El grupo BRICS, que alguna vez fue solo un término acuñado por Goldman Sachs, hoy es un bloque geopolítico en plena transformación. La ampliación de sus miembros y su ambición de convertirse en contrapeso de Occidente marcan un punto de inflexión. La incógnita es si la alianza será capaz de traducir sus cifras en influencia real.
De acrónimo a poder político

Lo que empezó en 2001 como un informe sobre economías emergentes terminó, pocos años después, en una organización internacional con reuniones anuales. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica dieron forma al BRICS en 2009 y desde entonces han intentado presentarse como alternativa al orden dominado por el G7.
La expansión más reciente ha reforzado esa aspiración. Desde enero de 2024, cinco nuevos países se han unido oficialmente: Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Trece más se han convertido en naciones asociadas, entre ellos Turquía, Nigeria y Vietnam. La lista revela algo evidente: el Sur Global busca una voz más fuerte.
El peso de las cifras

En términos de población, los BRICS superan ampliamente al G7: representan el 45 % de la humanidad, frente al 10 % de las potencias occidentales. En economía, los números aún favorecen al G7, con 46,3 billones de dólares de PIB frente a los 28,5 billones del bloque emergente. Pero las proyecciones apuntan a que esa brecha se reducirá, con India y China como locomotoras.
El sector energético refuerza aún más el potencial. Los países BRICS producen el 44 % del petróleo mundial, lo que convierte al bloque en un jugador clave en el tablero de la energía. La entrada de Irán y Arabia Saudí solo amplifica esa influencia.
El desafío al dólar y la cohesión en duda
Más allá de las cifras, la ambición del grupo es clara: desafiar la hegemonía del dólar y de instituciones como el FMI o el Banco Mundial. La creación del Nuevo Banco de Desarrollo o los intentos de impulsar pagos en monedas locales son pasos en esa dirección. Sin embargo, el sueño de una moneda BRICS común parece lejano y, por ahora, más retórico que real.
El principal obstáculo sigue siendo interno. El bloque reúne democracias y autocracias, aliados circunstanciales y rivales históricos. Las tensiones entre China e India, o la difícil convivencia de Irán y Arabia Saudí, muestran que no todo lo que une a los BRICS es sólido.
Los BRICS han conseguido algo que parecía improbable: instalar la idea de que el mundo ya no gira únicamente en torno a Occidente. Lo que falta por ver es si ese bloque heterogéneo es capaz de convertirse en un verdadero motor de cambio o si quedará atrapado en sus propias contradicciones.