Cada minuto, un camión cargado de productos plásticos termina en el mar. La estadística impresiona, pero es solo la punta del iceberg. Luis Vayas-Valdivieso, diplomático ecuatoriano y presidente de las negociaciones de la ONU para un tratado vinculante sobre contaminación plástica, asegura que el problema ya no se limita a playas contaminadas o islas de basura flotante: ha llegado al interior del cuerpo humano.
“Tenemos evidencia científica de que los microplásticos están presentes en la placenta, en órganos vitales y que afectan prácticamente a todo el cuerpo: hígado, riñones, pulmones, piel e incluso el cerebro”, señala. La advertencia va más allá: hay pruebas de que la contaminación plástica ha alterado el ADN humano, lo que significa que las próximas generaciones nacerán con esa huella tóxica en su código genético.
El desafío de un acuerdo global

Desde 2022, más de 170 países negocian bajo el paraguas de Naciones Unidas un tratado vinculante que aborde toda la cadena de vida de los plásticos, desde la producción hasta la gestión de residuos. Sin embargo, la quinta ronda de conversaciones en Ginebra, celebrada en agosto de 2025, terminó sin acuerdo.
El mayor obstáculo sigue siendo la división entre dos bloques: por un lado, más de 100 países que reclaman limitar la producción de plásticos, y por otro, las naciones productoras de petróleo, que ven en los polímeros una salida económica a la era postcombustibles fósiles.
El embajador Vayas-Valdivieso admite que el proceso es complejo, pero insiste en que hay avances: “Todos queremos combatir la contaminación plástica, la diferencia es cómo llegar hasta allí. Pero estamos convergiendo, y es posible que en la próxima ronda logremos un acuerdo”.
Naciones Unidas ha definido este problema como parte de una “triple crisis”: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación. En esta última, los plásticos son protagonistas. El 95% de ellos proviene de combustibles fósiles y entre el 4% y el 5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero se originan en su producción.
Además, el reciclaje actual no ofrece una salida real. Apenas el 9% de los plásticos producidos desde 1950 se ha reciclado, y en muchos casos de forma insostenible, ya que se reutilizan también los aditivos químicos dañinos que contienen. “Se usan entre 15.000 y 16.000 químicos en la producción de plásticos, pero solo conocemos el impacto de unos 3.000 o 4.000”, explica Vayas-Valdivieso. El resto sigue siendo una incógnita que podría estar dañando la salud humana y el planeta de formas aún desconocidas.
Motivos para la esperanza

A pesar de la magnitud de la crisis, hay señales positivas. Varios países ya aplican medidas ambiciosas: prohibiciones de plásticos de un solo uso, responsabilidad extendida del productor o iniciativas locales innovadoras, como la de pescadores en Corea del Sur que recogen plásticos en alta mar junto a sus capturas.
Ecuador ha prohibido plásticos desechables en las Islas Galápagos, aunque las corrientes marinas siguen arrastrando basura desde otras regiones. Europa, Estados Unidos y varios países africanos también han avanzado con normativas nacionales. Pero Vayas-Valdivieso subraya que ninguna medida aislada será suficiente: “La contaminación plástica es un problema global que exige una solución global”.
El embajador recuerda que la presión social es clave. Reducir el consumo individual —evitar bolsas, pajitas o envoltorios innecesarios— es un gesto poderoso, pero también lo es exigir a los gobiernos compromisos firmes. “Necesitamos que la gente use su voz para decir fuerte y claro que este tratado es urgente”, concluye.
El futuro tratado contra la contaminación plástica no solo marcará un hito diplomático: puede convertirse en una de las decisiones más importantes para la salud pública y la supervivencia del planeta en este siglo.
[Fuente: BBC]