Durante muchísimas décadas, la explicación parecía lógica: si los ríos excavan valles en los continentes, ¿por qué no iban a hacer lo mismo cuando sus sedimentos alcanzan el océano? Esa idea se convirtió casi en un consenso silencioso dentro de la geología marina. Sin embargo, una nueva investigación internacional acaba de demostrar que esa intuición era, en gran medida, errónea.
Un estudio publicado en Science Advances ha analizado más de 2.000 cañones submarinos repartidos por los márgenes continentales de todo el planeta y ha llegado a una conclusión clara: la mayoría de estos gigantescos valles del fondo oceánico no se originan por la acción directa de los ríos, sino por la pendiente del talud continental y por procesos tectónicos y gravitacionales que actúan durante millones de años.
El fondo del océano no es tan pasivo como creíamos
Los cañones submarinos son algunas de las estructuras más impresionantes del planeta. Algunos superan en tamaño al Gran Cañón del Colorado y descienden varios kilómetros desde la plataforma continental hasta las llanuras abisales. Durante mucho tiempo, se asumió que su formación dependía de la llegada constante de sedimentos fluviales, especialmente durante épocas de nivel del mar bajo, como las glaciaciones.
Este nuevo trabajo cuestiona esa visión simplificada. El equipo internacional, liderado por la geocientífica Anne Bernhardt, de la Universidad Libre de Berlín, aplicó técnicas estadísticas avanzadas y modelos geomorfológicos para comparar la distribución global de los cañones con variables como la pendiente del fondo marino, la tectónica de placas, el espesor de la corteza y la proximidad a ríos.
El resultado fue contundente: la inclinación del talud continental es el factor que mejor predice dónde se formará un cañón submarino.
Cuando la gravedad hace el trabajo
Según lo que indican los investigadores, cuando el fondo marino presenta pendientes pronunciadas, la gravedad desencadena deslizamientos de sedimentos, colapsos y corrientes de turbidez —auténticas avalanchas submarinas de arena y lodo— que excavan surcos iniciales. Con el tiempo, esos surcos se profundizan y se convierten en cañones estables, incluso en zonas donde no hay ríos cercanos.
Este patrón se repite en océanos muy distintos entre sí, desde el Atlántico hasta el Pacífico, lo que refuerza la idea de que se trata de un proceso geológico fundamental y no de una excepción local.
Los ríos, aclara el estudio, no desaparecen del todo de la ecuación. Pueden alimentar y acelerar el crecimiento de un cañón ya existente, pero no son necesarios para que este se forme.
Un engranaje clave del ciclo del carbono

Este descubrimiento no solo cambia cómo entendemos la geología marina, sino que tiene implicaciones directas en el estudio del clima global. Los cañones submarinos actúan como autopistas naturales por las que enormes cantidades de sedimentos y carbono orgánico son transportadas desde los continentes hasta las profundidades oceánicas.
Según las estimaciones del equipo, entre 62 y 90 millones de toneladas de carbono terrestre quedan enterradas cada año en estos sistemas. Esto convierte al fondo oceánico en uno de los grandes sumideros de carbono del planeta, un papel crucial en la regulación del clima a largo plazo.
Wolfgang Schwanghart, investigador del Instituto de Ciencias Ambientales y Geografía de la Universidad de Potsdam y coautor del estudio, subraya que identificar qué cañones son más eficientes en este transporte es esencial para mejorar los modelos climáticos actuales, que todavía simplifican estos procesos.
Infraestructuras en riesgo bajo el mar
Más allá del impacto climático, el hallazgo tiene consecuencias prácticas inmediatas. Muchas infraestructuras críticas —como cables de telecomunicaciones o tuberías submarinas— atraviesan zonas cercanas a cañones activos. Las corrientes de turbidez que los recorren pueden alcanzar velocidades devastadoras y provocar roturas con efectos en cadena.
Comprender qué cañones tienen más probabilidades de activarse y por qué se forman donde lo hacen permite diseñar mapas de riesgo más precisos y planificar mejor las infraestructuras en aguas profundas.
Una lección clásica de ciencia: lo intuitivo no siempre es correcto
Este estudio es un recordatorio incómodo pero necesario: incluso las ideas más “lógicas” pueden estar equivocadas cuando se observan a escala planetaria. El océano no es una simple extensión pasiva de la superficie terrestre, sino un sistema dinámico gobernado por fuerzas que actúan durante millones de años y que apenas empezamos a comprender.
Pensábamos que los ríos tallaban el fondo del océano. Ahora sabemos que, en muchos casos, es la propia geología del planeta la que lo hace, en silencio y a una escala que desafía nuestra intuición.