultados en lo cotidiano.

El estudio de la profesora Jane Evans, de la British Geological Survey, coincidió en remarcar la magnitud del hallazgo: “Un fragmento de diente nos ha contado una historia extraordinaria de hace 5.000 años”. Lo que antes era solo conjetura —que los bueyes podían haber arrastrado los monolitos— ahora se apoya en pruebas científicas sólidas.

Desde 2015, cuando se confirmaron las canteras galesas de las piedras azules, la hipótesis de un transporte terrestre había cobrado fuerza. Pearson defendía que cuadrillas de personas y animales podían mover monolitos de hasta dos toneladas. El nuevo hallazgo respalda esa visión con datos tangibles.

Más allá de resolver un misterio, la investigación aporta una enseñanza más amplia: los avances en ciencia permiten que hasta un resto minúsculo —un diente de vaca olvidado durante un siglo— pueda transformar nuestra comprensión de la historia humana. Stonehenge, lejos de perder su halo de misterio, se muestra ahora como un testimonio aún más fascinante de la capacidad de organización y esfuerzo colectivo de las sociedades neolíticas.

[Fuente: La Nación]

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