Durante décadas, enviar un telescopio al espacio parecía la solución definitiva a uno de los grandes problemas de la astronomía: escapar de las interferencias que dificultan observar el universo desde la superficie terrestre. Sin atmósfera, nubes ni contaminación lumínica urbana, los observatorios orbitales podían estudiar galaxias y objetos extremadamente débiles con una precisión extraordinaria.
Pero había algo que sus diseñadores no habían previsto a semejante escala. El espacio que rodea la Tierra está llenándose de satélites que reflejan la luz solar y atraviesan las imágenes de nuestros telescopios.
Un estudio publicado en Nature advirtió que las megaconstelaciones comerciales podrían afectar a prácticamente todas las observaciones de algunos instrumentos espaciales. Ahora, una investigación posterior ha confirmado que el problema no pertenece únicamente al futuro: ya está ocurriendo.
Un telescopio de la NASA ya tiene satélites cruzando siete de cada diez imágenes

El primer estudio, publicado en diciembre de 2025 en Nature, fue dirigido por Alejandro Borlaff, junto con Pamela Marcum y Steve Howell, del Centro Ames de la NASA.
Los investigadores simularon cómo afectaría la expansión de las megaconstelaciones a cuatro observatorios espaciales: Hubble, SPHEREx, el futuro telescopio chino Xuntian y el proyecto europeo ARRAKIHS. El escenario contemplaba aproximadamente 560.000 satélites, una cifra basada en propuestas comerciales de despliegue, no en aparatos que ya estuvieran funcionando.
Los resultados eran preocupantes. Cerca del 40% de las exposiciones del Hubble podrían registrar al menos una estela luminosa, mientras que en SPHEREx y Xuntian la proporción superaría el 96%. Para ARRAKIHS, una corrección publicada en mayo de 2026 ajustó la estimación a aproximadamente el 92%, al incorporar correctamente sus restricciones de observación. Sin embargo, el dato más revelador llegó después.
En junio de 2026, los mismos investigadores publicaron en The Astronomical Journal un análisis de imágenes reales de SPHEREx, tomadas entre mayo y septiembre de 2025. El 73,3% de las exposiciones examinadas ya presentaba contaminación por satélites, con una media de 2,18 estelas por imagen. Era la confirmación observacional de que las simulaciones estaban describiendo un problema real.
Ni siquiera escapar de la atmósfera sirve cuando el problema está en órbita

La paradoja es especialmente llamativa. Las empresas están desplegando redes de satélites para mejorar las comunicaciones globales, mientras los científicos comienzan a perder parte de la claridad de sus observaciones. Los objetos reflejan luz solar y pueden aparecer como líneas brillantes cuando atraviesan el campo de visión de los telescopios durante una exposición.
SPHEREx resulta particularmente vulnerable porque observa grandes regiones del cielo. Su misión consiste en realizar un mapa espectral de cientos de millones de galaxias, detectando señales infrarrojas extremadamente débiles. En cambio, el Hubble dispone de un campo de visión más reducido, lo que disminuye la probabilidad de que un satélite atraviese una observación concreta.
La ESA mostró recientemente una imagen real de dos galaxias conocidas como «Los Ratones», atravesada por la estela de un satélite. La agencia aclara que ese rastro concreto no invalidó el estudio, porque existían otras exposiciones y herramientas informáticas para eliminar los píxeles afectados.
Ese matiz es importante: una imagen contaminada no equivale necesariamente a una imagen científicamente inutilizable. Pero cuando los rastros se multiplican, también aumentan los costes de procesamiento, las pérdidas de información y las dificultades para reconstruir señales muy tenues.
El futuro de la astronomía podría depender de decisiones tomadas en la Tierra

Los científicos plantean varias medidas para reducir el impacto: limitar el brillo de los satélites, mejorar sus datos orbitales, coordinar observaciones y situar las megaconstelaciones por debajo de la altitud de determinados telescopios. Esta última opción también presenta inconvenientes, incluidos los efectos ambientales asociados al lanzamiento y la reentrada de numerosos objetos espaciales.
La Unión Astronómica Internacional lleva años impulsando iniciativas para proteger los cielos oscuros y reducir las interferencias tanto ópticas como radioeléctricas. Pero existe un problema de fondo: la infraestructura de comunicaciones espaciales está expandiéndose más deprisa que los acuerdos internacionales destinados a limitar su impacto científico.
No todos los observatorios se encuentran igualmente amenazados. El James Webb, por ejemplo, trabaja a aproximadamente 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, lejos de las órbitas terrestres bajas donde se concentran las megaconstelaciones. Para los telescopios que sí comparten esas regiones orbitales, la situación es mucho más delicada.
La humanidad está consiguiendo que cada vez más lugares del planeta tengan acceso a Internet desde el espacio. La contradicción es que, mientras construimos esa red alrededor de la Tierra, también estamos dificultando nuestra capacidad para observar todo lo que hay más allá.