Aunque la ciencia goza de gran prestigio en muchas partes del mundo, la percepción pública hacia ella no es inmune a la polarización y la desinformación. En los últimos años, un pequeño pero ruidoso sector ha comenzado a levantar sospechas, críticas y hasta burlas hacia el trabajo científico. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta es más compleja —y más incómoda— de lo que parece.
La ciencia en la mira: entre caricaturas y discursos de odio
En un episodio de Teen Titans Go, un personaje infantil sugiere sin pudor: “Si ves a un científico, aplástalo como la cucaracha que es”. Lo que parece una simple línea de humor es, en realidad, un reflejo de una tendencia más profunda: la representación del científico como un enemigo o incluso como una amenaza para la libertad. En ese capítulo, los investigadores son retratados como parte de una conspiración secreta que intenta imponer el Sistema Internacional de Unidades para controlar a la población.

Si bien este mensaje se disfraza de sátira, evidencia cómo algunos discursos anticientíficos han logrado filtrarse incluso en productos culturales dirigidos a niños. Esta visión crítica de la ciencia no surge en un vacío: responde también al modo en que ciertos sectores sociales —y sí, también desde el ámbito académico— han contribuido a politizar la ciencia y erosionar parte de su autoridad moral.
Confianza ciudadana y grietas que se expanden
Lo primero que hay que aclarar es que el rechazo a la ciencia no es mayoritario. Un estudio internacional, con más de 70 mil participantes en 68 países, reveló que la mayoría de las personas sigue confiando en el conocimiento científico. Sin embargo, ese mismo estudio también identificó que los grupos anticiencia, aunque pequeños, poseen un peso político desproporcionado.
El sesgo anticientífico, además, no responde a una única ideología. En Europa Central tiende a aparecer en sectores de derecha, mientras que en Europa del Este se vincula más a posturas de izquierda. La desconfianza, por tanto, no es propiedad exclusiva de ningún partido, sino que se mueve y muta según los contextos sociales y culturales.
El verdadero problema surge cuando esa confianza, aunque mayoritaria, comienza a desgastarse. Basta con una grieta para que el resto del muro empiece a ceder.
Cuando la ciencia toma partido (y paga el precio)

Un ejemplo concreto de cómo se erosiona la legitimidad científica se dio cuando revistas como Nature o Lancet tomaron partido en las elecciones presidenciales de EE. UU. en 2020, pidiendo abiertamente el voto contra Donald Trump. Aunque estas posturas pueden parecer comprensibles desde una visión ética o política, generaron un efecto inesperado: el público simpatizante con Trump no cambió su voto, pero sí perdió confianza en estas publicaciones científicas.
El investigador Floyd Zhang analizó este fenómeno y concluyó que el respaldo político explícito no modificó ideas políticas, pero sí afectó la percepción de neutralidad y credibilidad de las revistas. Lo más llamativo es que Nature respondió al estudio con desdén, reafirmando su intención de seguir opinando sobre elecciones si lo consideraban necesario. En 2024, repitieron la fórmula.
Estas decisiones editoriales pueden entenderse desde la libertad de expresión, pero también exponen a la ciencia a ser percibida como una herramienta política más. Y cuando la ciencia parece tener un bando, pierde autoridad frente a quienes no están en ese bando.
Fuente: TheConversation.