Quien quiera proponer una clase magistral sobre cómo cambiar el mundo para mejor sin ser negativo, cínico, de mente estrecha, o con ánimo de enojo, puede tomar como modelo la vida y obra de la pionera académica en conducta animal Jane Goodall.
La vida de Goodall comenzó con su maravilla ante las criaturas poco notables – ella nunca las llamaría así – que había en el jardín de su casa en Inglaterra. Era una niña curiosa en la década de 1930, y pasó a cuestionar la definición de lo que significa ser humano por medio de su investigación de los chimpancés de Tanzania. A partir de allí, siguió su camino hasta convertirse en un ícono mundial y Mensajera de la Paz de las Naciones Unidas.
Hasta el momento de su muerte a los 91 años, Goodall fue siempre encantadora, de mente abierta, optimista y no había perdido el don de maravillarse que tenía cuando era niña. Lo sé porque tuve la buena fortuna de pasar algún tiempo con ella y conversar sobre mi carrera científica. Para el público, ella era una científica de renombre mundial, un ícono. Para mí, era Jane, mi mentora y amiga, mi fuente de inspiración.
A pesar de los enormes cambios que Goodall trajo al mundo de la ciencia, revolucionando el estudio de la conducta animal, ella siempre estaba alegre, alentando e inspirando a los demás. En mi opinión, causaba una amable disrupción, y uno de sus mayores talentos era la capacidad de que todos, más allá de la edad que tuvieran, sintiéramos que teníamos el poder de cambiar el mundo.
Descubriendo cómo los animales usan herramientas
Sus primeros estudios en la selva tropical de la Reserva Gombe Stream de Tanzania, que hoy es un parque nacional, incluyeron su observación de los más exitosos líderes entre los chimpancés. Goodall notó que eran amables, que cuidaban a los demás, que vivían en familia, y que los machos que querían imponerse por medio de la violencia, la tiranía o las amenazas, no duraban.
También soy primatóloga, y las revolucionarias observaciones de Goodall de los chimpancés de Gombe formaron parte de mis estudios preliminares. Fue famosa por registrar a los chimpancés tomando largas briznas de hierba, insertándolas en los nidos de termitas para “pescar” insectos para comer. Nadie había observado esto antes que ella.
Fue la primera vez que se veía que un animal utilizaba una herramienta, descubrimiento que cambió la forma en que la ciencia establecía las diferencias entre los humanos y los animales.
El reconocido antropólogo Louis Leakey eligió a Goodall para este trabajo, precisamente porque ella no tenía estudios formales. Cuando apareció en la oficina de Leakey, en Tanzania, en el año 1957, con sus 23 años, Leakey la contrató como secretaria, pero pronto observó su potencial y la animó a que estudiara a los chimpancés. Leakey quería a alguien con la mente completamente abierta, algo que creía que la mayoría de los científicos perdían a medida que avanzaban en sus estudios formales.
Como los chimpancés son los parientes más cercanos de los humanos, Leakey esperaba que el estudio de los animales brindara información sobre los primeros humanos. En un campo dominado por los varones, pensó también que una mujer tendría más paciencia e intuición que un observador masculino. No se equivocó.
A los seis meses, cuando Goodall escribió que había observado que los chimpancés usaban herramientas, Leakey anotó: “Ahora tenemos que redefinir lo que es una herramienta, redefinir al humano, o aceptar que los chimpancés son humanos”.
Goodall decía que los animales tienen emociones y culturas y en el caso de los chimpancés, comunidades que eran casi tribales. También les ponía nombres a los chimpancés que observaba, algo que en esa época era inaudito y causaba burlas entre los científicos que seguían la tradición de asignarles números a los animales que investigaban.
Una de sus más notables observaciones se conoció como la Guerra de los Chimpancés de Gombe. Fue un conflicto que duró cuatro años, entre ocho machos adultos de una comunidad y seis machos de otra a los que esos ocho mataron, se apoderaron de su territorio y finalmente lo perdieron cuando una comunidad más grande con más machos que la de ellos, hizo lo mismo.
Confianza y seguridad
Goodall era persuasiva, potente, decidida y me aconsejaba que no me diera por vencida ante las críticas. Su camino de descubrimientos revolucionarios no tenía que ver con pisar a los demás o abrirse paso a los codazos.
Más bien, su viaje a África tuvo como motivación la curiosidad y la maravilla, su amor por los animales y su potente imaginación. De niña le fascinaba la historia de “Tarzán de los Simios”, de 1912 y escrita por Edgar Rice Burroughs. Y le gustaba bromear diciendo que Tarcán se había casado con la Jane equivocada.
Cuando yo tenía 23 años, y era una ex porrista de la NFL sin historial en ciencias, y veía el trabajo de Goodall, también imaginaba que quería ser como ella. En gran parte ella fue la que me inspiró para estudiar a los primates, y descubrí junto a colegas una nueva especie de lémur en Madagascar, y también gracias a ella he tenido una maravillosa vida y carrera en la ciencia y en la TV como exploradora de National Geographic.
Cuando llegó el momento de escribir mi historia, le pedí a Goodall que escribiera una introducción. Esto es lo que expresó:
“Mireya Mayor me recuerda un poco a mí misma. Al igual que yo, le encantaba estar con animales cuando era pequeña. Y como yo, siguió tras su sueño hasta que se hizo realidad”.

Narradora y maestra
Goodall era una excelente narradora y consideraba que sus historias eran la mejor forma de ayudar a la gente a entender la verdadera naturaleza de los animales. Con imágenes conmovedoras contaba historias extraordinarias sobre la inteligencia de los animales, desde los simios a los delfines, ratas, aves y, por supuesto, el pulpo. Me inspiró para que fuera corresponsal de vida silvestre de National Geographic para que pudiera compartir las historias y problemas de los animales en riesgo de todo el mundo.
Goodall inspiró y aconsejó a líderes mundiales, a celebridades, científicos y conservacionistas. También tocó las vidas de millones de niños.
El Instituto Jane Goodall trabaja para promover la conservación en todo el mundo, y Jane lanzó un programa global para la juventud, Roots & Shoots, que funciona en más de 60 países. El programa enseña a los niños las conexiones entre las personas, los animales y el medio ambiente, y cómo se puede contribuir a los tres aspectos en el lugar en que estemos.
La calidez, la amistad y las maravillosas historias de Goodall son un tesoro para mí, lo mismo que este comentario: “El mayor peligro para nuestro futuro es nuestra apatía. Cada uno de nosotros tiene que asumir la responsabilidad de su propia vida y, sobre todo, ser respetuoso y amar a los seres vivientes que nos rodean, en especial a nuestro prójimo”.
Es una idea muy radical, que proviene de una científica incomparable.
Mireya Mayor, Directora de Exploración y Comunicación de la Ciencia, Florida International University. Artículo republicado a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons. Aquí podrás leer el artículo original.
Este artículo ha sido traducido de Gizmodo US por Romina Fabbretti. Aquí podrás encontrar la versión original.