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Ciencia

Los pulpos esconden un secreto biológico que fascina a la ciencia: así consiguen transformarse en cuestión de segundos bajo el mar

Pocos animales dominan el arte del camuflaje como los pulpos. En segundos cambian de color, textura y forma, una habilidad que va mucho más allá del simple disfraz: es comunicación, defensa y supervivencia, según revela un reciente reportaje de National Geographic.
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Ningún otro animal del planeta puede transformarse con tanta precisión y rapidez como un pulpo. En apenas un instante, su cuerpo cambia de color, adopta nuevas texturas e incluso imita la forma de otros seres marinos. Este fenómeno, que ha cautivado a biólogos y neurocientíficos, demuestra que el camuflaje es solo una pequeña parte de un sistema biológico mucho más sofisticado.


El mecanismo detrás de una transformación imposible

Los pulpos, junto con sepias y calamares, pertenecen al grupo de los cefalópodos, auténticos maestros de la adaptación. Su piel está recubierta por millones de cromatóforos, células pigmentarias que actúan como píxeles biológicos. Cada una contiene un diminuto saco de pigmento rodeado de fibras musculares. Cuando esos músculos se contraen o relajan, el punto de color se expande o se reduce, generando un mosaico en constante movimiento.

El proceso no termina ahí. En la superficie de su piel, los pulpos pueden levantar papilas, pequeñas estructuras que alteran su textura para parecer arena, coral o roca. Las sepias y los calamares profundos van aún más lejos: poseen fotóforos, células que emiten luz propia, capaces de crear un espectáculo de bioluminiscencia en plena oscuridad marina.

Según National Geographic, este nivel de control convierte a los cefalópodos en los camaleones más complejos del océano, capaces de reproducir casi cualquier escenario submarino con asombrosa fidelidad.

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El arte de desaparecer (y de asustar)

Su talento para el camuflaje tiene un propósito claro: sobrevivir. Un pulpo azul puede confundirse con el fondo arenoso adoptando tonos claros, o volverse oscuro y rugoso al posarse sobre una roca. Las sepias, por su parte, pliegan sus brazos y simulan ser algas que se mecen con la corriente, mientras las crías de Sepia apama recrean el movimiento del agua mediante ondas pigmentarias.

Sin embargo, el camuflaje no siempre sirve para esconderse. A veces, es un recurso para intimidar. Cuando un pulpo se siente descubierto, oscurece su cuerpo, estira sus brazos y se hace parecer más grande. Algunas sepias dibujan falsos ojos sobre su manto, un recurso clásico de defensa.

El caso más espectacular es el del pulpo de anillos azules, que despliega destellos eléctricos sobre su piel amarilla como advertencia de su potente veneno. Otro ejemplo extremo es el pulpo mimético, que finge ser peces león o serpientes marinas para ahuyentar depredadores. En cuestión de segundos, cambia su silueta, ondula los brazos y transforma su cuerpo en una réplica perfecta de sus enemigos.


Cazar, comunicarse y enamorar: el lenguaje del color

Los cefalópodos no solo se disfrazan: engañan activamente. Algunas sepias se mueven imitando a cangrejos para acercarse a sus presas sin despertar sospechas. Los calamares del Caribe nadan hacia atrás, agitando los brazos como si fueran peces loro. Incluso proyectan patrones en movimiento —círculos, rayas, sombras— para desorientar a sus víctimas.

El investigador Martin How, de la Universidad de Bristol, compara esta estrategia con un acto de hipnosis. “La sepia manipula la atención visual de su presa, igual que un mago desvía la mirada del público”, explica. El pulpo Octopus laqueus, por ejemplo, crea ilusiones ópticas que engañan al ojo de su objetivo sobre su posición real.

La comunicación entre cefalópodos es igual de compleja. Algunas especies utilizan destellos luminosos para coordinar movimientos en grupo o enviar señales durante las migraciones. Los calamares de Humboldt emplean sus fotóforos como faros sincronizados, visibles a cientos de metros en la oscuridad.

En el cortejo, el espectáculo visual se vuelve casi teatral: los machos de pulpo azul muestran rayas negras sobre un cuerpo pálido para atraer a las hembras; los calamares de arrecife se tiñen de rojo brillante. Algunos incluso engañan a sus rivales: los machos más pequeños adoptan la apariencia de hembras para acercarse a ellas sin ser detectados.


Cuando la piel revela lo que sienten

El misterio más profundo no está en el color, sino en el control. ¿Saben los pulpos lo que están haciendo? ¿Son conscientes de su apariencia cambiante?
La neurocientífica Tessa Montague, de la Universidad de Columbia, sostiene que no hay pruebas concluyentes de que los cefalópodos actúen con plena intención. Más bien, sus transformaciones serían respuestas automáticas a estímulos del entorno o del propio organismo.

Aun así, Montague ha descubierto que la piel de los pulpos refleja estados emocionales: miedo, estrés, excitación o deseo. Incluso los cambios durante el sueño sugieren que estos animales podrían soñar, mostrando patrones intermitentes mientras descansan.

En este sentido, su piel se convierte en una pantalla biológica del subconsciente, donde cada destello o textura revela una emoción, una reacción o un recuerdo.


Una lección del océano sobre la inteligencia de la vida

Los pulpos demuestran que la inteligencia no siempre reside en el cerebro: a veces está repartida por todo el cuerpo. Su piel piensa, siente y responde en tiempo real, una hazaña evolutiva que combina biología, comportamiento y comunicación.

Para la ciencia, siguen siendo un enigma. Pero cada nuevo descubrimiento acerca de ellos recuerda una idea esencial: bajo las aguas, la vida ha encontrado formas de creatividad que la mente humana apenas empieza a comprender.

Fuente: Infobae.

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