La supervivencia humana en entornos hostiles no siempre se decide por la fuerza o la tecnología. A veces, la clave está en algo mucho más cotidiano: qué se come. En la Sima de los Huesos, uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del mundo, los restos de dientes fosilizados están ofreciendo ahora una ventana inesperada a la vida diaria de una población que habitó Europa hace casi medio millón de años. Y la imagen que emerge no es la de cazadores dependientes casi por completo de la carne, sino la de grupos capaces de aprovechar una despensa mucho más amplia.
Los dientes como registro de hábitos a largo plazo

A diferencia de otros restos arqueológicos, los dientes conservan la memoria del uso. Cada movimiento de masticación deja una huella microscópica y macroscópica que se acumula a lo largo de la vida. En los molares de la Sima de los Huesos, explica el artículo publicado en Journal of Human Evolution, esas marcas funcionan como un archivo biológico del comportamiento alimentario, un registro indirecto de qué tipos de alimentos se procesaron con mayor frecuencia.
El análisis de estas superficies permite distinguir entre acciones de corte asociadas a tejidos animales y movimientos de trituración y molienda más compatibles con vegetales duros, raíces o semillas. No es una “foto” de una comida concreta, sino una película larga de hábitos repetidos durante años.
Un patrón mixto que rompe la idea del homínido hipercarnívoro
Los resultados del estudio apuntan a un reparto bastante equilibrado entre ambos tipos de desgaste. Es decir, estos homínidos no basaban su dieta casi exclusivamente en la caza, como se ha sugerido en algunas interpretaciones del pasado humano. Combinaban recursos animales con un consumo habitual de vegetales resistentes, lo que implica una explotación más amplia del entorno.
Este matiz es importante porque cambia la narrativa de la adaptación al frío. En un clima riguroso, podría parecer lógico imaginar una dependencia extrema de la carne como fuente de energía. Sin embargo, los dientes cuentan otra historia: la flexibilidad dietética habría sido una ventaja adaptativa tan relevante como cualquier innovación tecnológica.
Un entorno menos uniforme de lo que parece

El periodo en el que vivieron los homínidos de la Sima de los Huesos se caracteriza por condiciones climáticas frías a escala global. Aun así, los datos paleoambientales sugieren que el paisaje de la región no era un páramo uniforme, sino un mosaico de espacios abiertos y zonas boscosas. En un entorno así, la disponibilidad de recursos vegetales no desaparece por completo, sino que se vuelve más estacional e irregular.
La capacidad de alternar entre distintos tipos de alimentos habría permitido amortiguar los altibajos del clima. En años o estaciones con menos caza disponible, los recursos vegetales podían cumplir un papel más importante. Y viceversa. Esta elasticidad alimentaria reduce la vulnerabilidad frente a cambios bruscos del entorno.
Comer sin arena: pistas sobre cómo procesaban los alimentos
Otro detalle interesante surge del tipo de desgaste observado. Las superficies dentales no muestran señales de una abrasión extrema, lo que sugiere que los alimentos no estaban contaminados de forma sistemática con partículas minerales como arena o polvo. En sociedades humanas posteriores, la molienda con herramientas de piedra suele introducir este tipo de abrasivos en la dieta, dejando huellas más planas en los dientes.
En el caso de la Sima de los Huesos, el patrón apunta a métodos de procesado relativamente simples y a alimentos que no arrastraban grandes cantidades de partículas externas. Esto ofrece pistas indirectas sobre cómo preparaban lo que comían y sobre el tipo de tecnologías culinarias disponibles en ese momento de la prehistoria europea.
Flexibilidad como rasgo evolutivo
Más allá del detalle técnico, el mensaje de fondo es claro: la capacidad de variar la dieta fue probablemente un factor decisivo para la supervivencia de estas poblaciones humanas antiguas. No se trataba solo de cazar mejor o de soportar el frío, sino de saber cambiar de menú cuando el entorno lo exigía.
La Sima de los Huesos vuelve a funcionar así como un laboratorio natural para entender qué rasgos hicieron a nuestra línea evolutiva especialmente resistente. En este caso, no es una herramienta ni una innovación espectacular lo que destaca, sino algo más prosaico y, precisamente por eso, más universal: la habilidad de adaptarse a lo que hay en la despensa.