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Ciencia

Luego de estar intacta durante milenios, una cueva subacuática abre un portal a la Era de Hielo

Las investigaciones internacionales y los buzos altamente especializados traen a la superficie un mundo subacuático inesperado
Por Jeanne Timmons Traducido por

Tiempo de lectura 12 minutos

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Bajo la selva tropical de la Península de Yucatán hay un vasto dominio subterráneo que pocos pueden explorar. Se accede a él a través de los cenotes – pozos de agua – y potencialmente se extiende a lo largo y a lo ancho de miles de kilómetros por debajo de la tierra. Son los sistemas de cuevas submarinas más grandes del mundo.

Los túneles hoy están inundados y sumidos en la oscuridad, pero pasaron períodos sin agua durante el Pleistoceno tardío, hace unos 126.000 a 11.700 años. Durante milenios quedaron intactas las pruebas de presencia animal y humana en las profundidades acuáticas de hoy, con fósiles y rastros de actividad humana. Solo se llegó a saber de ellos por el trabajo de buzos altamente especializados que trabajan en colaboración con equipos científicos internacionales.

Hay una parte particular de estas cuevas que en 2014 llegó a las noticias: el Hoyo Negro, un enorme pozo en forma de campana en Sac Actun, el segundo sistema de cuevas más grande del estado de Quintana Roo en México. En sus profundidades se hallaron muchos fósiles entre los que se cuenta Naia, uno de los tres esqueletos humanos más antiguos que se hayan hallado en las Américas.

Quién encontró este tesoro, y cuándo

Exploracion Subacuatica
© Roberto Chávez Arce

Fueron tres buzos – Alejandro Alvarez, Franco Attolini y Alberto Nava Blank – los que descubrieron el hoyo en 2007. Tres años después el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México creó el Proyecto Arqueológico Subacuático Hoyo Negro del INAH, equipo conformado por paleontólogos, arqueólogos y buzos de México, Canadá y EE.UU.

Roberto Chávez Arce ha estado explorando esos túneles desde 2011, cuando lo invitaron a formar parte del proyecto. Es buzo y co-director del proyecto y sus fenomenales fotografías dentro de Sac Actun son una ventana que permite a la ciencia ver lo que hay en las profundidades.

Describió la maravilla de poder ser testigo de ese mundo subterráneo de primera mano, en entrevistas grabadas por Gizmodo. Pero resulta que ingresar a ese mundo es peligroso, principalmente porque al comenzar con su trabajo los túneles de Sac Actun eran desconocidos, y no había mapas ni luz en las profundidades submarinas.

Para poder explorar los túneles que llevan a Hoyo Negro y recorrer su interior, los buzos tienen que llevar todo lo que les brinde seguridad: equipos para respirar, bobinas con líneas para no perderse y luces para poder ver. Sumado a ello, también llevan equipos de video y fotografía para documentarlo todo.

Para mayor protección, Chávez Arce explicó que todo se lleva por duplicado “para ser redundantes con los equipos en caso de que algo falle” mientras están en las profundidades del sistema de cuevas.

No es fácil llegar a Hoyo Negro, dependiendo de por dónde ingresen al sistema de cuevas. Chávez Arce y los demás buzos – forman equipos de dos o de tres – ingresan a Sac Actun desde un cenote que está a 914 metros de Hoyo Negro. Nadar desde el ingreso hasta el hoyo lleva casi una hora, detalle importante cuando se depende del limitado oxígeno que llevan.

Eso fue cambiando para mejor, ya que ahora el trayecto es más rápido porque descubrieron otro cenote que está a unos 76 a 91 metros del hoyo, y ahora los buzos usan propulsión motorizada, que los hace avanzar como si fueran torpedos.

Al principio, trazar el mapa del sistema de cuevas significaba usar implementos rudimentarios como brújulas y líneas y cintas de medición, según explicó Chávez Arce. Eventualmente pasaron a la fotogrametría de movimiento (SfM), que es tomar imágenes que se superponen y luego ingresarlas a un programa que crea una imagen en 3D. “Eso nos llevó mucho tiempo, muchísimas horas de buceo”, pero creó un modelo virtual de Hoyo Negro y de parte de Sac Actun, que lleva el mundo subacuático a la superficie para los científicos que de otro modo no podrían verlo ni estudiarlo.

Basta con ver una de sus fotos para entender la escala de Hoyo Negro. La luz artificial ilumina los muros del hoyo y las rocas amontonadas en la base. Los dos buzos que nadan hacia el techo se ven muy pequeñitos. En su ingreso, el diámetro de Hoyo Negro es de 32 metros, pero en el fondo, su base tiene 67 metros tras descender unos 60 metros.

Las cuevas secas y accesibles invitan a conocerlas

Al estudiar los sedimentos y depósitos antiguos de guano de murciélago, el equipo pudo determinar cómo había fluctuado el nivel del agua en esta cámara y los tres túneles que se conectan con ella. Hallaron que el agua llegó al fondo de Hoyo Negro hace al menos 9850 años. El agua siguió subiendo en el sistema de cuevas con el aumento del nivel del mar, de modo que hace unos 8.100 años Hoyo Negro y sus pasajes superiores quedaron inundados y hace unos 6.000 años quedó bajo el agua todo el sistema de cuevas.

Eso es importante porque indica cuándo hubo presencia humana y animal en la cueva, y brinda indicios de por qué. El ecosistema del Pleistoceno en Quintana Roo era muy diferente al de hoy. En lugar de ser una selva, el área era más parecida a la sabana, y el agua potable que había en las cuevas sería lo que atraía a animales y humanos, además de su aire fresco.

Con todo, también hay peligros en las cuevas secas, como lo demuestran los fósiles que se encontraron. Caer dentro del hoyo implicaba graves lesiones o la muerte, y los altos muros impedían la salida. Eso lo demuestran los huesos humanos que se hallaron entre los muchos fósiles de mamíferos, en el fondo de Hoyo Negro.

Los tres buzos que descubrieron el Hoyo Negro también hallaron a Naia, nombrada así por Susan Bird, miembro del equipo de buzos. Bird fue quien debió ocuparse de las mediciones de los restos de Naia antes de transportarlos a salvo al notar que los buzos deportistas perturbaban el sitio. Naia no es la primera humana ni la única que hallaron en el sistema de cuevas, pero con una antigüedad de entre 12.970 y 12.770 años sí es el esqueleto humano más completo de los tres más antiguos que se conocen en las Américas.

Por su dentadura y los huesos de sus miembros se calcula que no había cumplido los 20 años, y el equipo calcula que murió a los 15 a 17 años de edad, y que se rompió la pelvis al caer en el hoyo.

“Cayó sobre su hueso público, que se fracturó a ambos lados”, le explicó a Gizmodo el Dr. James Chatters en una entrevista telefónica.

Chatters también es codirector del proyecto y, al igual que Chávez Arce, ha sido miembro del equipo desde 2011. En 2012 la entonces directora Pilar Luna Erreguerena, hoy fallecida, lo invitó a formar parte del equipo científico. Añadió que pueden inferir que la lesión en el hueso público ocurrió cerca del momento de la muerte porque no se observan señales de que sanara. Las fracturas en espiral de uno de sus brazos, que sí sanaron, sugieren “que de niña o adolescente fue tratada con rudeza, y como han sanado, no podemos determinar cuándo sucedieron”, explicó.

La historia que narra Naia

Al analizar sus huesos, dispersos en el fondo del hoyo, se puede saber más sobre la joven. Era muy menuda, de aproximadamente 1,5 metros de altura. Sus huesos pélvicos revelan que tuvo al menos un parto, pero el desgaste de los dientes y otros análisis brindan indicios de su dieta “que no provenía del mar”, dijo Chatters. Eso sorprende porque Hoyo Negro está a poco más de 7 km de la costa.

La investigación indica que a lo largo de su vida Naia sufrió de deficiencia estacional de proteínas “que no habría sucedido si su dieta hubiese incluido proteínas provenientes de alimento marino”, porque la vida en el mar habría brindado ese nutriente a lo largo de todo el año. Eso indica que su pueblo no se había adaptado al mar y que no usaban la costa como fuente de alimento. Se contradice así la idea de que los primeros humanos llegaron desde la costa del Pacífico porque en tal caso se esperaría que la dieta se basara en alimentos tomados del mar.

El equipo no puede saber por qué Naia estaba en la cueva, ni por qué estarían en las otras los demás restos humanos.

¿Sería porque buscaban arcilla? Se pregunta Chatters, ya que la arcilla brinda los minerales necesarios durante el embarazo. O quizá estuvieran cazando osos o perezosos que hibernaban. También es probable que buscaran agua. Nadie lo sabe, por ahora.

Lo que sí se sabe es que todos llegaron a las cuevas en tiempos en que el nivel del mar era mucho menor. De modo que “o se perdieron y murieron allí, o los llevaron hasta el lugar como práctica funeraria”, afirmó. En el caso de Naia, tal vez haya muerto debido a un accidente fatal.

Restos de actividad humana

Exploracion En Hoyo Negro
© Roberto Chávez Arce

Los rastros que dejaron los humanos – versus los huesos de los que murieron – indican, sin embargo, por qué ingresaron a las cuevas.

En otros sistemas de cuevas de Yucatán hay evidencia de que se buscaba ocre, un mineral que en estos casos produce un pigmento de color rojo. “El ocre rojo es la pintura inorgánica más comúnmente identificada que se ha encontrado en la historia del mundo”, escribió un equipo en un trabajo de 2020 que detalla la evidencia de la minería en estas cuevas. Explican que el uso del ocre incluía la decoración, las prácticas funerarias y la pintura en las rocas. Sin embargo, perdura el misterio de por qué lo utilizarían en Yucatán. “Este ocre en particular tiene un contenido de arsénico bastante elevado, y tal vez sería útil para matar piojos”, sugirió.

La evidencia de la actividad humana se ve en las pilas de piedras que dejaron las personas para marcar los caminos. Y también en la cantidad de estalactitas y estalagmitas rotas que debieron sacar para poder avanzar por los pasadizos, o que utilizaron como palas para excavar. Sus excavaciones en busca de ocre dejaron pozos y trincheras que pueden llegar a los 75 a 100 metros. “Hay piedra y tierra manchada por hollín en los techos, evidencia de que utilizaron el fuego para poder iluminar su camino a medida que avanzaban”, según indica el trabajo.

Además, “hay evidencia de minería de ocre en Sac Actun”, indica Chatters, “pero todavía no hay un informe”. Es parte de la información que dará a conocer el equipo que sigue investigando ese sistema de cuevas.

Lo que ingresaba no siempre salía

Pero los humanos no fueron los únicos que dejaron rastro en Sac Actun. Los buzos hallaron huellas fósiles en uno de los túneles que salen de Hoyo Negro, y los paleontólogos del equipo identificaron esas huellas como de osos.

Entre los muchos fósiles mamíferos de gran tamaño que se encontraron en Hoyo Negro, la mayoría son de un tipo de oso de cara corta, el Arctotherium wintei, hoy extinto.

“Tenemos al menos nueve osos del pozo de Hoyo Negro, la mayoría adultos”, le explicó a Gizmodo en un email Blaine Schubert, profesor y director de museo en la Universidad del Este de Tennessee, que también forma parte de este proyecto. “Hay al menos uno de ellos que era más joven, un subadulto”, añadió.

Se calcula que estos osos pesaban unos 150 kilogramos. Aún así, los que se encontraron en Hoyo Negro se cuentan entre los más pequeños de los osos de cara corta que solo se han hallado en América del Sur, porque los más grandes (Arctotherium angustidens) podrían haber llegado a pesar más de 1.000 kilos.

Hoyo Negro es el primer sitio en que se hallaron fósiles de Arctotherium wingei fuera de Sudamérica. Son los fósiles mejor preservados, y según Schubert, con más trabajos de investigación de las huellas fósiles podríamos confirmar que representan el primer registro de huellas de Arctotherium”.

También hay cánidos similares a los lobos, Protocyon troglodytes, entre los fósiles de Hoyo Negro. El Protocyon también se creía que solo habitaba Sudamérica.

“Esto amplía su distribución y tiene importantes implicancias biogeográficas. Además, aunque había fósiles de estos animales, hallados en América del Sur, el registro fósil no era muy grande, pero en Hoyo Negro hay esqueletos completos que nos permiten saber mucho más sobre estos animales”, añadió Schubert.

Entre los carnívoros extintos hallados en el hoyo también hay fósiles de gato diente de sable, pero hay además fósiles de especies que hoy existen, aunque no ya en Yucatán, como el puma y el ocelote o el zorrino y el coatí omnívoro.

“Todos los animales habrían llegado a la cueva (y tal vez, al hoyo) atraídos por el olor de agua potable que en la superficie escasearía”, explicó. “Además, los carnívoros se habrían sentido atraídos por el olor de los animales muertos que flotaban” en el fondo del Hoyo Negro.

Revelación de un nuevo perezoso gigante

Hay otro animal relacionado con las cuevas – al menos durante el Pleistoceno – que es el perezoso terrestre. Hay fósiles del perezoso de Shasta (Northrotheriops shastensis) y de Xibalbaonys exingeris, especie que descubrió inicialmente un equipo en otro sistema de cuevas de lugar, y que describieron en 2020.  El equipo halló también un nuevo género y especie que nombraron Nohochichak xibalbahkah que significa “gran garra que habita el submundo”, al combinar la palabra maya “Nohoch”, que significa “grande”, con “ich’ak”, que significa garra. Y “Xibalba” hace referencia al submundo de los mayas de K’iche, pueblo que se originó en Guatemala y sigue existiendo hoy. “Ahkah” significa “habitante”.

Greg McDoland es ex paleontólogo del BLM y experto en perezosos del proyecto de Hoyo Negro. En una entrevista telefónica con Gizmodo explicó que el Nohochichak tiene caderas enormes. “Si miras el cuerpo, tiene forma como de pera, y el centro de gravedad está corrido hacia la parte trasera del animal” lo que indica que podrían mantenerse sentados y erguidos para usar los brazos y garras, bajando las ramas con el fin de comer hojas, frutos y tallos”.

El tamaño del perezoso es comparable con el enorme perezoso terrestre de Jefferson (Megalonyx jeffersoni) que se calcula que pesaría más de 997 kilogramos.

El descubrimiento de este nuevo perezoso y la existencia del Arctotherium wingei y el Protocyon troglodytes echa nueva luz sobre lo que se conoce del Gran Intercambio Biótico Americano (GABI, en inglés), una serie de migraciones entre el norte y el sur de América que sucedió en diversas épocas dependiendo del acceso terrestre y los niveles del mar. Por ejemplo, basándose en el registro fósil, se detectó que los perezosos terrestres se originaron en América del Sur. El poder identificar las épocas y razones de las migraciones podría ayudar a echar luz sobre la evolución y los impactos del cambio climático del Pleistoceno.

“Lo que sabemos de los perezosos de Norteamérica lleva el sesgo del trabajo de campo realizado en EE. UU. y el norte de México. Pero eso está cambiando porque hallamos perezosos diferentes en entornos tropicales, gracias al trabajo de Sac Actun y otros sistemas de cuevas de Yucatán y Belice. “En una selva tropical todo se recicla muy rápidamente y hay pocos lugares en los que puede preservarse el material orgánico”. Es una de las razones por las que Sac Actun es tan único e importante.

Un gonfotérido en un bazar

Al pensar en cuevas, no imaginamos que hubiera animales del tamaño de un elefante. Sin embargo, en Hoyo Negro y otros túneles cercanos se encontraron fósiles de gonfotéridos – animales extintos parecidos a elefantes, con largos colmillos – y eso demuestra que también hubo bestias gigantes que llegaban a Sac Actun, tal vez en busca de agua para beber.

Joaquín Arroyo-Cabrales, científico principal del Instituto de Antropología e Historia de México, es un experto en proboscídeos – orden al que pertenecen los gonfotéridos, mamuts y elefantes. También forma parte de este proyecto, y en un intercambio de emails con Gizmodo afirmó que siguen estudiando los fósiles de gonfotéridos de Hoyo Negro y otros sitios de Yucatán para saber más de estos animales y las cuevas subterráneas (Cubieronius huodon).

Describió a los gonfotéridos como “probóscideos más pequeños”, comparándolos con el elefante asiático de hoy, más que con el enorme mamut del Pleistoceno. Y espera que su investigación brinde datos sobre por qué los gonfotéridos habitaban Yucatán en tanto que el mamut de Columbia – que sí se halló en otras partes de México – no dejó rastro allí.

Todo esto da indicios de los estudios y análisis que vendrán. Hasta ahora, son 14 los años de estudio en Hoyo Negro, que suman cada vez un hilo más al tapiz de la vida que dejó su huella en este lugar. Los investigadores presentaron gran parte de su trabajo en la 12.ª Convención Paleontológica Norteamericana el año pasado, en la Universidad de Michigan. En la reunión anal de este año de la Sociedad de Paleontología Vertebrada también se presentaron sus investigaciones. Schubert, sin embargo, afirma que “todavía hay una cantidad enorme de cosas que tenemos que aprender sobre la paleobiología y la evolución de la fauna de América, y las cuevas seguirán siendo un recurso importante para esos descubrimientos”.

“Las cuevas, como ningún otro sitio, nos permiten viajar en el tiempo y experimentar el entorno en el que vivieron y murieron los organismos del pasado”.

Jeanne Timmons es escritora freelance, que redescubrió su pasión por la paleontología  en su adultez. Su trabajo aparece también en Ars Technica, The New York Times, Scientific American, y Live Science.

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