Cuando un adolescente empieza a rendir peor en el colegio, las pantallas suelen convertirse rápidamente en sospechosas. También aparecen preguntas sobre cuánto ejercicio hace, qué come o cuánto tiempo pasa conectado al teléfono.
Investigadores de la Universidad de California en Davis analizaron datos de miles de jóvenes y encontraron que dormir bien desempeñaba un papel especialmente relevante en la relación entre los problemas de salud mental y dos aspectos fundamentales de la vida adolescente: el rendimiento académico y las relaciones sociales.
Compararon sueño, pantallas, ejercicio y alimentación
El estudio utilizó información del Adolescent Brain Cognitive Development Study, uno de los mayores proyectos longitudinales sobre desarrollo cerebral infantil y adolescente de Estados Unidos.
Los investigadores siguieron datos recopilados durante tres etapas, cuando los participantes tenían aproximadamente entre 10 y 13 años.
Después compararon cuatro factores del estilo de vida: calidad del sueño, tiempo de pantalla, actividad física y adherencia a una dieta mediterránea.

La intención era determinar hasta qué punto estos hábitos podían explicar la asociación entre síntomas de depresión, ansiedad y experiencias similares a la psicosis con posteriores dificultades académicas o sociales.
El sueño terminó destacándose claramente frente al resto.
Hasta un 36% de la relación con las notas pasó por el sueño
En los jóvenes con síntomas de ansiedad, la calidad del sueño explicó aproximadamente el 36,3% de la asociación con un peor funcionamiento académico.
En el caso de la depresión, representó alrededor del 18,5%, mientras que para el malestar relacionado con experiencias de tipo psicótico fue del 8,3%.
El tiempo de pantalla apareció como el segundo factor más relevante para el rendimiento académico, pero su efecto fue menor.
Para los problemas sociales la diferencia fue todavía más clara: el sueño fue el único de los cuatro factores que explicó más del 3% de la asociación, alcanzando valores de entre aproximadamente el 19,6% y el 23,3%, dependiendo del problema de salud mental estudiado.
Dormir mal puede afectar atención, memoria y relaciones
Tiene sentido desde el punto de vista biológico.
Durante la adolescencia, dormir mal puede aumentar la fatiga diurna y dificultar procesos como la atención, la memoria y las funciones ejecutivas, todas capacidades necesarias para aprender, organizar tareas o afrontar un examen.
Pero las consecuencias no terminan en el aula.
La falta de sueño también puede favorecer irritabilidad, dificultades para regular las emociones y problemas para relacionarse con otras personas. Por eso los investigadores consideran que podría funcionar como una de las vías que conectan la salud mental con la vida cotidiana de los adolescentes.

El entorno también cambia cuánto importa dormir
El estudio encontró además que el efecto del sueño no era exactamente igual para todos.
La relación entre sueño y rendimiento académico era menor cuando aumentaban las dificultades económicas de la familia. En cambio, su papel sobre los problemas sociales se hacía más importante cuando existían conflictos familiares, adversidad económica o un peor ambiente escolar.
Esto significa que mejorar el sueño no solucionará por sí solo problemas de ansiedad, depresión o dificultades escolares.
Tampoco demuestra que dormir mal sea la causa directa de las malas notas. Se trata de un análisis de mediación que identifica relaciones entre distintos factores.
Pero sí coloca al descanso en una posición especialmente interesante porque, a diferencia de muchas circunstancias que rodean la salud mental, es un hábito sobre el que familias y adolescentes pueden intervenir.
Y quizá por eso el resultado sorprende: mientras gran parte de la conversación se concentra en quitarles el teléfono, una de las herramientas más importantes para ayudarlos a funcionar mejor podría comenzar simplemente por conseguir que duerman mejor.