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Poco a poco, China se convirtió en una potencia extranjera que logró comprar empresas estratégicas en Occidente, y esto ahora preocupa a sus democracias

Durante años, un flujo de inversiones pasó casi desapercibido. Hoy, los gobiernos occidentales intentan entender cómo se les escapó algo tan grande
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La escena parece propia de una novela de espionaje: una pequeña aseguradora estadounidense, especializada en cubrir a agentes del FBI y la CIA, termina inesperadamente en manos de un grupo extranjero. No figuraba en titulares, no generaba sospechas y, sin embargo, gestionaba datos sensibles de miles de funcionarios. Ese caso, ocurrido hace una década, se ha convertido en el símbolo de cómo una superpotencia consiguió adquirir activos estratégicos en países ricos sin activar casi ninguna alarma política. Solo ahora, con nuevos datos en la mano, los gobiernos reconocen el alcance del fenómeno.

El caso que encendió la alarma y mostró un patrón invisible

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© David Trinks – Unsplash

En 2016, el periodista Jeff Stein recibió una llamada inesperada: le informaban de que una aseguradora ligada a agentes de inteligencia estadounidenses estaba, de hecho, controlada por un grupo extranjero. Stein no lo creía. Pero al rastrear los documentos, descubrió que Wright USA —la empresa que daba cobertura a personal del FBI, la CIA y otros organismos— había sido adquirida por Fosun Group.

A primera vista, parecía un movimiento corporativo rutinario. Pero los investigadores pronto detectaron algo más: la operación estaba financiada por bancos estatales chinos. Esa aseguradora no solo gestionaba pólizas; tenía acceso a información personal y profesional de algunas de las personas más sensibles del aparato de seguridad nacional estadounidense.

El Comité de Inversión Extranjera de Estados Unidos (Cfius) intervino, y poco después Wright USA volvió a manos estadounidenses. El episodio, según confirman fuentes de inteligencia, fue uno de los detonantes que llevaron a Washington a endurecer sus leyes en 2018 para frenar inversiones de rivales estratégicos en sectores como semiconductores, telecomunicaciones o energía.

Pero entonces nadie imaginaba que aquello no era un caso aislado. Era la punta de un iceberg que había crecido durante casi veinte años.

El hallazgo inesperado: China gastó 2,1 billones de dólares fuera de sus fronteras

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© Giorgio Trovato – Unsplash

Una investigación monumental del laboratorio AidData, con sede en Virginia, lo ha revelado con detalle: desde el año 2000, China ha invertido más de dos billones de dólares en el extranjero, distribuidos casi por igual entre países en desarrollo y economías avanzadas como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Australia o Países Bajos.

El hallazgo desmonta una idea que dominó durante años la geopolítica occidental —que el dinero chino iba sobre todo a carreteras, presas y puertos en África o Asia—. En realidad, una parte muy significativa fluía hacia empresas tecnológicas, energéticas e industriales en países ricos.

Según Brad Parks, director de AidData, «nos sorprendió descubrir que cientos de miles de millones se invertían en países desarrollados sin que nadie lo notara». Y esa sorpresa ha hecho que muchos gobiernos reevalúen situaciones que durante años pasaron como simples movimientos de mercado.

La magnitud del sistema financiero chino explica parte del fenómeno: su red de bancos estatales es más grande que la de Estados Unidos, Japón y Europa juntos, y permite canalizar créditos masivos hacia inversiones externas alineadas con las prioridades tecnológicas de Pekín.

Un proyecto silencioso para asegurar tecnología clave

La brecha de los 100.000 años: el obstáculo que separa a los robots del mundo real
© FReePik

En 2015, China lanzó un plan que muchos gobiernos recuerdan hoy como un punto de inflexión: Made in China 2025, una estrategia para posicionarse como líder en sectores como la robótica, los vehículos eléctricos, los semiconductores y la inteligencia artificial.

La compra de empresas extranjeras formaba parte explícita del plan. La lógica era directa: adquirir compañías ya avanzadas, absorber tecnología y trasladar conocimiento a la industria nacional. Aunque el plan dejó de mencionarse públicamente por la presión internacional, expertos coinciden en que siguió guiando la política tecnológica del país.

La nueva base de datos muestra que una parte significativa de las inversiones exteriores coincide con los sectores estratégicos definidos en ese programa y con las directrices de los últimos planes quinquenales, donde se prioriza acelerar la “autosuficiencia tecnológica”.

Ejemplos recientes lo confirman, tales como la adquisición de la firma británica de semiconductores Newport Wafer Fab, las disputas sobre Nexperia, en Países Bajos, o la compra de empresas de robótica y automatización en Alemania.

En varios de estos casos, las operaciones se realizaron a través de sociedades intermedias en paraísos fiscales o mediante fondos aparentemente privados que, según AidData, estaban financiados por bancos estatales chinos.

Occidente reacciona tarde: controles más estrictos, inversiones vigiladas y una política industrial que cambia

La mayor parte de los países ricos cuenta hoy con mecanismos de control más duros para inversiones extranjeras en sectores estratégicos. Estados Unidos fue el primero en reforzarlos, pero Reino Unido, Alemania, Francia, Japón, Corea del Sur y toda la Unión Europea han actualizado sus normativas en solo cinco años.

El giro es evidente: gobiernos que antes defendían el libre comercio como principio inmutable ahora bloquean compras, revisan cadenas de suministro y monitorizan préstamos procedentes del exterior. Países como Países Bajos han llegado incluso a intervenir empresas consideradas críticas, como Nexperia, a la que dividieron en dos para evitar la transferencia de tecnología a su matriz.

Sin embargo, múltiples analistas advierten del riesgo contrario: caer en la idea de que cualquier inversión china es una amenaza. Como explica la investigadora Xioxue Martin, muchas compañías privadas solo buscan mercados y beneficios. Pero en un entorno geopolítico más tenso, distinguir entre intereses comerciales genuinos y operaciones estratégicas de Estado se ha vuelto cada vez más complejo.

Lo que sí tienen claro en AidData es que el panorama ya no se parece al de hace una década. China dejó de ser un actor que buscaba ponerse al día: ahora marca el ritmo. Y la pregunta es si los países del G7 serán capaces de responder con políticas industriales igualmente ambiciosas, en lugar de limitarse a reaccionar caso por caso.

[Fuente: BBC]

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