Mientras el mundo científico observa con expectación el paso del cometa interestelar 3I/ATLAS, otro visitante del cosmos ha robado discretamente el protagonismo. Desde Shanghái, un equipo del Observatorio Astronómico de China acaba de detectar inusuales señales de radio provenientes del cometa 12P/Pons-Brooks, uno de los más brillantes y explosivos conocidos.
El hallazgo, realizado con el radiotelescopio de Tianma, no tiene nada que ver con naves extraterrestres ni mensajes cifrados, aunque sus implicaciones podrían ser igual de fascinantes. Las señales revelan la presencia de amoníaco (NH₃), un compuesto fundamental que, en este caso, parece ser el motor de las misteriosas erupciones del cometa.
Un fósil helado que emite desde el pasado

Los cometas son auténticas cápsulas del tiempo: restos intactos de los materiales que dieron origen al Sistema Solar hace unos 4.500 millones de años. En ellos, cada molécula funciona como una pista química del entorno en el que se formaron los planetas. Según el astrofísico Martin Cordiner, del Centro Goddard de la NASA, “cometas como este son reliquias congeladas del nacimiento de nuestro vecindario cósmico”.
El radiotelescopio de Tianma logró captar la firma espectral del radical hidroxilo (OH), un fragmento que surge cuando la luz solar descompone las moléculas de agua. A partir de su intensidad, los científicos calcularon que 12P/Pons-Brooks expulsa hasta cinco toneladas de vapor de agua por segundo, una cifra que lo convierte en uno de los cometas más activos jamás observados.
Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó con la segunda señal: una frecuencia correspondiente al amoníaco, la detección más distante de este gas jamás lograda en un cometa.
El amoníaco, clave de sus violentas erupciones

En la Tierra, el amoníaco es un gas irritante; en el espacio, es un hielo extremadamente volátil. Los astrónomos creen que, en el caso de 12P/Pons-Brooks, bolsas de amoníaco atrapadas bajo la superficie se calientan al acercarse al Sol, subliman de golpe y liberan potentes chorros de gas y polvo. Esas explosiones explican los aumentos repentinos de brillo que han hecho famoso al cometa desde su descubrimiento en 1812.
Esta observación no solo resuelve un enigma de comportamiento: también ayuda a entender cómo los hielos primordiales —y los elementos que favorecen la vida— se conservaron durante eones en estos cuerpos errantes.
El agua del cometa es la misma que la de nuestros océanos

En paralelo, un segundo equipo de astrónomos, trabajando con el telescopio ALMA en Chile, analizó la composición isotópica del agua del cometa. El resultado fue tan asombroso como preciso: la proporción entre agua común (H₂O) y agua pesada (HDO) en 12P/Pons-Brooks es prácticamente idéntica a la de los océanos de la Tierra.
Esa “huella dactilar química” refuerza una de las hipótesis más discutidas en astrobiología: que el agua terrestre llegó desde el espacio, transportada por cometas como este durante los primeros mil millones de años de la historia del planeta.
En palabras de la científica Stefanie Milam, coautora del estudio, “estos gases no se forman en la coma, sino que provienen directamente del hielo original del núcleo: fragmentos intactos del nacimiento del Sistema Solar”.
Una historia de orígenes, escrita en ondas de radio
La combinación de ambos hallazgos —el agua terrestre y el amoníaco profundo— convierte a 12P/Pons-Brooks en un laboratorio natural para estudiar los orígenes de la química orgánica.
Estos descubrimientos también servirán de referencia para futuras observaciones de cometas interestelares como 3I/ATLAS, que se formó miles de millones de años antes que nuestro propio sistema y podría revelar cómo se repite el mismo lenguaje químico en distintas regiones de la galaxia.
Lejos de los titulares sobre “señales misteriosas”, el mensaje real del 12P/Pons-Brooks es mucho más poético: en el silencio del espacio, un cometa nos recuerda cómo empezó todo.